Nicolás Cavia
Un viernes de verano, manejando rumbo al este, hice lo que uno a veces hace sin pensar:
prender la radio. Buscaba música o noticias ligeras, lo que uno suele buscar camino a la
playa. Pero no encontré ni lo uno ni lo otro. Escuché a un hombre hablar de “La rebelión
del Atlas”, un libro de Ayn Rand. Y no, no era una reseña académica ni una cita forzada.
Era alguien que hablaba desde las entrañas. Desde la convicción. Desde un lugar que no
se improvisa.
No sé bien qué sentí. Pero no cambié el dial.
Así conocí a Guillermo Sicardi. Y desde entonces, los viernes dejaron de ser una simple
transición hacia el fin de semana: eran el día en que Sicardi tomaba el micrófono y le
gritaba al país verdades que otros apenas susurraban. Con un estilo particular —muy
claro al expresarse, convencido al hablar, filosófico, pero, sobre todo, libre— porque ese
era su campo de batalla: la libertad. La del individuo frente al Estado. La del productor
frente al burócrata. La del ciudadano frente al poder.
A Guillermo no lo conocí. Nunca hablé con él. Nunca supo que existí. Pero su voz se metió
en mi vida como si nos conociéramos desde siempre. Me enseñó —sin proponérselo—
que no hay que pedir permiso para pensar, ni disculpas por defender lo correcto. Que el
esfuerzo no es una culpa, sino un mérito. Que el trabajo, el riesgo y la propiedad no son
“derechos a revisar”, sino conquistas a proteger.
Me impresionó su lucidez, pero más aún su fortaleza de ánimo. Porque cuando la vida le
puso la mayor de las pruebas —esa enfermedad que lo fue apagando por fuera pero no
por dentro—, no eligió el lamento ni la queja. Eligió seguir hablando, escribiendo,
cuestionando, incomodando, resistiendo. Hasta el último día.
Sé que no fui el único. Sé que, como yo, muchos lo encontraron por azar y se quedaron
por convicción. Sicardi fue un faro en la niebla para quienes creemos que las ideas
importan, que la libertad vale la pena y que el pensamiento propio no se negocia. Hoy
somos muchos los que lo extrañamos, pero también somos muchos los que lo
escuchamos con atención y seguimos creyendo —gracias a él— que la palabra puede ser
más fuerte que el silencio. Tal vez eso sea lo que distingue a quienes dejan huella: lograr
ser necesarios sin jamás pedirlo.
Gracias, Guillermo. Por hablar cuando otros callaban. Por leer cuando otros repetían. Por
pensar cuando otros obedecían. Pero, sobre todo, gracias por enseñarnos que en un
mundo lleno de consignas huecas, todavía se puede vivir —y morir— con ideas.
