Por Silvana Giachero, Psicóloga Forense
Durante los últimos años, el término «masculinidad tóxica» ha ganado un lugar privilegiado en discursos políticos, medios de comunicación y espacios educativos. Se lo invoca como explicación de una amplia gama de conductas negativas: desde el abuso de poder hasta la represión emocional de los varones. Sin embargo, detrás de esta etiqueta popular, hay un problema más profundo y peligroso: el reemplazo del pensamiento complejo por una categoría moralizante que patologiza lo masculino.
Conviene empezar por un dato sencillo: masculinidad tóxica no es un concepto clínico ni tiene reconocimiento oficial en los manuales diagnósticos como el DSM-5 o la CIE-11. Su uso no surge de la psicología científica, sino de la sociología crítica y el activismo ideológico. Y sin embargo, ha sido aceptado por sectores académicos, judiciales y sanitarios como si fuera una verdad incuestionable. Como si los hombres —en tanto hombres— portaran en su género una predisposición al daño.
Lo preocupante no es solo la falta de precisión del término, sino su capacidad de operar como lente deformante. Bajo esta lógica, comportamientos como la búsqueda de autonomía, la competencia, el silencio emocional o el liderazgo se leen no como expresiones posibles de una identidad, sino como síntomas de un problema estructural. Así, la masculinidad tradicional —con todos sus matices y contextos— se convierte en sinónimo de disfunción.
Lo más alarmante es que esta narrativa ha sido adoptada, sin filtro crítico, por algunos psicólogos en Uruguay, incluso aquellos con presencia mediática. Profesionales de la salud mental que deberían basarse en el rigor científico y en el principio de neutralidad, reproducen públicamente esta etiqueta sin advertir sus implicancias. Y eso es grave. Porque cuando la psicología se transforma en militancia, se compromete la confianza social, se tergiversa el rol clínico y se avala el prejuicio con un lenguaje de autoridad. La consecuencia directa es el daño: en la consulta, en la escuela, en los tribunales. La etiqueta de “masculino tóxico” comienza a operar como diagnóstico cultural y justificación para discriminar.
¿Puede haber modelos masculinos dañinos? Por supuesto. Pero lo mismo ocurre con modelos femeninos o vinculares de cualquier tipo. Lo que resulta tóxico no es el género, sino la rigidez, la violencia, la imposibilidad de elaborar el dolor o la falta de recursos psicoafectivos. Y esos desafíos no tienen sexo. Sin embargo, el discurso actual no apunta a mejorar los vínculos ni a promover el desarrollo emocional de los varones, sino a culpabilizarlos de manera abstracta y colectiva.
El resultado es visible: niños que son tratados como “potenciales machistas” antes de comprender siquiera qué significa ser varón. Padres que son evaluados con prejuicios en ámbitos judiciales donde el sesgo de género se disfraza de perspectiva. Adolescentes que internalizan la idea de que expresar su masculinidad es algo a corregir. Y profesionales que, para ser aceptados en ciertos espacios, deben repetir discursos en los que ya no creen, bajo amenaza de cancelación.
No se construyen masculinidades saludables señalando a los varones como enfermos. Ni se promueve la equidad atacando una identidad por defecto. La crítica válida a los modelos autoritarios o violentos no puede derivar en una caza de brujas contra lo masculino. Porque cuando eso ocurre, dejamos de buscar justicia y empezamos a buscar culpables.
Necesitamos un nuevo enfoque: uno que hable de salud vincular, de responsabilidad afectiva, de modelos de crianza empáticos. Que reconozca que los hombres también sufren mandatos, también callan por miedo, también cargan con estereotipos que los dañan. Y que, como cualquier ser humano, merecen ser mirados con complejidad, no con etiquetas ideológicas.
La masculinidad no es tóxica. Lo verdaderamente tóxico es el reduccionismo ideológico que ha promovido esta etiqueta, impulsado por sectores del feminismo militante que la introdujeron en el debate público como si se tratara de un diagnóstico legítimo.
• “Cuando un varón se expresa, lo corrigen; cuando se calla, lo acusan. ¿En qué momento ser hombre se volvió una falta?”
• “El problema no es la masculinidad: es haberla convertido en pecado original.”
• “Si la psicología se rinde ante los slogans, deja de curar para empezar a condenar.”
• “Llamar ‘tóxico’ a lo masculino no es progreso: es prejuicio con marketing.”
