UdelaR: 65% de docentes precarizados mientras forma ingenieros nivel mundial sin filosofía y humanistas militantes sin ciencia.

UdelaR: dos manos atadas

La Universidad de la República tiene dos manos: una que puede formar ingenieros de nivel mundial, otra que debería formar humanistas que les den profundidad y sentido a esas ciencias. Pero eligió atarse ambas. La primera, condenándola al tecnicismo sin reflexión. La segunda, degradándola en militancia sin rigor. El resultado: una institución que no puede aplaudir sus propios logros porque tiene las dos manos atadas por decisión propia.

La paradoja de la excelencia desperdiciada

Hay una anécdota que lo dice todo: un grupo de estudiantes de Ingeniería de la UdelaR fue de intercambio a una universidad de Sydney —top 10 en rankings mundiales—. ¿La sorpresa? Los temas que se dan en cuarto año allá, nuestros estudiantes ya los habían visto en segundo. El nivel de exigencia uruguayo mucho más alto que el de Australia. 

Sí, leíste bien. La Facultad de Ingeniería, con todos sus problemas, sigue formando profesionales de nivel internacional. Los docentes precarizados de ingeniería, matemática, física, logran —contra viento y marea— mantener estándares de excelencia.

¿Y entonces? ¿Por qué el país no progresa? ¿Por qué no hay empleos para estos ingenieros brillantes? Mientras Ingeniería forma profesionales de primer nivel, las facultades de humanidades, sociales, psicología, derecho, se dedican a formar militantes. El contraste es obsceno: en el mismo campus universitario conviven la excelencia técnica con el adoctrinamiento ideológico.

La UdelaR PUEDE formar profesionales de nivel mundial —Ingeniería lo demuestra—. Pero ELIGE no hacerlo en la mayoría de las carreras. Prefiere usar esos espacios para la bajada de línea ideológica. Es como tener un Ferrari y usarlo para repartir panfletos.

El club de los que piensan «correctamente»

En algún momento, la UdelaR dejó de ser una casa de estudios para convertirse en un club. Un club muy particular donde la membresía no se gana con mérito académico sino con adhesión ideológica. Los rituales de iniciación no son exámenes rigurosos sino señales de pertenencia: usar el lenguaje correcto, repetir las consignas apropiadas, mostrar el «compromiso social» adecuado y la presión social es tal que aquellos que parecen diferentes sufren de distintos tipos de acoso.

Primero viene la ideología: tenés que pensar de cierta manera para ser aceptado. Luego la pertenencia: ser parte del «club» de los que piensan correctamente. ¿Y la universidad? ¿El conocimiento? ¿La formación profesional? Quedan en un distante tercer lugar. ¿Será por eso que los uruguayos no le dan la importancia debida a la educación?

¿Cuándo fue la última vez que un estudiante de la UdelaR dijo con orgullo «mirá lo que sé hacer» en lugar de «mirá a qué grupo pertenezco»? ¿Cuándo fue la última vez que un egresado consiguió trabajo por sus competencias técnicas y no a pesar de su formación ideologizada?

Los estudiantes no aprenden a pensar, aprenden qué pensar. No se forman ingenieros, médicos o abogados; se forman «ingenieros críticos», «médicos con perspectiva social», «abogados comprometidos». El compromiso siempre es con la misma agenda, la perspectiva siempre es la misma, la crítica nunca cuestiona los dogmas establecidos.

La tragedia de la fragmentación

Separar la ciencia de las humanidades fue y es un gravísimo error que ya estamos pagando caro. Las redes sociales diseñadas por ingenieros brillantes sin formación ética y sin saber lo que es un humano, destruyen el tejido social y nos lleva a una forma de actuar prehistórica. La inteligencia artificial sin reflexión filosófica amenaza con reemplazarnos sin que entendamos las implicancias. La medicina ultra-tecnificada sin humanismo trata enfermedades, no personas.

Uruguay NECESITA ingenieros que entiendan filosofía y filósofos que entiendan ingeniería. Médicos con formación humanística profunda y humanistas que comprendan la ciencia. Pero la UdelaR hace exactamente lo contrario: forma ingenieros-técnicos sin reflexión humanística y militantes-humanistas sin comprensión científica.

PERO —y este pero es crucial— en lugar de humanidades que complementen y enriquezcan las ciencias, la UdelaR tiene facultades de humanidades convertidas en centros de adoctrinamiento. En lugar de enseñar ética aplicada a la ingeniería, enseñan «deconstrucción del patriarcado». En vez de filosofía de la ciencia, dan «epistemologías del sur». En lugar de formar pensadores que ayuden a los científicos a reflexionar sobre las implicancias de su trabajo, forman militantes que los acusan de ser «tecnocráticos neoliberales».

El parasitismo es doble: no solo consumen recursos sin producir valor (más dinero a la basura), sino que impiden la integración necesaria entre ciencia y humanidades. Un ingeniero de la UdelaR sale sin la formación filosófica y ética que necesita, no porque no haya humanidades, sino porque las humanidades están ocupadas enseñando militancia en lugar de pensamiento.

La precarización como norma

Los números son brutales: el 65% de los cargos docentes son grados 1 y 2, es decir, dos tercios de quienes enseñan en la principal universidad del país ocupan los escalones más bajos de la jerarquía académica. La mayoría con cargos interinos y de contrato. A la precariedad salarial se suma la precariedad contractual.

Esta estructura tiene una lógica económica implacable: a medida que aumenta la carga horaria, las horas son más caras. Por eso la universidad mantiene a sus docentes jóvenes con cargas horarias mínimas, obligándolos al multiempleo. El resultado es kafkiano: realizar posgrados es imposible cuando necesitas tres trabajos para pagar el alquiler.

La comparación con otros sectores públicos es demoledora. Un profesional que ingresa a cualquier organismo público gana más que un docente universitario con similar formación. Los ingenieros precarizados que forman profesionales de nivel Sydney con salarios de África merecen triplicar sus ingresos. Pero también necesitan humanidades de calidad que los complementen, no que los ataquen.

Mucha gestión, pocos resultados

Mientras los docentes sobreviven, la universidad adoptó con entusiasmo el vocabulario gerencial. Ya no hay «objetivos académicos» sino «planificación estratégica quinquenal». No se habla de «mejorar la enseñanza» sino de «indicadores de gestión» y «evaluación de impacto».

La universidad que no tiene presupuesto para pagar dignamente a sus docentes, sí encuentra recursos para crear estructuras administrativas que midan, evalúen y cuantifiquen todo lo medible. El nuevo Estatuto del Personal Docente introdujo formalmente la «gestión académica» como función docente. El docente deviene manager de sí mismo, entrepreneur del conocimiento precarizado.

Cada «indicador de calidad», cada «evaluación de impacto», cada «planificación estratégica» es tiempo y recursos gastados en medir, en lugar de producir. La universidad mide tasas de egreso pero no si los egresados consiguen trabajo; cuenta papers pero no patentes; evalúa procesos pero no resultados concretos.

Entre 2020 y 2024, la UdelaR sufrió la primera reducción presupuestal desde 2005. Recibió apenas el 12.27% de lo solicitado en 2021, el 9.05% en 2022 y el 6.97% en 2023. Con el 87% de la matrícula universitaria nacional, sobrevive con migajas. Sin embargo, parece que piden más presupuesto sin resultado alguno… una máquina de tirar dineros públicos -¿otra más?-.

La transformación necesaria

La primera asamblea de docentes grados 1 y 2 en noviembre de 2022 —451 participantes— marca un punto de inflexión. Pero antes de pedir más recursos, cabría preguntarse: ¿qué valor está generando la universidad para la sociedad que la financia?

El problema no es solo la falta de dinero —que no crece en los árboles— sino qué resultados concretos se obtienen. ¿Cuántas patentes, innovaciones o soluciones técnicas produce la universidad por año?

La respuesta es esquizofrénica. Ingeniería, Química, Medicina producen investigación aplicable, forman profesionales empleables, generan conocimiento útil. Pero están completamente desconectadas de las humanidades que deberían complementarlas. Y son precisamente las facultades de humanidades degradadas las que más influencia tienen en el discurso universitario, las que marcan la agenda ideológica.

La batalla no es solo por salarios dignos. Es por la reintegración del conocimiento. No queremos ingenieros sin filosofía ni filósofos sin ciencia. Queremos profesionales integrales y sobre todo íntegros. Pero eso requiere rescatar las humanidades de su secuestro ideológico. ¿Cómo puede un ingeniero aprender ética aplicada si en filosofía solo enseñan marxismo? ¿Cómo puede un médico reflexionar sobre bioética si en sociales solo hablan de «opresión sistémica»?

Conclusión: el shopping vacío

La Universidad de la República se convirtió en un shopping académico que adoptó toda la jerga corporativa pero sin generar valor. Es un club exclusivo donde la membresía requiere adhesión ideológica, no competencia profesional.

Un graduado debería sentir orgullo por lo que sabe hacer y por su capacidad y flexibilidad cognitiva. En resumen: que sepa pensar. Un ingeniero de la UdelaR puede competir técnicamente con cualquiera en Sydney y ganarle, pero le falta la formación humanística integral. Un egresado de humanidades no puede competir ni técnica ni intelectualmente porque recibió ideología en lugar de formación.

La tragedia es doble: la UdelaR demostró que PUEDE formar profesionales de elite mundial en ciencias, pero les niega el complemento humanístico que necesitan. Y PODRÍA formar humanistas que enriquezcan esas ciencias, pero prefiere formar militantes. Es como tener dos manos y elegir atarse ambas. En esta crisis de prioridades torcidas se convirtió en experta en desperdiciar recursos a través de la ideologización. ¿Por qué financiar una institución que demuestra poder la excelencia pero prefiere el adoctrinamiento?

El problema no es que existan las humanidades —son ESENCIALES— son como el aire que respiramos y pasan desapercibidas, sin embargo son las que sentencian los resultados finales. El problema es que se degradaron en centros de adoctrinamiento que ni complementan las ciencias ni producen conocimiento útil por sí mismas. La universidad no tiene crisis de recursos, tiene crisis de integración del conocimiento.

Necesitamos que Ingeniería mantenga su excelencia y que Filosofía recupere la suya. Que los ingenieros aprendan ética y sepan comunicar y que los filósofos eleven el nivel de entendimiento humano integrando las ciencias. Que se mida por resultados reales: no solo cuántos graduados consiguen trabajo, sino cuántos pueden pensar integralmente, resolver problemas complejos que requieren tanto técnica como reflexión humanística.

Separar ciencia de humanidades sigue siendo un error gravísimo. Si Leonardo Da Vinci reviviera no entendería de estas separaciones. Lo que hace la UdelaR es peor: las mantiene juntas en el mismo campus pero sin que se hablen, sin que se complementen, sin que se enriquezcan mutuamente, denostándose unas a otras -para dividir y reinar-.

Dos manos atadas. Una que podría construir el futuro, otra que debería darle sentido. Ambas inútiles por separado. Ambas desperdiciadas por decisión propia.

 

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