36 años de la caída del Muro de Berlín: larga vida al comunismo que no cayó
Como cada 9 de noviembre, recordamos hoy el 36º aniversario de un hecho que, para buena parte de la intelectualidad occidental y de la opinión pública moldeada por ésta, significó un fin de siglo y un fin de ciclo, porque tras la caída de ese terrible símbolo de la opresión que era la “Cortina de Hierro”, habría de implosionar la Unión Soviética.
De inmediato, Occidente se proclamaría vencedor de la Guerra Fría, y supondría que, con ella, habría caído, definitivamente, el comunismo soviético y, una vez desaparecido el faro guía, caerían los demás regímenes creados a imagen y semejanza o bajo la influencia del sovietismo bolchevique.
Fin de la Historia proclamaría, urbi et orbi, Francis Fukuyama.
El comunismo ha muerto, viva el comunismo
Aunque no se expresara explícitamente, hasta hoy día, tras “la caída del Muro” subyacía o sobrevolaba la idea que una cosa habría de llevar, necesariamente, a la otra, y junto con las piedras del muro, caerían los regímenes comunistas como piezas de dominó.
Pues no sucedió así –o por lo menos, no con la profundidad e inmediatez dadas por hecho- y todavía hoy, parece primar un discurso, incorporado a la historia reciente, que efectivamente el comunismo –soviético, leninista ortodoxo por así decirlo- desapareció de la faz de la tierra. Lo escuchamos, lo vemos en prensa cada 9 de noviembre, y en las Redes Sociales es tema del día.
La verdad verdadera es que poco cambió. Es cierto que las repúblicas que, tras la Segunda Guerra mundial les creció el Muro a Occidente de sus territorios, y en el reparto de los ganadores, les tocó en suerte la del bando soviético, pudieron sacarse de encima los regímenes comunistas títeres de Moscú, tales como Polonia, los países bálticos Lituania, Letonia y Estonia, Rumanía, Hungría, República Checa, Eslovaquia y los nuevos Estados surgidos de la desintegración de Yugoslavia.
Sin embargo, para China, Cuba, Vietnam, Laos, Norcorea, la noticia ni siquiera pasó la malla de contención de las nomenklaturas y para ellos, nada cambió. Tampoco para la mayoría de los países africanos, cuyos regímenes autocráticos –en su enorme mayoría- habían surgido y se mantenían, gracias al apoyo de la ex URSS.
Malos vientos para la libertad
Casi 4 décadas después, según el “Democracy Report 2025 del V-DEM Institute (https://copilot.microsoft.com/chats/4aNfHVVUHCZHb1phfSU4y#:~:text=https%3A//v%2Ddem.net/documents/54/v%2Ddem_dr_2025_lowres_v1.pdf) de 179 países estudiados en base a criterios básicos como existencia o no de un Partido único, si cuentan con elecciones consideradas libres y abiertas, prensa libre y una justicia independiente, más de la mitad son autocracias plenas, que comparten buena parte de las características de los regímenes comunistas al estilo soviético.
Dicho de otra manera, menos de la mitad pueden considerarse democracias plenas o con regímenes con algunas de las características propias de sistemas democráticos. Con tal calificación, casi el 80% de la población mundial, vive bajo regímenes autocráticos, comunistas o filo-comunistas.
Si el Comunismo murió, ¿qué fue de la Madre URSS?
Su caída, la de la Unión Soviética triunfante frente al nazismo, constituye “la mayor tragedia geopolítica del siglo” según dice y repite el autócrata ruso, Vladimir Putin, el Zar surgido de aquel sueño de una noche de verano que fue la República Rusa encabezada por Boris Yeltsin.
Consecuente con esa visión, ampliamente compartida por el pueblo ruso, el nuevo Zar lleva ya un cuarto de siglo en el poder, un Poder cada vez más autocrático y que comparte con el régimen soviético la mayoría de sus peores características.
Una URSS sin comunismo y mucho putinismo
El ex KGB Vladimir Putin, desde su feudo de San Petersburgo, se preparó concienzudamente para su desembarco en el Kremlin, habiendo captado como nadie los vientos que soplaban en la Vieja Rusia, huérfana y en manos de los oligarcas sedientos de dinero y poder. Putin tenía muy presente que al pueblo ruso solamente dos cosas no podían faltarle: el vodka y un Zar.
Un Zar que les prometiera volver a su destino manifiesto de grandeza, y les demostrara como lo hizo con Chechenia, que no le iba a temblar el pulso allí donde alguien desafiara su poder, aunque para ello tuviera que hacer tabla rasa, como lo comprobó Grozni.
Un Zar que, cuando se le presentó la oportunidad, le pegó el zarpazo a la península de Crimea, infamemente regalada por Kruschov a la Pequeña Russia, Ucrania. Y tras ello, se “vio obligado” a invadir el Donbás ucraniano, para “defender” a los ciudadanos rusos del nazismo ucraniano. Lo que siguió y sigue, es historia conocida que se está escribiendo ahora mismo.
Para el pueblo ruso, la ausencia de comunismo durante una década, fue apenas una pesadilla impuesta por “el extranjero”, vale decir el capitalismo enemigo, tratando de degenerar el alma pura de la Gran Russia, llamada a ser la Capital del Imperio Eurasiático, la Tercera Roma tras la italiana y la bizantina. Cuestión de nombres nada más, porque la autocracia es siempre la misma, la gente que no calla como se debe o bien se indigesta con té o cae de altas ventanas abiertas.
Y por casa ¿cómo andamos?
Si nuestra casa es la “patria grande” al decir del filósofo cerrense, somos una montaña rusa: nadie cae del todo ni nadie sale del todo. Hoy Bolivia despierta de casi dos décadas de indo-coca-comunismo y, para compensar, el Uruguay de la ensalada bolche-castrista toma impulso rumbo a Caracas y La Habana.
Como el herpes o el VIH, el autoritarismo en América Hispana no se cura: se esconde, muta, y reaparece cuando el sistema inmunológico democrático se debilita.
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