CAPÍTULO III: La mutación post-URSS y su llegada a América Latina
Del KGB al FSB: la misma máquina, nuevo imperio
Cuando la Unión Soviética se disolvió formalmente el 26 de diciembre de 1991, muchos creyeron que la KGB desaparecía con ella. Fue un error de percepción.
La KGB fue disuelta oficialmente, pero sus estructuras, archivos, personal altamente capacitado y, sobre todo, su vasta experiencia en “medidas activas” y guerra política sobrevivieron casi intactos.
En 1995 se creó el FSB (Servicio Federal de Seguridad), heredero directo de la seguridad interna, y el SVR (Servicio de Inteligencia Exterior), que asumió las funciones de inteligencia fuera de Rusia.
La misma gente, los mismos métodos, pero ahora al servicio de un nuevo amo: Vladimir Putin, ex oficial del KGB destinado en Dresde durante la caída del Muro de Berlín. Un joven y oscuro funcionario que, sin embargo, durante el “yeltsinato” se había ganado la confianza del popular Alcalde de San Petersburgo y, desde allí, tejió una red de poder -no ajena a sus contactos transfronterizos- que, a la postre, le hicieron el elegido de un Yeltsin en jaque.
El cambio no fue solo organizativo, sino profundamente ideológico. El marxismo-leninismo fue reemplazado por una amalgama pragmática y oportunista: el eurasianismo, la “democracia soberana” y un nacionalismo ruso de fuerte tinte imperial.
Tres figuras resultan centrales en esta mutación:
- Vladislav Surkov, ideólogo de la “democracia soberana” (o administrada), quien defendió que Rusia no debía copiar el modelo liberal occidental, sino construir un sistema donde el Kremlin mantuviera el control efectivo de la política, los medios y la sociedad civil.
- Aleksandr Duguin, teórico del neoeurasianismo, quien planteó a Rusia como núcleo de una civilización euroasiática destinada a confrontar al “Atlántico” liberal.
- Iván Ilyin, filósofo ruso blanco, rescatado del olvido por Putin, quien representa el ideal de un Estado fuerte, autoritario y espiritual.
De esta síntesis surgieron conceptos clave como las “fronteras líquidas” (la idea de que las fronteras rusas no son fijas, sino culturales e históricas) y una radical relativización de la verdad: la verdad ya no es objetiva, sino lo que sirve a los intereses de Rusia.

El regreso de la doctrina del “espacio vital” y la vocación imperial
A partir de su segundo mandato (2004-2008) Putin abandonó el perfil bajo de los años 90 y comenzó a recuperar abiertamente una vocación imperial. En su discurso de Múnich de 2007 declaró que el colapso de la URSS había sido “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX” y que Rusia no aceptaría un orden mundial unipolar dominado por Occidente.
Esta nueva doctrina se tradujo en una política agresiva de “espacio vital” (zhiznennoe prostranstvo) en lo que Moscú considera su “zona de influencia” histórica: los países de la antigua órbita soviética.
El objetivo era claro entonces y hoy es irrefutable: instalar o mantener gobiernos prorrusos, tal como hacía la URSS durante la Guerra Fría.
- En 2008, Rusia intervino militarmente en Georgia, reconociendo la independencia de Abjasia y Osetia del Sur como estados títeres.
- En 2014, anexó Crimea y desató la guerra en el Donbás mediante “hombrecitos verdes” (fuerzas especiales sin insignias) y proxies locales prorrusos.
- En 2022, lanzó la invasión a gran escala de Ucrania, justificándola como “operación militar especial” para “desnazificar” y proteger a la población rusoparlante.
- En Moldavia (Transnistria) y otros países postsoviéticos se mantiene presión permanente a través de energía, corrupción y operaciones híbridas.
Paralelamente, Rusia perfeccionó el uso de proxies tanto en operaciones militares como en “operaciones especiales”. El Grupo Wagner, traído desde San Petersburgo bajo el brazo, junto con su compadre Prigozhin (y posteriormente el Africa Corps) actuó como fuerza mercenaria en Siria, Libia, Mali, República Centroafricana y Sudán, permitiendo a Moscú negar responsabilidad directa mientras expandía su influencia.
En el plano político y mediático, Rusia desplegó operaciones de influencia a gran escala:
- Intentos documentados de influir en el Brexit (2016) mediante RT, Sputnik y redes de desinformación.
- Interferencia en las elecciones presidenciales de EE.UU. 2016 a través de la Agencia de Investigación de Internet (troll farm) y la filtración de correos del Partido Demócrata.
- Apoyo abierto al régimen de Nicolás Maduro en Venezuela, con entrega de armas, asesores militares, inteligencia y propaganda para sostener un gobierno prorruso en el continente americano.
En todos los casos se repite el mismo patrón: combinación de presión energética, operaciones de inteligencia, proxies armados y guerra híbrida de información para mantener o instalar gobiernos afines y debilitar a los adversarios.

La contraofensiva rusa en América Latina
Esta lógica imperialista no se limitó al “extranjero cercano” y se proyecta con fuerza en nuestro Continente.
A partir de principios de los 2000, Rusia reactivó y profundizó alianzas con los regímenes del llamado “eje bolivariano” (Venezuela bajo Chávez y Maduro, Cuba, Nicaragua y, en menor medida, Bolivia y Ecuador).
Se firmaron acuerdos de cooperación militar, inteligencia, venta de armas y energía. Cuba volvió a funcionar como plataforma de proyección regional, tal como en los años 60 y 70 durante la Guerra Fría.
Un ejemplo reciente y elocuente es el acuerdo firmado el 1 de abril de 2026 en la XXIII Comisión Intergubernamental ruso-cubana. En medio de una gravísima crisis energética y económica, el régimen de Díaz-Canel autorizó a empresas rusas la gestión de instalaciones industriales clave a cambio de petróleo, inversión y respaldo político de Moscú. Se trata de una profundización de la dependencia cubana: La Habana entrega mayor control operativo a Rusia a cambio del viejo apoyo soviético, ahora en versión Putin.
Paralelamente, Moscú ha estado desplegando una estrategia de influencia más sofisticada: la expansión de los medios estatales, la Agencia de propaganda del régimen RT (Russia Today) y el ecosistema Sputnik en español y sostén del proyecto propagandístico chavista TeleSUR, operaciones en redes sociales y penetración en medios e instituciones locales.
En Argentina y Uruguay estos esfuerzos se hicieron visibles en los últimos años. La reincorporación de RT a la grilla de ANTEL en Uruguay y las revelaciones sobre la red “La Compañía” en Argentina —una operación de financiamiento de contenidos para desprestigiar al gobierno de Javier Milei— ilustran cómo las viejas técnicas de desinformación y propaganda negra siguen operando con nuevas herramientas digitales.
La experticia acumulada durante décadas no se perdió. Simplemente cambió de bandera: del rojo soviético al tricolor ruso, del internacionalismo proletario al eurasianismo putinista.
Misma lógica, las mismas técnicas actualizadas con idéntico objetivo estratégico: debilitar las democracias liberales desde dentro y crear puntos de apoyo en el “patio trasero” de Occidente.
Para ello cuentan, como contaron siempre, con los “cretinos útiles” –como los definía Lenin a los colaboracionistas- que, llegado el momento, será el lastre que arrojar por la borda.
FIN
Post-scriptum: En nuestra próxima y última entrega, el “EPÍLOGO” con el que finalizaremos esta larga serie.
