Vierci sobre «El Primer Disparo», de Ruperto Long: el relato de una alucinación colectiva

El pasado jueves fue presentado el libro «El Primer Disparo», de Ruperto Long, que repasa desde la ficción basada en hechos reales, la violencia desatada por el MLN a comienzos de los años 60, y recrea la vida y la muerte de las víctimas inocentes, sobre las cuales un muro de silencio aún las mantiene en la penumbra de la historia.

El libro fue comentado en esa ocasión por Leonardo Haberkorn y Pablo Vierci.

El que sigue es el texto completo de la presentación de Vierci, que es, a su vez un repaso de los episodios sobre los que se basa el libro, y una reflexión sobre el valor de la convivencia democrática y la necesidad del reencuentro sobre la base de la verdad, reconociendo la dignidad de los muertos sobre los que nadie quiere hablar.

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Es un honor y una satisfacción estar acompañando a Ruperto Long esta noche.
El libro de Ruperto es una asignatura pendiente de los coetáneos de ese período, “el
Uruguay de la guerrilla”, como él le llama.
Este libro está cargado de símbolos y siento que uno de los buenos símbolos para iniciar
esta charla es cuando Ruperto relata lo que era la Cárcel del Pueblo.
Allí se visualiza claramente la contradicción, la asimetría, la oposición entre el nombre
rimbombante, épico, heroico, ni más ni menos que la “Cárcel del Pueblo”, y la realidad,
ese tugurio encerrado, con pequeños gallineros para los presos, con notoria violación de
los derechos humanos como lo dijo el general Seregni en el año 2000, y fue
defenestrado.
Cuando Ruperto relata las consignas que hay en la Cárcel del Pueblo, destinadas no a
los presos, sino a los propios guerrilleros, hay una que es especialmente gráfica. “Se
prohíbe la autocrítica”, dice. Es decir, se prohíbe pensar.
Cuando yo la vi, por primera vez, en democracia, en 1997, cuando estuve en esa Cárcel
del Pueblo para entrevistar a Pereira Reverbel, el primer secuestrado, fue una sensación
sobrecogedora, que me impactó doblemente cuando la vuelvo a leer en el libro de
Ruperto.
Entonces y ahora recordé la frase de Dante en la puerta del infierno, en La Divina
Comedia, que todos leíamos en el liceo: “los que entren aquí, abandonen toda
esperanza”.
“Se prohíbe la autocrítica” es como decir no hay marcha atrás, solo huir hacia adelante,
contra viento y marea. Los que entren aquí, abandonen toda esperanza.
Por eso este libro no solo invita a la autocrítica, sino que la propicia, la ambienta. Como
diciéndonos: ya es hora, muchachos. Basta.
Es una asignatura pendiente para nuestra generación porque solo nosotros podemos no
solo narrarlo, sino recordarlo, recordar la emoción, el dolor, la desazón, el sufrimiento
que se vivía en aquellos años.
Uno de los tantos aciertos de este libro es delimitar el espacio del recuerdo. Ese límite
del “Uruguay de la guerrilla” transcurre de 1963 a 1972, ni uno más, ni uno menos.

Porque la mejor manera de distorsionar la verdad, es mezclar el siguiente período de la
dictadura, especialmente cruel, entreverarlo bien con el “Uruguay de la guerrilla”, y ya
nada es lo que parece, nada se comprende.
Como dice el filósofo francés Paul Ricoeur, la imparcialidad absoluta no existe, pero sí
existe la intención, narrar hechos con intención de verdad, que es muy diferente de
narrarlos en medio de una alucinación, una romantización, un enmascaramiento o lisa y
llanamente… con intención de engañar.
Este libro a su vez busca una zona de encuentro, en torno a la comprensión de esos
años, con intención de recordar y narrar la verdad.
Leyendo el libro por momentos parece que la guerrilla sufre, en el momento de los
hechos y en el relato posterior, una alucinación colectiva.
En otros parece que sufre de un romanticismo exacerbado.
En otros momentos parece que practica un enmascaramiento de la realidad… y en otros
lisa y llanamente, practica el engaño.
El libro siempre plantea la contradicción entre la mirada mística de la guerrilla y la
prosaica realidad humana.
El inicio de esa contradicción la presenta en el discurso del Che Guevara en el paraninfo
de la Universidad, en 1961. En este caso la contradicción es entre lo que dice el Che
Guevara, y la expectativa épica y febril de la platea.
El Che Guevara dice, textualmente: “Puedo asegurar que en nuestra América no se da
un país donde, como en Uruguay, se permitan las manifestaciones de las ideas. Ustedes
tienen algo que hay que cuidar, las posibilidades de avanzar por cauces democráticos,
sin que se produzca nada de lo que se produjo en Cuba, porque cuando se hace el primer
disparo, nunca se sabe cuándo será el último”. Y agrega: “la aspiración del pueblo a su
bienestar, se puede lograr por medios pacíficos, eso es lo ideal, y eso es por lo que hay
que luchar”.
Silencio sepulcral en la sala, dice Ruperto, la perplejidad y el desconcierto se adueñaron
del paraninfo, por lo que de inmediato volvieron las consignas y los cánticos
revolucionarios como para sepultar lo que se acababa de escuchar.
No escucharon la realidad, las palabras del mentor, sino alucinaron que estaba
preconizando la revolución mesiánica.
Todos los episodios sangrientos de “las víctimas invisibles”, como les llama, Ruperto
los relata desde los dos puntos de vista, la realidad humana y la épica, la mística
revolucionaria.
La llamada “toma de Pando” es otro símbolo muy gráfico.

Alucinación, romantización, enmascaramiento o engaño. Elijan ustedes. Ruperto lo deja abierto.

Se puede contar desde el punto de vista de los asesinados, como Carlos Burgueño,
recién desempleado, que acaba de tener un hijo; se puede contar desde el punto de vista
del asesinado sargento Fernández Díaz, o del agente Ruben Zembrano, ajusticiado días
después, además de la muerte de tres guerrilleros veinteañeros, o sea se puede contar
desde el punto de vista humano, o se puede contar como la, escuchen esto, como la
“construcción del contra poder revolucionario a partir del copamiento de ciudades”, que
fue el título de un estudio académico de unas jornadas de sociología de la Universidad
de Buenos Aires, como nos narra Ruperto.
Hay otro buen contrapunto literario.
Recuerden el popular episodio del Quijote con los molinos de viento. El Quijote, en su
alucinación, ve en los molinos “desaforados gigantes”. Dice el Quijote: “treinta
desaforados gigantes, de brazos largos, con quien quiero hacer batalla y quitarles a
todos las vidas”. Y Sancho le responde que no son gigantes sino molinos, y que los
brazos largos no son más que las aspas.
Para los guerrilleros, ese 8 de octubre de 1969, con toda la carga épica de recordar la
muerte del Che Guevara, hacen la llamada “toma de Pando”, pero Ruperto narra
minuciosamente el contrapunto de “las víctimas invisibles”. Aunque a los guerrilleros
no les importa, porque “tomaron Pando”.
El Quijote, cuando en su ataque a los molinos termina derrotado por los “desaforados
gigantes”, no asume la derrota. Le dice a Sancho que fue el hechicero Frestón, quien
transformó a los gigantes en molinos, para quitarle la gloria de la victoria.
La alegoría parece adecuada. Primero los guerrilleros ven “desaforados gigantes” en un
inocente pueblo, y a la derrota la transforman en victoria, al punto que todos los años en
democracia lo celebraban, aunque el hechicero Frestón transformó a los gigantes en
molinos. Ruperto lo dice así: “no hubo tal toma de Pando. Tan solo un baño de sangre,
que no se quiso asumir”.
Alucinación, romantización, enmascaramiento o engaño. Elijan ustedes. Ruperto lo deja
abierto.
¿Saben cómo le llaman los guerrilleros al plan para secuestrar a casi 20 personas y
encerrarlas en la Cárcel del Pueblo?… el Plan Satán. Parece salido del Quijote.
Retorno al inicio del libro, el primer disparo. Todo comienza el 31 de julio de 1963, en
el asalto al Club de Tiro Suizo, que, como parece una comedia de enredos, se parece
aún más al episodio del Quijote y los molinos.
Esos suizos de Colonia Suiza llegaron al país en 1861, como colonos, y trajeron los
fusiles que en su país eran necesarios porque trabajaban en el campo, en zonas alejadas
y en tiempos de malhechores. En 1874 estos pacíficos colonos fundan el Club de Tiro
Suizo, como reunión de camaradería de sus coterráneos con la excusa de tirar al blanco.

Las armas se guardaban en un simple armero, y debían estar sin cerrojo, por orden
policial, cosa que los suizos, claro, obedecían a rajatabla.
El 31 de julio de 1963 llegaron los guerrilleros al club, de noche, rompieron el cristal de
la puerta, que generalmente estaba sin llave, y se llevaron 35 fusiles.
Pero todo salió patas para arriba. La camioneta que los llevaba volcó, y las armas no
servían para nada porque no tenían cerrojo.
Cinco semanas después del golpe, casi todos estaban pesos, las armas se recuperaron y
solo Raúl Sendic seguía prófugo.
Pero la leyenda cuenta que este es el inicio de la revolución de los guerrilleros. Los
pacíficos colonos suizos son los “desaforados gigante”, y las armas sin cerrojo son los
“brazos enormes” con los que asestarán el golpe final a la democracia burguesa.
Pero no todo es una comedia de enredos.
Muy pronto llega la tragedia.
Donde ellos ven a un “delator de la oligarquía”, la humana realidad que nos cuenta
Ruperto nos muestra a un operario de Niboplast, Juan Andrés Bentancor, que llamó por
teléfono a la policía cuando había sido copada por guerrilleros para concientizarlos,
aunque nadie entiende de lo que hablan.
Pocos días después, a la salida del trabajo, los guerrilleros lo asesinan. El volante que
arrojan en el lugar es elocuente: “a los delatores se les responde con la justicia
revolucionaria”.
No es un obrero, es un delator. No es un asesinato por la espalda: es la “justicia
revolucionaria”.
Asesinaron a Roque Arteche, un delincuente común que se había pasado a la guerrilla,
porque termina robando a dos guerrilleros, por lo que deciden matarlo.
Fusilaron al médico Julio Morató, de cinco disparos, a quien le quieren robar la
colección de armas, porque se resiste.
Matan al chofer de ómnibus Vicente Oroza, porque reconoce a un vecino, que ahora es
guerrillero, para que eventualmente no lo delate. “Eventualmente”, esa es la razón.
Muchas veces, todos sufren. Aunque unos son los perpetradores, y otros las víctimas. El
episodio del bowling es muy elocuente en este sentido.
Ocurrió el 29 de septiembre de 1970. La idea era destruir los lugares de diversión de la
oligarquía. ¿Qué oligarquía? Yo frecuentaba ese lugar que tenía un boliche, a cuatro
cuadras de mi casa. El hechicero Frestón del Quijote convertía a los vecinos en “yanquis
y oligarcas”.

En el bowling las dos partes terminan rotas. Pero es injusto equiparar a los infortunados
jóvenes que ponen la bomba y mueren aplastados, con la limpiadora Hilaria Quirino,
que pierde una pierna y se le arruina la vida. O con Raúl y Glauco, los otros
trabajadores que quedan atrapados, pero sobreviven. Aunque las dos partes terminan
dañadas.
Vamos a otro episodio. Ya han pasado las elecciones del 28 se noviembre de 1971,
donde el senador Enrique Erro, la opción más cercana a la guerrilla, obtuvo 59.000
votos.
Temprano en la mañana, un “desaforado gigante” sale a buscar un caballo perdido, entra
en la estancia Spartacus y tiene la mala fortuna de ver salir a un guerrillero de una
tatucera. Lo encierran y pocos días después lo asesinan, porque vale más el inmueble,
que la vida del peón rural.
El 22 de mayo del 72, aparece su cuerpo, enterrado próximo a donde lo secuestraron.
Unos días antes, el 18 de mayo los guerrilleros asesinan a los cuatro soldados del jeep,
que reciben cien disparos.
Ruperto rescata sus nombres, sus pagos, sus identidades, les da voz, porque son
invisibles.
Con Betancor, con Morató, con el chofer de ómnibus, con los soldados del jeep, con
Pascasio Báez, hay una asimetría tan grande entre los victimarios y la inocencia de las
víctimas, es tan desmesurada esa distancia, que los convierte en símbolos, en mártires
sin quererlo, en héroes cívicos sin quererlo.
Todos sufrieron, sufrimos, como los ocho militantes del Partido Comunista asesinados,
víctimas del momento de locura que vivíamos.
El general Seregni, que permaneció preso 12 años en la dictadura, dijo, en el año 2000:
“desde el punto de vista de los derechos humanos, fue tan brutal el destrato que tuvieron
los rehenes cuando estuvieron en el aljibe durante la dictadura como el destrato que tuvo
Frick Davies, que tuvo el embajador inglés, que tuvo Pereira Reverbel, y otros que
estuvieron en la Cárcel del Pueblo sometidos a las mismas vejaciones”. Ruperto sigue
esta lógica, pero sin comparaciones con la dictadura, delimitando “el uruguay de la
guerrilla”.
Hay algo de compromiso generacional en este libro, porque no tenemos sustitutos. Yo
sentí el mismo compromiso de Ruperto y lo expresé en otra obra sobre el peón rural
asesinado.
Termino con una frase del libro que refiere a un hecho que a mí siempre me produjo
desasosiego. Dice Ruperto: “con el tiempo los números hablarían por sí solos. En
proporción a la población del país en el que actuaron y su extensión en el tiempo, los

tupamaros terminarían siendo una organización cinco veces más letal que la propia
banda terrorista ETA”.
Sin embargo si ustedes leen el libro Patria, de Fernando Aramburu, si ven la serie del
mismo título, o si ven dos películas recientes, La Infiltrada y Un Fantasma en la Batalla,
producida por mis amigos Juan Antonio Bayona, Belén Atienza y Sandra Hermida, mis
asociados en La Sociedad de la Nieve, no se discute la brutalidad y la violencia de ETA.
En ningún momento se la justifica. No hay, siquiera, debate.
¿Por qué aquí sucede al revés? La única explicación es que la guerrilla uruguaya, como
dice Ruperto, pavimentó a una feroz dictadura, que transformó a aquellos guerrilleros en
víctimas. Y todo se confundió, desdibujando el período en que comenzó todo, los nueve
años en que la violencia puso en jaque a la “democracia burguesa” y el derramamiento
de sangre desafió al humanismo.
Nuestra generación de los coetáneos de los hechos tiene un compromiso, una
responsabilidad.
Una búsqueda de encuentro sobre nuevas bases, no sobre bases falsas. Un encuentro
ecuánime.
Y este libro es una búsqueda de la ecuanimidad, en esta suerte de canto humanista sobre
un período cruel.

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