La República Oriental, un territorio en sepia

 

“Os aseguro que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” Fiodor Dostoievsky “La casa de los muertos”

 

Este domingo gris -sí, gris y quizás por ello- nos trajo un luminoso regalo a los lectores de Contraviento: la columna de nuestro colaborador riverense “Caalf”, titulada, precisamente “Uruguay, la fortaleza del gris”.

Desde mi cuenta en X recomendé -y recomiendo- su lectura con un comentario que reproduzco textualmente:” Un precioso texto para leer en un domingo gris, que invita a pensar para estar de acuerdo o, como es mi caso, discrepar amablemente; una(s) discrepancia(s) que no aspira a la estridencia y se conforma con el gris de la constancia escrita”.

Lo que sigue, sin estridencias, es esa constancia escrita.

La fortaleza del gris

La columna de nuestro colega destila amabilidad, como escrita con una -en sus propias palabras- secreta ternura propia de un ser en estado de gracia. Lo que, en resumen, el texto viene a proponer es que, la supuesta grisura uruguaya, vista siempre como un estereotipo -las más de las veces peyorativo- en realidad puede constituir una virtud, vista como una “resiliencia disfrazada de modestia, la confianza en lo simple, la decencia cotidiana”, es la convicción “que la riqueza sin humanidad no vale la pena”.

Al final de su escrito, el articulista sostiene que “la nostalgia que carga Uruguay es pesada, pero no paraliza. Es una nostalgia que empuja, que recuerda lo que se ha perdido y lo que todavía puede construirse.
Un país que sueña en voz baja, pero sueña igual
.”

Un acierto, no menor del entrañable texto, es que el articulista haya conseguido el tono exacto para pasar en puntas de pie por un campo sembrado de minas sin que estallara ninguna, quizás por escribe desde el centro mismo de esa uruguayidad que él ve y describe sin privilegios ni exclusiones.

Sin embargo…

Pena que le habla a un uruguayo y de un Uruguay que, me temo, no existe y tal vez, nunca haya existido.

Es que internarse en el terreno de las identidades nacionales, las que se deducen de los Estados-Nación nacidos hace 2 siglos en Hispanoamérica, siglo y medio en la Vieja Europa, es terreno escabroso.

Esos Estados, fueron producto de revoluciones lideradas por las oligarquías criollas que, ante la caída del Imperio Español en el viejo continente, peleaban por mantener en la Nueva España los privilegios heredados de sus ancestros.

Las “nacionalidades” terminaron siendo un producto final de la derrota militar de los ejércitos realistas y su definitiva retirada, tras la cual no pocos derivaron en guerras y alianzas entre caudillos.

De los procesos independentistas del siglo XIX en su primera mitad, surgieron entre 15 y 16 repúblicas, más o menos definidas en cuanto a territorio y población, aunque esos límites fueron causa de un sinnúmero de conflictos, algunos que se prolongan hasta nuestros días.

De la Banda a la República

Este territorio, el de la Banda Oriental, considerado estratégico tanto por los independentistas argentinos como por los brasileños, era blanco seguro de los apetitos de ambos bandos, a los que se agregaban los de los caudillos criollos propios de este lado del Río Uruguay.

Tras la Convención de Paz propiciada por el Imperio de Gran Bretaña, se declara la independencia del territorio de la Banda Oriental como Estado independiente, bajo el formato republicano producto de la influencia francesa principalmente.

Constituida la República Oriental del Uruguay, surge la cuestión de la identidad, dada en principio por dos aspectos principales: por ser el territorio situado al oriente del Río Uruguay y de allí, nuestra condición primigenia de Orientales. La segunda, por oposición, porque quienes aquí habitaban, no se consideraban ni argentinos ni brasileros.

Breve historia de la Orientalidad

En una República, nacida en esas condiciones y prácticamente despoblada, la cuestión de la identidad no era un tema menor. Antes bien, de suma importancia y urgencia. Por eso, apenas 3 años después de la Jura de la primera Constitución -el contrato por el cual nuestros antepasados se constituían en parte de una Asociación Política, libre y soberana- se aprobó el Himno Nacional: “Orientales, la Patria o la tumba, Libertad o con gloria morir”. Grandilocuente, estaba destinado a reafirmar la Libertad nacional como valor supremo, y la orientalidad como primera seña de identidad.

Durante todo el siglo XIX y hasta casi finales del siglo XX, la nacionalidad uruguaya era expresada y reconocida -incluso y primordialmente en los documentos oficiales- como “Oriental”. Borges, el argentino más oriental, no dejó nunca de llamarnos orientales, y con ello reafirmaba la condición de un hermano, pero distinto, del argentino. Este era, para él, la Banda Oriental, único territorio que podría haber sido argentino al otro lado del Río Uruguay.

Durante casi un siglo, lo que transcurrió desde la independencia hasta la Paz de 1904, los Orientales -divididos en dos bandos, Blancos y Colorados- se abocaron, casi a tiempo completo, a intentar exterminarse unos a otros. Fue lo que llevó al genial William Henry Hudson a bautizarnos, en su libro, como “La tierra purpúrea”, teñida de sangre siempre renovada.

Tras la paz, un cuarto de siglo después, los criollos -conviviendo con los ingleses quedados tras sus inversiones en trenes y aguas-, descubrieron el fútbol, lo aprendieron y en 1930 se consagraron Campeones en el Primer Campeonato Mundial organizado en Montevideo. En final contra Argentina, encima.

¡Hazaña de orientales, carajo!

Apenas dos décadas después, fue en Brasil, frente a Brasil, los orientales inauguran el mito de la garra charrúa ganándole al locatario Brasil, a Maracaná, a 200 mil brasileros desolados. Nacía otro mito: Maracaná.

El Uruguay del voto femenino, del Hospital de Clínicas, de la Represa de Rincón del Bonete, de las 8 horas, del 18 de Julio del London París era un país lleno de colores.

Un largo crepúsculo y una negra noche

Hasta que sonó el primer disparo, como tituló con acierto a su libro sobre esa época el Ingeniero Ruperto Long.

En ese violento crepúsculo democrático que habría de durar casi una década, dejó de ondear la bandera blanca y celeste, y en las penumbras solamente se visualizaban las rojas y negras y la estrella con la T en su centro. Nada de orientalidades ni patrias, que no habría más patria que la internacional proletaria que exportaba el jesuita delirante de La Habana.

Tras ellos el verde oliva, los árboles encalados de blanco hasta la mitad y un poco de rojo sangre para la tierra purpúrea. Esa noche duró una década entera, en cuyos comienzos -1975- justo se celebraba el 150 aniversario de la Declaratoria de la Independencia. Oportunidad color oro para el régimen de promover el patriotismo obligatorio: “Año de la orientalidad, rememos juntos por la Patria.

Desde entonces, todo ello no solamente no volvió a mencionarse, sino que se convirtió en un estigma vergonzante. La República Desoriental nos llamaba en ese entonces el preclaro Carlos Maggi.

En presente

Acabados los revolucionarios, reconvertidos en burócratas de salario, viático, coche oficial, salas VIP y catering a discreción, con un Estado clientelar aquejado de elefantiasis, somos una sociedad en la que nada nos une. Ni siquiera enfrentados a una Pandemia.

No hay un gris como valor, porque ni siquiera hay grises. Todo lo que lleva transcurrido este siglo XXI, no ha sido otra cosa que un paso tras otro en la progresiva infección gramsciana que ha penetrado todo resquicio donde pudiera avizorarse un mínimo de concordia.

Nos enfrentamos a un proceso acelerado e irreversible de envejecimiento poblacional y la bomba demográfica está en marcha. Para hacerle frente a ese enemigo, no hay municiones. Todas fueron malgastadas y la deuda que heredaremos a nuestros descendientes se torna insostenible.

Es posible que la clarividencia de Alexis de Tocqueville llegue hasta nuestros días, haciendo escrito hace doscientos años: ese era el lapso de tiempo que el francés le daba a las democracias -entonces, jóvenes y rozagantes- para caer en su definitivo ocaso.

Créame el colega, cuánto anhelaría equivocarme y tener la capacidad de ver y vernos como usted lo hace. Pero qué quiere que le diga: yo veo, hacia el pasado que es donde suele encontrarse el futuro, y solamente veo un país en sepia, el color de la peor de las nostalgias, la que se siente por lo que pudo haber sido y no fue. 

Y ojalá sea como decía Dostoievsky, que haya grano, que caiga y muera para que vuelva en abundante fruto.

Otros Artículos de Jorge Martinez Jorge:

[b]Sitio alojado en Montevideo Hosting[/b]