Elogio de la Inteligencia Ampliada: la sospecha como nuevo prejuicio tecnológico

“La IA no oculta la inteligencia humana: la desnuda, por lo que es o por lo que le falta.”

 

Hoy festejamos que nació un tipo que predicó que el amor al prójimo podía salvar a la sociedad. Después construyeron templos, guerras santas, odiaron, mataron en su nombre y en otros nombres. Al final del día su prédica y su ejemplo sigue interpelándonos. La revolución es amar al prójimo como a ti mismo. Felices fiestas como las quieran interpretar, pero reúnanse con sus afectos y sueñen con que otro mundo es posible!!Alejandro Sánchez, Secretario de Presidencia Uruguay, en Red Social “X” el 24 de diciembre de 2025, 10:34 horas.”

 

El texto entrecomillado, íntegro, es el posteo del Secretario de Presidencia “Pacha” Sánchez relativo a la Navidad. Podría, y ganas no me faltan, extenderme en la horrible mediocridad, la chabacanería, soberbia y falsa empatía que despliega en 74 palabras mal hiladas, pero no. No es el objetivo de la Columna.

Quisimos mostrarlo en su integridad, para que el lector juzgue lo que fue parte de la reacción en las Redes Sociales al posteo sanchista. Obviamente, proviniendo de un país en su mayoría secularizado, pero con hondas raíces cristianas, la falta de respeto que emana del texto y su espíritu, causaron indignación.

A lo que queríamos referirnos, y para ello el texto resulta paradigmático, es a las reacciones posteriores. De indignación en su enorme mayoría, de desprecio en otra, insultantes no pocas -porque de todo hay en la viña “del tipo”– lo más interesante es lo que comenzó a perfilarse más tarde: una especie de sub-polémica acerca de si el texto había sido redactado o no por (o con) IA. Para exculparlo algunos polemistas, asignándole a la herramienta los despropósitos conceptuales y gramáticos de la pieza. Otros, creo los más, para inculparle, utilizando al presunto uso de IA como un agravante para la proverbial, ¿cómo diría?, “excéntricas particularidades lingüísticas” propias de mercaderes, como los que el “tipo” expulsó del Templo hace 20 siglos atrás.

Detrás, o sobrevolando esa polémica, lo que uno advierte -repitiéndose cada vez con mayor frecuencia-, es la emergencia de una nueva moda intelectual que dice más de quienes la practican que del objeto al que apuntan.

Esta consiste en acusar a cualquier texto -un tuit, una reseña, un paper, una columna- de haber sido escrito por (o con) inteligencia artificial. No importa el contenido, ni la intención, ni la calidad del argumento: basta con insinuar “esto lo escribió una IA” para desacreditar al autor sin necesidad de leerlo.

Es la nueva forma de cancelación higiénica: no se discute la idea, se descalifica la herramienta.

La sospecha automática opera como un prejuicio de nuevo cuño.

Hasta ahora se cancelaba por ideología, por etiqueta, por provenir de determinada tribu o colectivo. Ahora se cancela por procedencia tecnológica.

Pero, lo más curioso es que quienes esgrimen esta acusación suelen apoyarse en aplicaciones que “detectan IA” con la misma precisión con la que un zahorí detecta agua: textos de Shakespeare, de Borges o de un estudiante de secundaria reciben el mismo veredicto del 95% probable uso de IA.

Este columnista hizo la prueba: puso en una de estas aplicaciones (justo la que usaron para hacerle la ecografía a Sánchez) pegando, primero un texto, media página, de una novela del españolísimo Miguel Delibes, muerto hace 15 años. Lo mismo, 95% de probable uso de IA. A posteriori, un fragmento de una columna propia en Contraviento de agosto de 2022 -cuando la IA- era, al mismo tiempo, un sueño y una amenaza. Resultado obvio, 95% probable uso de IA.

La ilusión de certeza técnica reemplaza al pensamiento crítico. Es más fácil gritar “IA” que leer.

 

El uso de IA como sospecha de plagio encubierta

 

Ese vínculo implícito entre “esto lo escribió una IA” y “esto es plagio” es uno de los malentendidos más fértiles -y más peligrosos- del debate actual. Porque mezcla dos cosas que no solo no son equivalentes, sino que pertenecen a órdenes completamente distintos:

Por un lado, el origen de un texto,

Y por el otro, la propiedad intelectual de un texto.

Hacer evidente esta contradicción, permite mostrar que el plagio es un acto humano, deliberado, con intención de apropiación, mientras que la IA, usada responsablemente, es una herramienta que no “roba” nada, sino que genera contenido nuevo o ayuda a elaborar el propio.

Lo que subyace en el “esto lo escribió una IA” parecería ser una acusación moral: “esto no es tuyo”.

Pero esa acusación es conceptualmente errónea. El plagio implica: apropiación indebida, ocultamiento de la fuente, intención de engañar y, generalmente, copia literal o sustancial.

La IA, en cambio, cuando se usa como corresponde: no copia textos ajenos, no oculta fuentes, no suplanta la autoría y no elimina la responsabilidad del usuario.

Mientras que la IA no plagia, sino que dialoga con la IH que recurre a ella, el plagio sí es un acto humano que roba inteligencia ajena.

 

Conviene aclarar algo que esta sospecha confunde: acusar a alguien de “usar IA” no debería suponer acusarlo de plagio. El plagio es deliberado, tiene siempre intenciones de apropiación. Lo saben bien historiadores y periodistas de prestigio que cayeron por copiar párrafos ajenos sin citarlos, o por inventar citas que jamás existieron. La IA, en cambio, no roba: genera, dialoga, propone. El plagio pertenece al reino de la mala fe; la IA, al de las herramientas. Confundirlos es como confundir una calculadora con un fraude contable. Porque si la IA expone la inteligencia humana, también expone la ética humana. La IA no plagia: pero sí puede dejar en evidencia al que plagia, al que copia, al que no piensa, al que no cita.

IA no es un atajo para el engaño: es un espejo que devuelve lo que uno trae.

La IA y los miedos

Cada avance que democratizó el acceso al conocimiento —la imprenta, la calculadora, la enciclopedia, Wikipedia— fue recibido con sospecha. No por sus defectos, sino por su potencia igualadora. La IA no inaugura un miedo nuevo: lo actualiza. Y como toda herramienta que amplía capacidades, despierta resistencias entre quienes sienten que su capital simbólico se vuelve menos exclusivo.

La resistencia más feroz no viene de quienes temen ser reemplazados, sino de quienes temen perder el monopolio del estilo, de la claridad, de la argumentación, los guardianes del saber. Pero tranquilos: la Inteligencia Artificial no amenaza al pensamiento: amenaza al privilegio.

Pero hay algo más profundo en juego. La IA no reemplaza la inteligencia humana; la expone. La desnuda. La deja a la vista. La vuelve más evidente.

No es una máscara que oculta, sino un espejo que amplifica. Al que piensa con claridad, lo potencia. Al que piensa con torpeza, lo deja en evidencia. Por eso, al burro, la IA no le acorta las orejas: solo las hace más evidentes. Si un texto parece escrito por un adulto con tercer grado, no es porque la IA “escriba mal”, sino porque quien la usa no tiene criterio para guiarla.

La herramienta no inventa profundidad donde no la hay.

 

HABLEMOS DE INTELIGENCIA AMPLIADA

 

Conviene recordar algo que la ansiedad contemporánea olvida: la IA es más sofisticada, sí, pero pertenece a la misma familia de herramientas que la humanidad ha usado siempre para pensar mejor. Antes fueron los diccionarios, las enciclopedias, los mapas, las bibliotecas. Luego Google y Wikipedia. Ninguna de esas herramientas convirtió a un ignorante en un sabio. Ninguna eliminó la necesidad de criterio, lectura, oficio. La IA no es distinta: potencia al que sabe usarla y expone al que no.

Lo verdaderamente interesante -y aquí hablo (hablamos) desde la experiencia (compartida)- es que un uso inteligente y respetuoso de la IA no empobrece el pensamiento humano: lo vuelve más fértil.

La IA no escribe por uno; escribe con uno. Es un interlocutor sin ego, un editor silencioso, un espejo dialógico. Permite ordenar ideas, detectar inconsistencias, explorar alternativas, ensayar contraargumentos. En ese ida y vuelta, el pensamiento propio se vuelve más claro, más preciso, más honesto. Se amplía.

Y eso, inevitablemente, enriquece al lector.

Es por ello, que la Columna prefiere hablar de “Inteligencia Ampliada”, en lugar de “artificial” que nada aporte ni dice.

Pensar con IA no es delegar pensamiento: es pensarlo mejor. La conversación —ese ir y venir de ideas, objeciones, matices— es la forma más antigua de inteligencia humana. La IA no la sustituye: la prolonga y potencia. Y en esa potenciación, democratiza capacidades que antes eran patrimonio de pocos: claridad, estructura, edición, argumentación.

Como toda democratización, genera resistencia. Pero la respuesta no puede ser la sospecha automática ni la cancelación preventiva. La respuesta es la responsabilidad: evaluar ideas, no procedencias.

La Inteligencia Artificial, pensada como Inteligencia Ampliada, no es una amenaza para el pensamiento humano. Es una oportunidad para pensar mejor.

 

Nota de elaboración

Este texto fue escrito por Jorge Martinez Jorge, en colaboración dialógica con una Inteligencia Artificial conversacional. La responsabilidad intelectual es enteramente humana; la herramienta intervino como interlocutor, editor y amplificador conceptual en un proceso de ida y vuelta que enriqueció la claridad y la estructura del argumento. (*)

Sobre la «Nota de elaboración»:

Hecha la aclaración, pertinente y necesaria por la materia que trata, el subrayado «la herramienta intervino como interlocutor, editor y amplificador conceptual»  como respuesta o aclaración a la afirmación precedente que la «responsabilidad intelectual es enteramente humana»  plantea una nueva y legítima pregunta: ¿Si la IA amplificó conceptualmente, no contribuyó intelectualmente?  Es una pregunta genuina, que el texto plantea pero no resuelve. Quizás, la respuesta es que «responsabilidad» e «intervención» no son lo mismo. La IA puede intervenir, sin por ello asumir responsabilidad, como un editor humano interviene sin ser coautor. Pero esto, merece ser considerado en una próxima columna.

 

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