En los últimos años se ha vuelto habitual que determinadas corrientes ideológicas —en particular el feminismo institucional— se presenten como “basadas en evidencia científica”. La fórmula se repite en manuales, protocolos, capacitaciones y políticas públicas. El problema no es menor: cuando la ciencia se invoca sin cumplir sus reglas, deja de ser ciencia y se convierte en retórica de poder.
Un ejemplo reciente es el Manual de Buenas Prácticas de Educación Integral de la Sexualidad, presentado como un material “científicamente fundado”. Sin embargo, un análisis riguroso del propio documento muestra algo muy distinto: no contiene investigación empírica en sentido científico.
No hay grupos control.
No hay diseños experimentales ni cuasi-experimentales.
No hay mediciones pre-post con análisis estadístico.
No hay tamaños de efecto, hipótesis refutables ni replicación independiente.
No hay control de sesgos.
Lo que sí hay es una sistematización de experiencias, evaluadas mediante encuestas de percepción, registros internos y valoraciones institucionales. Eso puede ser útil como insumo pedagógico, pero no equivale a evidencia científica, según cualquier estándar aceptado (APA, CONSORT, PRISMA).
¿Por qué, entonces, esta insistencia en llamarlo “ciencia”?
Porque la ciencia otorga legitimidad social, especialmente cuando se trabaja con infancia, educación obligatoria y fondos públicos. Decir “esto es ideológico” abre el debate. Decir “esto es científico” lo clausura. La etiqueta funciona como blindaje.
Aquí aparece una confusión deliberada —y peligrosa— entre tres planos distintos:
•La ciencia, que describe, explica y se somete a refutación.
•La política pública, que decide qué implementar según valores y prioridades.
•La ideología, que parte de verdades previas y no admite falsación.
El manual los mezcla y los presenta como si fueran lo mismo.
El problema epistemológico de fondo
La perspectiva de género, tal como se aplica en estos documentos, no es falsable. Si una intervención no muestra resultados, nunca es la teoría la que falla: siempre “faltó enfoque”, “hubo resistencias culturales” o “la implementación no fue suficiente”. Ese razonamiento circular es característico del dogma, no de la ciencia.
La ciencia avanza porque puede equivocarse.
La ideología se sostiene porque no admite estar equivocada.
Por eso necesita vestirse de ciencia.
¿Quién pierde con esta confusión?
Paradójicamente, las personas a las que se dice proteger. Cuando todo se presenta como “científico” sin serlo, se debilita la confianza pública, se empobrece el debate y se deslegitima la crítica fundada. Además, se instala un clima donde cuestionar no es pensar, sino “negar derechos”.
La ciencia no necesita consignas.
Necesita método, transparencia y posibilidad de crítica.
Una aclaración necesaria
Se puede defender la educación sexual.
Se pueden promover derechos.
Se pueden impulsar políticas públicas.
Lo que no se puede es llamar ciencia a lo que no lo es.
Porque cuando la ideología se disfraza de ciencia, no gana el conocimiento: gana el poder.
Pensar no es confrontar. Llamar a las cosas por su nombre tampoco.
Este texto no busca negar derechos ni desacreditar la educación sexual, sino invitar a pensar críticamente. Porque cuando la ideología se disfraza de ciencia, el riesgo no es la discusión: el riesgo es la manipulación. Ojalá este análisis sirva para que docentes, familias y ciudadanos puedan distinguir entre ciencia y discurso, entre evidencia y consigna.
No para rechazar el debate, sino para no ser engañados ni manipulados por un lenguaje que se disfraza de científico para evitar ser cuestionado. Nombrar estas diferencias no es confrontar, es prevenir.
Prevenir que el prestigio de la ciencia sea usado como disfraz retórico para imponer una visión ideológica sin someterla al control que toda ciencia exige.
La ciencia no necesita disfraces.
La ideología, sí.
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