Enrique Guillermo Hernández
Desde Montevideo y desde la tranquilidad de la rambla montevideana, el Ártico parece una abstracción lejana, un problema de osos polares y deshielo. Sin embargo, para un país pequeño como el nuestro, acostumbrado a navegar entre gigantes, lo que está ocurriendo en Groenlandia debería ser materia de estudio obligatorio.
Lo que la prensa internacional califica histéricamente como «el caos de Trump», visto con la lupa de la imparcialidad y la distancia, se revela como una jugada de manual. No estamos ante un arrebato, sino ante una sofisticada operación de pinza sobre la soberanía de una pequeña nación.
La ilusión del caos
Para el observador desprevenido, la administración estadounidense parece estar improvisando a los gritos, amenazando a Dinamarca y tensando la cuerda con Europa. Pero si bajamos el volumen al ruido mediático y miramos los movimientos de las piezas, la estrategia cobra un sentido inquietante.
Washington está ejecutando la clásica táctica del «policía bueno, policía malo», pero a escala continental.
Por un lado, Donald Trump golpea la mesa. Su retórica agresiva busca debilitar la figura de Dinamarca, mostrando a Copenhague ante los ojos de los groenlandeses como un protector incapaz, un socio antiguo que ya no tiene fuerza para garantizar seguridad en un mundo de lobos. Esto alimenta el nacionalismo en Nuuk la capital: la sensación de que es hora de soltar la mano de una Europa que se percibe lejana y débil.
La oferta irresistible
Y mientras el «policía malo» rompe los vínculos emocionales con la metrópolis, aparece el «policía bueno»: el gobernador Jeff Landry y su comitiva diplomática. Su oferta no es territorial, es tran$accional. Y es brillantemente maquiavélica.
Groenlandia se encuentra en una encrucijada vital: quiere la independencia, pero necesita dinero. Y, más importante aún, su gobierno actual (de corte ecologista) ha rechazado el dinero fácil de China porque implicaba minería de uranio radiactivo.
Aquí es donde EE. UU. ha encontrado la llave maestra. A través del proyecto Tanbreez, Washington ofrece financiar una minería «limpia», respetuosa con las leyes ambientales de la isla y procesada en suelo americano, lejos de las polémicas refinerías asiáticas.
La paradoja de la libertad financiada
Desde Uruguay, entendemos bien la tensión entre soberanía y dependencia económica. Lo que EE. UU. propone a Groenlandia es, en esencia, financiar su divorcio de Dinamarca.
La jugada es redonda:
Se utiliza el nacionalismo groenlandés para cortar lazos con Europa.
Se utiliza el ecologismo local para bloquear la entrada de China.
Se presenta a Estados Unidos como el único socio capaz de validar ambas aspiraciones.
La conclusión, para cualquier analista imparcial, es que estamos presenciando el nacimiento de una nueva forma de protectorado. Groenlandia camina hacia una independencia política nominal, financiada íntegramente por la billetera de Washington.
Es una lección de realpolitik cruda: en el tablero de las grandes potencias, la libertad de los pequeños a menudo no es más que la elección de quién financiará su futuro. Groenlandia está cambiando de hemisferio político sin moverse un centímetro del mapa.
