Antimperialismo selectivo vs pensamiento crítico

El dilema de la izquierda democrática

Por Omar Fuentes Armelino*

La trampa del “antiimperialismo patológico”

El problema no es el antiimperialismo en sí mismo. El problema es cuando se convierte en un antiimperialismo exclusivamente antiestadounidense, que termina funcionando como un reflejo automático antes que como una herramienta de análisis (Uruguay desde su posición de debilidad, ¿dónde debe posicionarse?). Ese “reflejo automático” podría llamarse, sin medias tintas, “antiimperialismo patológico”: además termina siendo la mejor explicación de por qué una izquierda que se cree revolucionaria defiende a algunos de los actores más reaccionarios, conservadores y asesinos del mundo solo porque son “enemigos de mi enemigo”.
Esta lógica conduce a posturas contradictorias: defender regímenes que, bajo la bandera de la soberanía, ejercen prácticas autoritarias internas mientras se critica cualquier acción de Estados Unidos. Esa selectividad vacía de contenido el análisis y lo transforma en un dogma más que en una crítica política rigurosa.

Ejemplos concretos de incoherencias
El fenómeno no es teórico: se ha visto a lo largo de estos últimos años en múltiples casos:

* El régimen chavista en Venezuela, cuya crisis política y erosión de libertades ha sido denunciada por sectores críticos incluso desde la propia izquierda, pero sigue recibiendo apoyo de algunos movimientos que anteponen la oposición a Estados Unidos por encima de la defensa de derechos fundamentales.
* La dictadura cubana; que a pesar de décadas de restricción de libertades y problemas estructurales, recibe apoyos por parte de sectores que enfocan su solidaridad exclusivamente en la denuncia del supuesto “bloqueo” (en realidad es un embargo) estadounidense, omitiendo las raíces y consecuencias internas del sistema cerrado impuesto por el castrismo que hasta es criticado por el Partido Comunista Chino.
* La dictadura en Nicaragua; donde la represión de opositores y activistas ha sido documentada reiteradamente, pero cuya crítica es a menudo mitigada en discursos que priorizan la narrativa anti-occidental.
* La invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin; que muchos sectores de la izquierda han abordado con ambigüedad —en algunos casos cuestionando la OTAN pero sin una denuncia inequívoca de la guerra rusa—, lo que ha generado debates sobre la eficacia de un antiimperialismo que ignora agresiones explícitas de potencias no occidentales.
* El régimen iraní; cuya persecución, represión y violación a DDHH básicos de mujeres y otras minorías o amenazas regionales han sido denunciadas incluso por líderes conservadores modernos —como la reciente condena de la intervención de Estados Unidos e Israel por parte del presidente del Partido Popular español, argumentando que Irán representa una amenaza a la libertad y a la estabilidad internacional—; sin embargo, algunos sectores radicales posicionan la crítica en términos exclusivamente antiestadounidenses.

Estas posturas no surgen de la nada sino de una narrativa que prioriza más la oposición a una potencia geopolítica —Estados Unidos— que el análisis consistente de autoritarismos de todas las latitudes.

El vacío del pensamiento crítico en la izquierda

En el debate público actual se percibe una ausencia: la falta de voces capaces de introducir pensamiento crítico profundo dentro del progresismo, que articulen defensa de derechos humanos, democracia y justicia social sin caer en dicotomías simplistas.
Cuando hubo intentos de cuestionar con claridad a regímenes concretos —por ejemplo, cuando sectores progresistas criticaron las violaciones a libertades en Nicaragua o en Cuba pese a riesgos políticos internos— se demostró que es posible sostener una posición democrática sin doble estándar.
El problema no es la identidad política. Es la renuncia al pensamiento complejo frente a relatos simplificados.

Un cambio de época que exige nuevas herramientas conceptuales

Las celebraciones populares —reales o interpretadas como tales— ante la caída forzada de regímenes autoritarios (Venezuela, Irán) ponen sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿estamos ante un cambio de época que las categorías tradicionales de la teoría política todavía no logran interpretar?
El orden internacional heredado del siglo XX muestra signos de agotamiento. Las instituciones multilaterales y el derecho internacional formal parecen insuficientes frente a actores que no respetan esas reglas o que las instrumentalizan.

*Seguridad, legitimidad y uso de la fuerza*
La cuestión de fondo es delicada pero inevitable: ¿cómo enfrentar regímenes violentos sin quedar atrapados en una impotencia normativa, sin caer en un pacifismo de escaparate?
No alcanza con invocar el derecho internacional para reclamar soberanía de los Estado en algunos casos y callar cuando los gobiernos de esos Estados violan el derecho internacional o los DDHH de sus pueblos, porque justamente esos gobiernos sistemáticamente no reconocen límites al poder ni se someten al derecho internacional. Tampoco es razonable justificar dictaduras por rechazo a la forma en que fueron removidas.

La discusión de futuro pasa por pensar mecanismos internacionales con capacidad real de acción, con legitimidad multilateral y con uso regulado de la fuerza cuando sea necesario. No se trata de militarizar el mundo, sino de evitar que la defensa abstracta de principios consolide tiranías concretas.

*Entre la coherencia y el aislamiento*
Quedarse únicamente en la denuncia formal puede terminar aislando políticamente a quienes dicen defender la libertad. La estrategia debe conectar con las demandas reales de los pueblos (origen de la legitimidad) y, al mismo tiempo, mantener estándares democráticos consistentes.
Si no se asume esa tensión, el resultado es paradójico: en nombre del antiimperialismo se termina defendiendo regímenes autoritarios y dictaduras.

Y esa contradicción ya no es sólo ideológica. Es un problema de coherencia democrática en un mundo que cambió y que exige ser pensado con menos reflejos automáticos y más responsabilidad política (Verantwortungsethik).


* Politólogo. Especial para Contraviento

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