sesgo de confirmación

El virus del sesgo de confirmación

Cuando la justicia deja de buscar la verdad

En psicología cognitiva, el sesgo de confirmación describe la tendencia humana a privilegiar la información que confirma nuestras creencias previas e ignorar aquella que las contradice.

No es un fenómeno marginal. Es uno de los sesgos cognitivos más estudiados en la literatura científica.

Autores como Raymond Nickerson (1998) o Daniel Kahneman (2011) han demostrado que el cerebro humano no busca naturalmente la verdad objetiva, sino la coherencia con lo que ya cree.

En condiciones normales, las instituciones modernas —la ciencia, el periodismo y la justicia— existen precisamente para corregir ese sesgo.

Pero cuando estas instituciones empiezan a operar dentro de narrativas ideológicas fuertes, el riesgo es que ocurra lo contrario: que pasen de buscar evidencia a confirmar creencias previas.

El sesgo como fenómeno social

Durante siglos el sesgo de confirmación fue un fenómeno principalmente individual.

Hoy, sin embargo, se ha convertido en un fenómeno colectivo amplificado por redes sociales y medios de comunicación.

Cuando una historia confirma las creencias de un grupo, se comparte más rápido, se cuestiona menos y se vuelve dominante antes de que la evidencia sea analizada.

El resultado es lo que algunos autores llaman “justicia narrativa”: la verdad pública deja de depender de los hechos y pasa a depender de la historia que mejor encaja con una identidad política o moral.

El caso reciente del periodista Vito Quiles en España es ilustrativo de este fenómeno.

Diversos titulares difundieron la acusación de una agresión contra una mujer. Sin embargo, el propio video del episodio circuló mostrando una escena que, al menos, planteaba una interpretación distinta.

A pesar de ello, la narrativa inicial continuó reproduciéndose en numerosos espacios mediáticos.

Este tipo de situaciones no se explica únicamente por errores periodísticos.
Se explica por un mecanismo psicológico profundamente humano: cuando un relato confirma lo que creemos, dejamos de examinarlo críticamente.

La fabricación de la narrativa A veces ocurre algo aún peor.

Se empiezan a producir contenidos que refuerzan el relato:
recortes de video, titulares engañosos o versiones incompletas.

La información deja de buscar comprender lo ocurrido.

El objetivo ya no es investigar los hechos.

Es confirmar la historia.

Cuando el sesgo entra al sistema judicial

El problema se vuelve mucho más grave cuando este sesgo comienza a influir en instituciones que deberían funcionar precisamente para neutralizarlo.
El sistema judicial moderno se basa en principios fundamentales:
•presunción de inocencia
•valoración de la prueba
•análisis crítico de la evidencia
Estos principios existen porque sabemos que la percepción humana es falible.
Sin embargo, en el debate contemporáneo sobre la violencia de género aparece una tensión que merece ser discutida con rigor.
Las leyes creadas para proteger a las víctimas cumplen un papel necesario. Nadie puede negar la existencia real de violencia .
Pero cuando el marco cultural y jurídico comienza a operar sobre la premisa implícita de que la denuncia femenina posee un valor de verdad superior, el riesgo de que el sistema deje de investigar para pasar a confirmar una hipótesis previa, es real y es lo que muchos abogados están hoy denunciando . Nada de lo que ellos presenten como prueba que deja en evidencia que su caliente hombre no cometió el delito del que es acusado por una mujer , sin tenidas en cuenta en el juicio . Incluso en las sentencias se omite todo aquello que no confirme que la mujer es víctima . Y esto es muy grave
En otras palabras:
la justicia corre el riesgo de transformarse en un sistema de verificación narrativa, más que en un sistema de búsqueda de la verdad.
Este problema ha sido discutido en distintos países y se vincula con una tensión clásica del derecho: cómo proteger a las víctimas sin erosionar la presunción de inocencia.
Cuando esa tensión se resuelve de forma desequilibrada, el resultado puede ser un sistema donde la acusación adquiere un peso simbólico tal que la carga de demostrar la inocencia se desplaza implícitamente hacia el acusado.
Desde una perspectiva epistemológica, esto representa un problema profundo.
La justicia fue diseñada para resistir el sesgo de confirmación, no para institucionalizarlo.

De la justicia probatoria a la justicia narrativa

Este fenómeno podría describirse como una transición peligrosa: el paso de una justicia probatoria a una justicia narrativa.

En la primera, los hechos se determinan mediante evidencia.

En la segunda, los hechos se interpretan a partir de historias que encajan con determinados marcos culturales.

Cuando esto ocurre, el sistema judicial comienza a operar bajo una lógica similar al sesgo de confirmación:
la evidencia deja de ser lo que guía la decisión, y pasa a ser aquello que confirma la hipótesis inicial.

Este fenómeno es particularmente relevante en contextos donde existen fuertes presiones sociales o ideológicas, y donde determinadas identidades —como la de víctima— adquieren un peso simbólico muy elevado.

El riesgo es que la justicia termine funcionando no para descubrir lo ocurrido, sino para validar la narrativa social dominante.

Un virus cognitivo en expansión

El sesgo de confirmación siempre ha existido porque forma parte del funcionamiento normal del cerebro.
Pero en el ecosistema actual —dominado por redes sociales, algoritmos y polarización ideológica— este sesgo se comporta cada vez más como un virus cognitivo que se expande a gran velocidad.
Cuando la narrativa domina a la evidencia:
•los medios reproducen historias sin verificarlas críticamente
•las redes amplifican versiones emocionales
•las instituciones sienten presión para alinearse con el clima social
El resultado es un cambio silencioso pero profundo:
la evidencia deja de ser el centro del debate público.
Y cuando la evidencia deja de importar, la justicia se vuelve vulnerable.

Defender la evidencia

Combatir el sesgo de confirmación no significa negar la violencia real ni minimizar el sufrimiento de las víctimas.

Significa recordar algo fundamental:

la verdad no se decide por identidad, ideología o consenso social.

Se decide por evidencia.

Y si las sociedades democráticas renuncian a ese principio, el daño no solo afecta a los acusados injustamente.

Afecta a la credibilidad de la justicia misma.

La justicia no está para confirmar creencias. Está para comprobar hechos. Cuando olvidamos eso, todos estamos en riesgo.

 

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