Hay una popular anécdota en Rivera, que, como toda buena anécdota, debe tener poco de verdad y mucho de exageración, que cuenta que aquella tarde en el Estadio Goyenola de Tacuarembó el aire pesaba más que de costumbre. Se jugaba el clásico del Norte, ese duelo donde Rivera y Tacuarembó no solo se disputan una pelota, sino el orgullo de quién domina el basalto.
Rivera llegaba con DT nuevo, un personaje de esos que en la frontera surgen por generación espontánea: mitad estratega, mitad filósofo del asado. El hombre armó el cuadro con la fe de quien compra un número de lotería premiado, subieron al ómnibus y allá fueron rumbo a la capital del Pago más Grande.
Pero el fútbol es un verdugo que no sabe de cortesías.
Minuto 3: Gol de Tacuarembó. El DT se acomodó la gorra.
Minuto 6: Gol de Tacuarembó. El DT empezó a sudar frío.
Minuto 12: ¡Tercer gol de Tacuarembó!
El estadio era una caldera de gritos rojos y blancos. El técnico riverense, viendo que la realidad le pasaba por arriba como una turbonada, le hizo al juez la señal de «tiempo muerto». Los jugadores se acercaron al banco, cabizbajos, esperando una iluminación táctica, un cambio de sistema, o al menos un insulto que los despertara. El DT los miró con los ojos de quien ve un naufragio desde la orilla y soltó la sentencia que quedó grabada en el bronce del recuerdo popular: – «¡Bagasera… onde temo mitido!»
Un portuñol crudo que resume la epifanía del desastre. Un «¡Muchachos dónde estamos metidos!” que, irónicamente, hoy trasciende el fútbol y se convierte en el mantra que me persigue constantemente cuando veo nuestra propia tragedia nacional.
Esa frase, que nació en el pasto o en la invención jocosa, me retumba hoy en el tímpano cada vez que prendo el informativo. Porque el gobierno actual parece ese plantel de Rivera: corren mucho, pero la pelota siempre entra en nuestro arco.
Estamos en el minuto 12 del partido y los goles nos llueven de todos lados:
La Táctica del Espejismo: Nos gobierna una administración que se desvive por bajar un cartel publicitario con la urgencia de un comando de élite, mientras la inseguridad nos golea de chilena en cada esquina. Prioridades de quien prefiere arreglar la fachada mientras el living se prende fuego.
El «Fuera de Juego» Diplomático: Ver a nuestros representantes más preocupados por defender las bondades de la dictadura cubana que por evitar que las empresas cierren y dejen a la gente en la calle es, sencillamente, humor negro. Es jugar para el rival y todavía festejar el gol.
El VAR de la Justicia: Se les escapa un narco de alta peligrosidad, sin custodia, sin tobillera, casi con alfombra roja, y la respuesta oficial es el silencio o la excusa burocrática. Interpol nos mira con la misma cara que el juez de aquel partido en el Goyenola: sin poder creerlo.
Un Capitán sin Cinta: No vemos un líder, vemos un barco a la deriva donde la ideología pesa más que la gestión. Las promesas de campaña, esas que juraban no crear impuestos, se convirtieron en papel picado antes de entrar a la cancha. Hoy, el candidato que prometió el cielo nos cobra hasta por respirar el aire.
Lo más trágico de este «partido» es que la propia interna oficialista ya ve la gestión con los mismos ojos que la oposición; una mirada crítica y de desaprobación. Los sindicatos, creyéndose dueños de la pelota, parecen no entender que si rompen el club (las empresas), no habrá más partidos que jugar ni sueldos que cobrar.
Seguimos ahí, en el medio de la cancha, escuchando al gobierno criticar la gestión anterior, como si el partido de hace cinco años todavía se estuviera jugando, sin decirnos qué piensan hacer con los goles que nos están metiendo ahora.
Al final, la anécdota del DT de Rivera nunca aclara cómo terminó el partido. Pero no hace falta ser un genio de la estadística para saber que, cuando el que manda se da vuelta y dice «¡Bagasera, onde temo mitido!», es porque ya estamos goleados, con el ánimo en el piso y el orgullo pidiendo que este partido se termine de una vez.
