Una amiga iba en su auto a la 1 de la tarde por la rambla de Montevideo rumbo al trabajo. Vio a otra amiga detenida al costado porque había pinchado una rueda. Frenó para ayudarla. La otra no tenía auxiliar, así que sacó el suyo del valijero e intentaron colocarlo. No pudieron. Era incompatible por algún motivo que desconozco y ahí quedaron, tratando de resolver un problema que cualquier persona puede tener cualquier día.
Mientras conversaban y evaluaban llamar al service, pasó algo que resume perfectamente el estado de deterioro al que hemos llegado.
De la nada, una moto subió a la vereda de la rambla. No a una calle oscura. No en un barrio perdido. En plena rambla. A plena luz del día. Uno de los delincuentes le arrebató el teléfono de la mano. Mi amiga reaccionó por instinto, se le colgó encima y logró recuperarlo. El ladrón le respondió arañándole la cara. Ni siquiera así consiguió llevarse el celular.
La escena ya era absurda. Pero todavía faltaba el remate.
Otro conocido apareció, prestó ayuda y finalmente lograron cambiar la rueda usando el auxiliar de su vehículo. Cuando mi amiga fue a guardar el suyo, descubrió que había desaparecido. Mientras ella forcejeaba para evitar que le robaran el teléfono, alguien le robó la rueda.
¡Le robaron una rueda!
Hay que detenerse un segundo para entender la dimensión de esta locura. Una persona se baja para ayudar a otra y termina arañada, atacada y robada. No por estar haciendo algo imprudente. No por exponerse innecesariamente. Por ayudar.
Mi amiga me contó que justamente el día anterior había visto videos de esta nueva modalidad de la creatividad montevideana. Delincuentes que circulan en moto, con sus rostros cubiertos por cascos, muchas veces sin matrícula visible, observan a alguien con un celular u objeto de valor, suben a las veredas, empujan, golpean y desaparecen antes de que nadie pueda reaccionar.
Ni siquiera hizo la denuncia.
Y eso es quizás lo más grave de toda la historia.
No porque el robo de una rueda sea peor que el robo de un teléfono. Lo más grave es que una ciudadana ya ni cree que valga la pena recurrir al Estado. Da por descontado que no habrá consecuencias. Da por descontado que nadie la va a ayudar. Da por descontado que perderá tiempo para terminar exactamente donde empezó.
Cuando la resignación reemplaza a la confianza, el problema dejó de ser un delito aislado. Se transformó en un fracaso institucional.
Le dije algo que probablemente no le gustó escuchar. Ella apoya abiertamente a este gobierno. Un gobierno que, a mi juicio, representa el cúlmine de la incompetencia, y que en lo que respecta a la seguridad ha demostrado ser incapaz de proteger a los ciudadanos honestos. Donde los delincuentes parecen acumular más excusas que sanciones y donde la reincidencia se vuelve una rutina tolerada en lugar de una anomalía combatida.
No discutió. No respondió. Se quedó en silencio. Ojalá que haya quedado pensando.
Durante años se nos dijo que quienes reclamábamos orden éramos exagerados. Que quienes pedíamos penas efectivas éramos autoritarios de derecha. Que quienes advertíamos sobre la degradación de la convivencia estábamos alarmando innecesariamente.
Sin embargo, la realidad sigue golpeando más fuerte que cualquier discurso.
La realidad es una mujer arañada (y felizmente sólo eso) por defender su teléfono.
La realidad es una rueda robada mientras intentaba ayudar a una amiga.
La realidad es una denuncia que ni siquiera se realiza porque nadie espera resultados.
La realidad es una sociedad que empieza a acostumbrarse a lo intolerable.
Y cuando una sociedad se acostumbra a lo intolerable, el triunfo ya no es de los delincuentes. El triunfo es de la decadencia.
Este es el Uruguay que estamos viviendo. Un país donde cada vez más ciudadanos sienten que están solos frente al delito y donde la impotencia crece al mismo ritmo que la sensación de impunidad.
Y lo peor de todo es que muchos recién empiezan a verlo cuando les toca en carne propia. Y muchos ni así…
