Hay una diferencia clave entre ser presidente y ser vecino.
El vecino puede salir en chancletas a discutir con el repartidor de gas. El presidente no puede.
El vecino puede explicar una compra complicada diciendo: «Pará que te cuento cómo fue». El presidente no puede.
El vecino puede aparecer un domingo en la puerta de la casa con una bolsa llena de cables, una bicicleta sin asiento y una cortadora de pasto que nadie sabe de dónde salió. El presidente no puede.
O al menos eso es lo que acaba de descubrir Yamandú Orsi.
Lucía Topolansky lo resumió con una frase que debería ser estudiada en las facultades de Ciencia Política, Psicología y Veterinaria: actuó con «la espontaneidad de un vecino».
Y tiene razón.
Porque toda esta historia de la camioneta parece más una reunión de copropietarios que un escándalo político.
Cada explicación genera tres preguntas nuevas. Aparece un vehículo. Luego, otro vehículo. Después, una rifa. Luego, un bono ganador que no tenía ganador. Después, una transferencia. Después, otra transferencia. Luego, una donación.
En algún momento uno ya no sabe si está escuchando una conferencia de prensa presidencial o la explicación que da un tío cuando le preguntan por qué tiene una lancha estacionada en el fondo de la casa.
Lo interesante es que Topolansky no cuestionó la honestidad de Orsi. Al contrario, lo definió como demasiado transparente.
Y ahí surge un problema filosófico fascinante.
¿Puede alguien ser tan transparente que termine pareciendo opaco?
Porque la transparencia tiene un límite. Si uno explica demasiado, llega un punto en que la explicación se convierte en una nueva realidad.
Es como cuando mi madre me preguntaba dónde había estado.
Si yo respondía: -En el cine.
La conversación terminaba ahí.
Pero si agregaba: -En el cine de 18, después fui a tomar un café, luego me encontré con Ricardo, pero no el Ricardo que conocés vos, sino otro Ricardo, y además el auto no arrancaba porque la batería estaba baja…
Ahí mi madre concluía que había participado en un golpe de Estado.
La explicación excesiva siempre genera sospechas. Woody Allen decía que jamás confiaría en un restaurante cuyo menú tuviera demasiadas páginas. Su teoría era simple: si ofrecen doscientas cosas distintas, probablemente no sepan hacer ninguna demasiado bien.
Yo jamás confiaría en una historia que necesite una hoja de cálculo, tres conferencias de prensa, un video explicativo y una entrevista entre gallos y medianoche con cuatro periodistas elegidos a dedo para ser comprendida.
Pero el verdadero tema no es la camioneta.
El verdadero tema es la frase de Topolansky, porque toca una de las tragedias más antiguas de la política: la dificultad de dejar de ser uno mismo.
Durante años le dijeron a Orsi que era cercano, auténtico y natural; que hablaba como la gente y que parecía un vecino. Y ahora que llegó a la Presidencia le dicen:
-Bueno, eso es lo que no podés hacer.
Es una crueldad.
Es como pasar toda la vida entrenando para correr una maratón y descubrir en la largada que el premio es quedarse quieto.
La política está llena de paradojas. La gente vota a alguien porque parece común y luego se enoja cuando se comporta como una persona común.
Quiere autenticidad, pero institucional. Espontaneidad, pero controlada. Naturalidad, pero con manual de usuario.
Tal vez por eso la Presidencia termina transformando a todos, porque llega un momento en que uno deja de representar a una persona y comienza a representar una oficina.
Topolansky lo dijo de otra manera: ya no pertenece a la barra, pertenece a toda la sociedad.
Y debe ser una experiencia terrible.
Yo apenas represento a dos copropietarios más y ya me siento incómodo. Imaginate representar a tres millones y medio de personas.
Quizás la verdadera lección de toda esta historia es que ningún ser humano está psicológicamente preparado para convertirse en institución.
Ni Orsi. Ni Topolansky. Ni nadie.
Aunque admito que ahora me quedó una duda.
Si un presidente actúa como vecino, ¿quién actúa como presidente en el barrio?
Hasta la próxima, si es que hay.
