Me pasó algo rarísimo. Necesitaba instalar una división de chapa, buscaba algo liviano que no diera mucho trabajo, para dividir un balcón. No quería hacer obra, y un marco de hierro con una chapa galvanizada era lo más práctico, rápido y barato, además de cumplir a la perfección con lo que estaba buscando. Para eso necesitaba un herrero.
Como no conocía a ninguno, empecé a preguntarles a conocidos si me recomendaban alguno. Alguien me dijo que conocía a uno, pero que era bastante informal: le había empezado un trabajo, lo dejó por la mitad y nunca más volvió. Otro me contó que el que él conocía le había hecho un trabajo, pero demoró quince veces más de lo normal. Finalmente, uno me dijo que no recomendaba al que conocía porque decía que venía un día y aparecía dos días después, trabajaba media mañana, se iba y no volvía hasta la semana siguiente, y así todo el tiempo hasta entregar el trabajo.
Con esos antecedentes, busqué en Google algún herrero «cerca de mi ubicación». Había uno a tres cuadras de casa. Lo llamé por teléfono. No atendió. Como quedaba cerca, pensé: voy hasta allí. Salía rumbo a la herrería cuando sonó el teléfono. Atendí. Era el herrero. Me dijo que tenía una llamada perdida y que no había atendido porque justo estaba hablando por teléfono cuando le entró la mía. Le expliqué lo que quería. Me dijo que tenía que tomar las medidas y me preguntó si estaba en casa. Le dije que sí. Me respondió que en cinco minutos estaría allí.
Volví, me senté frente a la compu, dispuesto a esperar un par de horas. A los siete minutos sonó el intercomunicador. Era el herrero: «¿Me abre que estoy en la puerta?» Abrí, bastante sorprendido, la verdad. Subió: un tipo joven, enérgico. Le expliqué lo que quería, anotó las medidas, entendió todo sin necesidad de que se lo repitiera. Me dio el presupuesto. Acepté. Me dijo: «El miércoles a las 16 vengo a hacer la colocación» (era lunes).
El miércoles a las 15:45 me llegó un mensaje suyo preguntando si estaba en casa, que ya estaba listo para venir a instalar la división. Le dije que sí. A las 16:00 llegó. A las 16:30 estaba todo soldado, atornillado y exactamente como le había pedido. Le pagué, se marchó, y yo me quedé impresionado. ¡Una persona responsable! ¡Que respetaba plazos y horarios! ¡Que cumplía cabalmente con lo solicitado! ¡Que había tomado las medidas exactas y no hubo que corregir absolutamente nada! ¡Que lo hizo todo rápido y sin complicaciones!
Y eso es lo raro: que un trabajador independiente se maneje con seriedad. Acá llamás a un plomero y te dice que viene… y termina no viniendo. Buscás un albañil y te dice que sí, pero no. Un electricista, lo mismo. Y pasa igual con el instalador de aire acondicionado, o el que repara el calefón. Lo habitual, a lo que estamos acostumbrados, es que muchos profesionales no cumplan. Y esa falta de compromiso es lo que se ha instalado en gran parte de nuestra población.
Lo más preocupante es que esta anécdota, que debería ser lo normal, terminó siendo la excepción que merece contarse.
Y ahí es donde no puedo dejar de trazar un paralelismo con nuestra clase política. Si el incumplimiento individual ya nos resulta tan naturalizado que un herrero puntual nos sorprende, ¿qué esperar de quienes prometen en campaña y después gobiernan sin memoria de lo prometido? Programas que se anuncian y se archivan, plazos de obras públicas que se estiran años, promesas de «no vamos a subir tal impuesto» que se rompen a los pocos meses de asumir, funcionarios que no cumplen ni los horarios que ellos mismos fijaron: es la misma lógica del plomero que dice que viene y no viene, pero multiplicada por el poder y el presupuesto del Estado.
Quizás no sea casualidad: una sociedad que tolera y hasta espera el incumplimiento en lo cotidiano termina, sin darse mucha cuenta, tolerándolo también en lo que debería ser sagrado: la palabra empeñada por quienes deciden sobre la vida de todos.
El día que un gobierno cumpla lo prometido en tiempo y forma, tal vez nos sorprenda tanto como este herrero.
