
«Si la poesía no nos ofrece un refugio en el corazón de la tormenta, ¿de qué sirve la palabra?» — Samih al-Qasim
«Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.» — Proverbio kurdo
En el Gran Juego de la geopolítica de Medio Oriente, el análisis hegemónico suele pecar de una pereza reduccionista: un tablero binario que aplana la complejidad. Se nos enseña a mirar la región con lentes gruesos: bloques estatales monolíticos, rivalidades entre potencias regionales o el eterno choque entre suníes y chiíes. Sin embargo, bajo esa cartografía oficial —presentada como placas tectónicas inamovibles— laten hendiduras históricas: montañas, desiertos, fronteras olvidadas donde habitan pueblos cuya sola existencia desmiente la homogeneidad que los regímenes de turno pretenden imponer. [La visión binaria de Medio Oriente se consolidó en gran medida durante el período colonial, especialmente tras los acuerdos Sykes-Picot (1916), que fragmentaron la región en unidades administrativas artificiales.]
Introducción:
Este noveno capítulo aborda dos realidades que, aunque distantes en sus métodos, comparten una misma tragedia: la lucha de las minorías étnico-religiosas contra la persecución de los poderes centrales. Mientras la teocracia iraní aplica desde hace medio siglo un modelo de asimilación coercitiva sobre sus minorías no persas, el pueblo druso ha elaborado, a lo largo de un milenio de fragmentación estatal en el Levante, una estrategia de supervivencia basada en el repliegue, la cautela y el silencio. [La política de asimilación de minorías en Irán se intensificó tras la Revolución Islámica de 1979, con la centralización del poder en instituciones chiíes y persas.]
Irán y el apartheid de facto silenciado: el mito de una homogeneidad impuesta con la soga y el fusil
«Un país que teme a la lengua de sus niños es un país que teme a su propio reflejo.» — Farzad Kamangar
La República Islámica de Irán no es solo una teocracia autoritaria; es también un sistema profundamente centralista construido sobre la hegemonía de la identidad persa y la ortodoxia chií. Aunque existen minorías persas suníes y comunidades chiíes no persas, el poder político, económico, judicial y militar se concentra casi por completo en la élite persa-chií. [Aunque la mayoría de los persas son chiíes, existen comunidades persas suníes en regiones como Khorasan y Hormozgán, y minorías chiíes no persas como los azeríes.]
Las minorías no persas representan entre el 40% y el 45% de la población total de Irán (aprox. 89 millones de habitantes). Sin embargo, para el régimen, estas comunidades —ubicadas en las periferias geográficas del país— no son vistas como componentes legítimos del tejido nacional, sino como vulnerabilidades estratégicas, “amenazas a la seguridad interna” o potenciales peones de potencias extranjeras. [Organizaciones como Minority Rights Group International y Human Rights Watch estiman que las minorías no persas representan entre el 40% y el 45% de la población iraní.]
Para hablar de la República Islámica de Irán, tal como surge de lo dicho anteriormente, exige superar el mero eufemismo de la «represión» o la «discriminación». Lo que el régimen de Teherán ejerce sobre sus grandes minorías no persas y no chiítas es una estructura de “apartheid de hecho”: un sistema institucionalizado de segregación étnica, religiosa, lingüística y de género donde el acceso a la ciudadanía plena, la justicia, la propiedad y la infraestructura básica está estrictamente condicionado por la pertenencia al núcleo hegemónico. Todos y cada uno de los aspectos que exige la definición del término apartheid. [ Ninguna organización de DDHH como Amnesty International o Human Rights Watch han catalogado al régimen como tal y, mucho menos la ONU, estando ésta, como lo está, controlada por el propio Irán y sus socios.]
Al igual que en otros regímenes de separación forzada, en el Irán teocrático existir por fuera del status quo persa chií —kurdo, baluchi o ahwazí, pero persas no chiíes disidentes del régimen— equivale a habitar una categoría jurídica inferior, donde el propio Estado opera como una potencia ocupante de su propio territorio, administrando la exclusión social, la expropiación económica y el castigo judicial con una severidad que la diplomacia occidental y los organismos internacionales insisten en no llamar por su nombre.
Las tres periferias en números
- Kurdos (Rojhelat)
Entre el 10% y el 12% de la población (9–10 millones). Habitan las provincias del noroeste: Kurdistán, Kermanshah, Ilam y Azerbaiyán Occidental. En 2022, la violenta muerte de Mahsa Amini, joven estudiante kurda a manos de la Guardia Islámica detonó el movimiento identificado con el lema kurdo “Jin, Jiyan, Azadî”, reprimido con violencia letal.
- Baluchis
Entre el 2% y el 3% (1,8–2,5 millones). Viven en Sistán y Baluchistán, la región más pobre del país. En algunos años han representado hasta el 30% de las ejecuciones nacionales. La represión del “Viernes Sangriento” de Zahedán (30/9/2022) es uno de los episodios más brutales de la última década. [Amnistía Internacional ha documentado que, en algunos años, hasta el 30% de las ejecuciones en Irán corresponden a personas baluchis, pese a ser apenas el 2–3% de la población.]
- Ahwazíes (Árabes del Khuzestán)
Entre el 2% y el 4% (2–3,5 millones). Habitan el Khuzestán, de donde proviene la mayor parte de la producción petrolera iraní. Sufren despojo hídrico por el desvío coercitivo de los ríos Karún y Karkheh, desertificación acelerada del humedal Hoor al-Azim y contaminación petrolera masiva. [El humedal Hoor al-Azim, uno de los ecosistemas más importantes del Khuzestán, ha sufrido una desertificación acelerada debido a proyectos petroleros y desvíos de agua.]
La trinchera invisible: lengua materna y verso clandestino
Hay una guerra silenciosa que no se libra con drones ni artillería, sino en el espacio microscópico de la garganta. Cuando el Estado prohíbe las escuelas en lengua materna y persigue los alfabetos no oficiales, la poesía deja de ser un adorno estético para convertirse en una trinchera de soberanía cultural. [Aunque la Constitución iraní reconoce la enseñanza de lenguas regionales, en la práctica el Estado ha restringido sistemáticamente la educación formal en kurdo, baluchi y árabe ahwazí.]
«Mi lengua no es una amenaza a tu frontera; es el mapa del suelo que pisan mis ancestros.» — Hajar
En el Kurdistán iraní, la literatura aprendió a caminar en la oscuridad. Hajar comprendió que la respuesta más radical al chovinismo estatal no era solo la consigna política, sino la demostración técnica de la riqueza del kurdo: al traducir al kurdo el Canon de Medicina de Avicena y el Corán, desmontó la coartada de la “inferioridad lingüística”. Las cartas de Farzad Kamangar desde la prisión de Evin confirmaron que enseñar a un niño a nombrar el mundo en su idioma materno es, en Irán, un acto de insubordinación castigado con la muerte. [Farzad Kamangar, maestro kurdo, fue ejecutado en 2010 tras un juicio ampliamente criticado por falta de garantías. Sus cartas desde prisión se convirtieron en símbolos de resistencia cultural.]
«En el desierto donde el poder no construye escuelas, el viento aprende de memoria nuestras canciones.» — Canto baluchi del Daftar
En Sistán y Baluchistán, la resistencia se transmite de boca en boca. El Daftar —archivo oral de cantos épicos— y sus bardos constituyen una memoria inexpugnable. El régimen puede censurar imprentas o cortar internet durante las masacres, pero no puede interceptar un verso que viaja en la noche del desierto. [El “Viernes Sangriento” de Zahedán (30 de septiembre de 2022) dejó más de 90 muertos según organizaciones de derechos humanos, tras la represión de protestas baluchis.]
«Nos han quitado el río y nos han dejado la sed, pero no han podido secar la palabra con la que nombramos el agua.» — Poema ahwazí
En el Khuzestán, los ahwazíes viven la paradoja de habitar el suelo que financia al Estado que los asfixia. El género poético Al-Alwan y los festivales de Shi’r Sha’bi preservan el vocabulario exacto con el que sus antepasados nombraron el agua, las palmeras y el río Karún antes de ser desviado. [El río Karún, el más caudaloso de Irán, ha sido desviado hacia provincias centrales mediante proyectos de trasvase que afectan directamente a las comunidades ahwazíes]
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Una historia aparte: los drusos, el arte del repliegue y la Taqiyya
«Habitamos la montaña no para alejarnos del mundo, sino para ver venir las tormentas antes de que nos alcancen.» — Dicho del Yabal al-Druz
Si en Irán la resistencia se grita en la lengua prohibida, en las montañas del Levante el pueblo druso ha perfeccionado una estrategia opuesta: la supervivencia mediante el repliegue, el disimulo y la cautela.
Nacidos (o unificados) en el siglo XI como una corriente esotérica del islam, los drusos —o al-Muwahhidun, “los unitarios”— cerraron su doctrina a nuevas conversiones y elevaron la Taqiyya a un arte político. [La doctrina drusa se cerró a nuevas conversiones en el siglo XI, lo que contribuyó a su cohesión interna y a su carácter hermético frente a poderes externos.]
Con una población global de 1,5 millones, los drusos se distribuyen en cuatro estados: • Siria (Suwayda): 600–700 mil. • Líbano: 250–300 mil. • Israel (Galilea y Golán): 150 mil, más alguna minoría residual en Jordania. La mayoría cumple servicio militar obligatorio, aunque los drusos del Golán suelen rechazar la ciudadanía israelí. [Tras la anexión israelí del Golán en 1981, la mayoría de los drusos de la región rechazó la ciudadanía israelí, manteniendo un estatus de “residentes permanentes”.]
Su estructura social, dividida entre iniciados (Uqqal) y no iniciados (Juhhal), creó una muralla doctrinal infranqueable.
Al prohibir la exogamia y ocultar sus textos sagrados, sobrevivieron a los imperios otomano, francés y británico sin perder cohesión ni territorio. La figura de Sultan al-Atrash, líder de la revuelta siria de 1925, encarna esta mezcla de hermetismo y dignidad insurgente. [Sultan al-Atrash lideró la Gran Revuelta Siria contra el Mandato francés en 1925, convirtiéndose en una figura emblemática de la resistencia drusa.]
La paradoja poética de Samih al-Qasim
«De tu prisión saldrán mis cantos, y de mi silencio nacerá tu derrota.» Al-Qasim
La comunidad que protege celosamente sus dogmas hacia adentro ha producido, paradójicamente, algunas de las voces más abiertas de la literatura árabe moderna. Samih al-Qasim, druso de la Galilea y ciudadano israelí tras 1948, vivió en la hendidura misma de las identidades cruzadas. Fue encarcelado varias veces por Israel, pero su poesía nunca cedió: [Samih al-Qasim fue encarcelado en varias ocasiones por su activismo político y su participación en movimientos de resistencia palestina dentro de Israel.]
“Puede que le quites el último trozo a mi tierra,
y puede que alimentes a las prisiones con mi juventud,
o puede que saquees mi legado,
hasta puede que quemes mis libros…
pero no me comprometeré,
y hasta el último soplo de mi vida me resistiré.”
Su métrica hereda la obstinación de las montañas del Yabal al-Druz: la certeza de que se puede ceder en la superficie del juego político para salvar la vida, pero que existe un núcleo sagrado de la identidad que permanece innegociable. [La poesía de al-Qasim se inscribe en la tradición de la “literatura de resistencia” palestina, junto a figuras como Mahmoud Darwish y Tawfiq Ziad. -adaptación del articulista-]
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Una matriz de vulnerabilidad y la paralela inacción internacional
La disparidad en la atención mediática y diplomática hacia estos pueblos se evidencia al examinar sus patrones de persecución y la tibia respuesta internacional. [La ONU ha emitido declaraciones generales sobre Irán y Siria, pero no ha aprobado resoluciones específicas sobre la situación de kurdos, baluchis, ahwazíes o drusos como minorías diferenciadas]
| Pueblo / Minoría | Persecución | Desplazamiento | Papel / No-Papel de la ONU |
| Kurdos de Irán | Asimilación forzada; ejecuciones; militarización; represión del movimiento “Jin, Jiyan, Azadî”. | Desplazamiento interno; campos en Kurdistán iraquí expuestos a drones. | Declaraciones sin mecanismos de protección. |
| Baluchis | Segregación económica; persecución sunita; ejecuciones desproporcionadas; “Viernes Sangriento”. | Migración a Pakistán; desplazamiento por crisis ecológicas. | Casi sin debate específico; tratado como “asunto interno”. |
| Ahwazíes | Detenciones masivas; expropiación; desvío hídrico; contaminación petrolera. | Desplazamiento por desertificación; marginalidad urbana. | Ninguna resolución específica sobre discriminación etno-ecológica. |
| Drusos | Amenaza de exterminio por yihadistas; represión en Suwayda. | Desplazamiento interno; presión en Líbano. | Relegados dentro de la crisis siria, sin reconocimiento de su especificidad. |
Conclusión — El costo de la diversidad
«La justicia internacional tiene el oído fino para los poderosos y una sordera milenaria para los pueblos sin Estado.»
En las periferias de Irán, la resistencia última no descansa en las armas, sino en el verbo. Mientras el régimen pretenda borrar las diferencias bajo una sola bandera y un solo idioma, cada poema recitado en kurdo, cada canto baluchi al anochecer y cada verso árabe en el Khuzestán seguirán demostrando que la lengua materna es el único territorio que ningún imperio ha logrado ocupar por completo. [El lema “la lengua materna como territorio” es utilizado por movimientos culturales kurdos, baluchis y ahwazíes para enfatizar la resistencia identitaria frente a políticas de asimilación.]
Al mismo tiempo, la experiencia drusa demuestra que la resistencia también puede ser un ejercicio de paciencia milenaria. Entre el escudo invisible de la Taqiyya y la palabra encendida de sus poetas, este pueblo preserva su identidad como una llama en la caverna, esperando que pasen las tormentas de la historia para volver a mirar al sol sin pedir perdón por existir. [La Taqiyya musulmana, recogida en el Qu’ram, es entendida como disimulo en contextos de persecución, ha sido reinterpretada por los drusos como una estrategia política de supervivencia comunitaria]
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