Enrique Guillermo Hernández
El mapa del continente africano, ese que los burócratas europeos garabatearon con escuadra y cartabón en la Conferencia de Berlín de 1884 mientras se repartían el mundo entre cognac y puros, está crujiendo bajo el sol del Sahara. Mali, una nación mediterránea de 1.240.000 kilómetros cuadrados —sin salida al mar y rodeada por siete vecinos que la miran de reojo—, se ha convertido en el epicentro de una «Guerra después de la Guerra». Lo que hoy se dirime en las arenas de Tombuctú no es solo una rebelión de pastores; es una timba internacional donde las fichas son lingotes de oro y los jugadores tienen menos escrúpulos que un vendedor de autos usados flojitos de papeles.
EL ESPEJISMO DE LA RIQUEZA: EL LEGADO DE MANSA MUSA
Para entender el presente, hay que dejar de lado la soberbia occidental y mirar al siglo XIV. Mali no siempre fue este «agujero en el mapa» que los informativos despachan en treinta segundos. Bajo el reinado de Mansa Musa, el emperador que gobernó el Imperio de Mali entre 1312 y 1337, la región fue la reserva federal del mundo. En su famosa peregrinación a La Meca en 1324, el tipo cargó camellos con tanto oro que, al pasar por El Cairo y repartirlo como si fueran volantes de pizzería, provocó una inflación que hundió el precio del metal en todo el Mediterráneo por doce años.
Ese oro sigue ahí, tentando a propios y ajenos. Hoy, las minas de Intahaka no financian mezquitas, sino la contabilidad de guerra de las potencias que se dicen «amigas».
EL SINANKUNYA: EL «PARENTESCO DE BROMA»
En medio de este polvorín, sobrevive el Sinankunya. Es una institución social que nosotros, los rioplatenses, entenderíamos de primera: el «parentesco de broma». Es un pacto ancestral que permite a ciertas etnias —como los Dogón y los Fulani— insultarse de arriba abajo, decirse las peores barbaridades sobre sus ancestros o su ganado, y que todo termine en una risa. Es una diplomacia del «gastarse» mutuamente para no pelar el cuchillo. Una lástima que los genios que hoy mandan drones desde oficinas con aire acondicionado no tengan ni idea de cómo funciona esta válvula de escape antes de apretar el gatillo.
IYAD AG GHALY: EL CAMALEÓN CON CHILABA
Y si hablamos de personajes, hay que sacarse el sombrero (o el turbante) ante Iyad Ag Ghaly. Este hombre es el «Lupín» del desierto, un transformista que dejaría a cualquier político nuestro como un principiante de ética. Fue líder rebelde Tuareg en los 90, un tipo mundano al que le gustaba la buena vida; luego pasó a ser cónsul de Mali en Arabia Saudita, donde cambió el fusil por la corbata de seda.
Pero se ve que el aire de Riad le pegó fuerte, porque volvió convertido en el líder de Ansar Dine y hoy comanda el JNIM (Al Qaeda). Ag Ghaly es un equilibrista: un día te negocia una liberación de rehenes con una sonrisa europea y al otro te impone la chilaba (esa túnica larga con capucha típica del desierto) para aplicar la Sharia mientras se esconde en las cuevas del Adrar de los Ifoghas. Es el dueño de las llaves del Sahara y el dolor de cabeza de cualquier agencia de inteligencia que intente predecir su próximo disfraz.
Un líder carismático que un día lo ves como diplomático usando un costoso traje italiano y al otro lo ves como un líder tribal vistiendo chilaba, la típica túnica con capucha en punta que protege del ardiente sol del día y de las frías noches del desierto.
EL HORMIGUERO DE AGENCIAS: CIA Y MOSSAD EN EL «BARRO»
Aquí es donde la cosa se pone espesa. La CIA ya no juega a las invasiones de cine; ahora su laburo es el «Over-the-Horizon». Operan desde bases de drones en Ghana y Benín, barriendo el desierto las 24 horas con sus MQ-9 Reaper. Su miedo no es que Mali sea pobre, sino que el «Sahelstán» se vuelva un parque temático para que Al Qaeda planee el próximo 11-S sin que nadie los moleste. Están financiando discretamente a grupos Tuareg para que les pasen el «chisme» de dónde duermen los rusos, mientras fingen que no están.
Por otro lado, tenemos al Mossad. ¿Qué hace Israel en medio del Sahara? Simple: vigilancia de rutas. El Mossad sabe que Irán está desesperado por un pie en África para lavar guita y conseguir uranio. Vigilan con lupa quirúrgica que la tecnología militar iraní —o sus instructores— no terminen en Mali para luego saltar al Líbano o Gaza. Para los muchachos de Tel Aviv, Mali es el puesto de avanzada para detectar si el «oro de sangre» maliense termina financiando un misil de Hezbolá. Es una guerra de sombras donde un mal paso se paga con una explosión «accidental».
LA CANILLA MIGRATORIA: EL ARMA GEOPOLÍTICA
Pero el verdadero «as» en la manga de Putin en Mali no es solo el oro; es la geografía humana. Mali es el embudo natural de las rutas migratorias que vienen del África subsahariana hacia el Mediterráneo. Ciudades como Gao o Agadez son los puertos secos donde miles de personas esperan para saltar a Europa.
Al instalarse allí con el Africa Corps (la nueva cara de los mercenarios rusos), Rusia se ha adueñado de la «canilla». Si Bruselas se pone pesada con las sanciones por Ucrania, Moscú solo tiene que «aflojar el sello» en Mali y permitir que el flujo migratorio se desborde hacia las costas de Italia o España. Es el uso de la desesperación humana como arma de presión geopolítica. Una jugada de un cinismo magistral que tiene a Europa durmiendo con un ojo abierto.
CONCLUSIONES: LA GUERRA QUE SE VIENE
No nos llamemos a engaño. Lo que vemos hoy en Mali es el tráiler de la película que se va a estrenar en todo el continente una vez que el conflicto de Irán pase a segunda página. Esta es la «Guerra de Asfixia». Ya no habrá grandes desembarcos estilo Normandía; lo que viene es una erosión constante por el control de los minerales críticos —litio para las baterías, uranio para la luz de París y oro para el bolsillo de Moscú—.
Mali es el laboratorio donde se está probando si un puñado de mercenarios y drones puede derrotar a un imperio colonial en retirada. Es la guerra que se viene porque es barata para los que mandan y carísima para los que ponen el cuero. Es el triunfo definitivo del cinismo sobre los mapas de oficina. Y mientras tanto, el desierto sigue ahí, esperando para tapar con arena los pecados de todos. Porque al final, en el Sahara, el que sobrevive no es el más fuerte, sino el que mejor sabe esconderse detrás de un espejismo…
