Enrique Guillermo Hernández
Hay una comodidad escandalosa en el activismo de occidente. Es muy fácil, casi un deporte de salón, rasgarse las vestiduras desde las plazas europeas o americanas, apuntando con el dedo a las políticas de Donald Trump o a las operaciones de Israel en Medio Oriente. Incluso el Vaticano, con el Papa a la cabeza, suele encontrar palabras rapidísimas para condenar a Jerusalén o a Washington. Pero, curiosamente, cuando la mirada se vuelve hacia Teherán, la voz de la Iglesia y de muchos cristianos occidentales se apaga, se vuelve un murmullo diplomático y timorato.
Mientras en nuestras latitudes se debate sobre la moralidad de la guerra en «entornos seguros», en Irán ser cristiano te puede costar literalmente el cuello. El régimen teocrático chiita no es un gobierno con el que se pueda dialogar sobre derechos humanos tomando un café; es una maquinaria estatal diseñada para triturar la libertad espiritual.
Miren a Marziyeh Amirizadeh y Maryam Rostampour.Dos mujeres iraníes que pasaron 259 días en la prisión de Evin —un matadero conocido por sus torturas— simplemente por repartir Biblias. Para ellas, y para miles de convertidos, no hay «libertad religiosa». La ley iraní es clara: si nacés de padre musulmán, sos musulmán hasta el día que te mueras. Renunciar a eso, abrazar a Cristo, es considerado apostasía. Y la apostasía se paga con la horca.
Los defensores del régimen, y lamentablemente algunos progresistas desinformados, aplauden que la constitución iraní reserve escaños en su parlamento para minorías cristianas armenias o asirias. Es una fantochada cínica. Esos escaños son de cartón pintado. Esos cristianos «legales» tienen terminantemente prohibido evangelizar a los musulmanes. El mensaje del Estado es claro: te toleramos mientras te quedes callado y no contagies tu fe.
Si un ciudadano iraní común decide hoy seguir las enseñanzas de Jesús, el Estado lo convierte en un ciudadano fantasma. Desde 2020, el formulario para el carnet de identidad eliminó la opción «otras religiones». O marcás Islam, o te quedás sin acceso a la educación, al sistema bancario y al derecho de existir legalmente en tu propio país.
Entonces, la pregunta que cae de madura para el Papa y para esa feligresía que gasta sus energías criticando exclusivamente a las democracias occidentales o a Israel en su conflicto directo con este régimen es: ¿Dónde está la solidaridad con los suyos? ¿Por qué la indignación es tan selectiva?
Criticar a Trump o al gobierno israelí es gratis, no conlleva ningún riesgo, es el camino fácil. Pero enfrentar la monstruosidad de un sistema que te ahorca por rezar el Padrenuestro en persa requiere una valentía que parece faltar en los pasillos de Roma.
Es hora de dejar la tibieza. Como bien advierte el cardenal Robert Sarah: «No temamos ser pocos. Temamos ser tibios. Cristo salvó al mundo con doce apóstoles, no con multitudes. La libertad no se defiende con discursos a medida para no ofender a tiranos. Se defiende mirando de frente a la opresión y llamándola por su nombre, aunque cueste, aunque incomode. Los cristianos que hoy sobreviven en la clandestinidad de Irán no necesitan la diplomacia de los abrazos vacíos; necesitan que el mundo libre, y sobre todo sus líderes espirituales, dejen de mirar para otro lado.
