Una vez, siendo chico, vi en el cine una película argentina: Martín Fierro. De toda la historia hubo una frase que se me quedó pegada como una piedrita en el zapato: “No orines contra el viento”.
En ese momento no entendí bien qué quería decir. Me sonaba a consejo rural, pero no lograba descifrar el misterio. Así que hice lo que uno hace cuando es niño y cree que en su familia vive una enciclopedia humana: fui a preguntarle a mi abuela.
Mi abuela vivía en Montevideo, pero era una mujer viajada según los estándares de mi infancia. Había recorrido el mundo entero, porque fijate que además conocía Melo, Vichadero y hasta Paso del Parque, el pueblito de ocho habitantes donde nací. Cada vez que volvía de la capital llegaba con valijas que olían a manzana, un perfume que todavía hoy asocio con la idea de sabiduría.
Además tenía credenciales culturales serias. Una vez me corrigió cuando dije “Ollivud”. Me miró con paciencia y sentenció:
-No se dice “Ollivud”. Se dice “Jólibud”.
Con ese gesto quedó oficialmente ascendida, en mi escala mental, al rango de autoridad intelectual suprema.
Así que cuando le pregunté qué significaba aquello de no orinar contra el viento, respondió con absoluta seguridad:
-Porque te puede hacer mal a la vejiga.
La explicación no me cerró demasiado. Yo intuía que el asunto era bastante más… directo. No conocía todavía la palabra “escatológico”, pero el cerebro infantil ya sospechaba que la física del problema no pasaba por una infección urinaria.
Sin embargo, si lo decía la abuela, debía ser cierto. La ciencia, en ese momento, hablaba con acento montevideano y olor a manzana.
Años después entendí el verdadero significado de la frase. Y curiosamente encajaba mucho más con lo que yo había imaginado de chico: si uno mea contra el viento, tarde o temprano se termina salpicado.
No se me cayó ninguna ídola. La abuela siguió siendo una crack. Pero comprendí que aquel consejo tenía menos de medicina y más de filosofía práctica. Sobre todo de filosofía política.
Porque si hay un deporte muy practicado en la política es precisamente ese: mear contra el viento con una seguridad admirable.
Hoy, gracias a las redes sociales, tenemos una especie de archivo universal de ese deporte. Antes un político decía algo, el tiempo pasaba y el olvido hacía su trabajo. Ahora no. Ahora cada tuit queda flotando como una botella en el mar esperando el momento perfecto para volver a la costa.
Y lo que estamos viendo todos los días es fascinante.
Las mismas frases que los opositores usaban para destrozar al gobierno anterior encajan con precisión quirúrgica en lo que ellos mismos están haciendo ahora que gobiernan.
Es casi un experimento científico sobre la memoria selectiva.
¿Hay autocrítica? Nunca.
¿Alguna reflexión del tipo “tal vez exageramos”? Jamás.
¿Un mínimo reconocimiento de que aquello que antes parecía un escándalo ahora resulta, curiosamente, razonable? Ni por asomo.
Porque en política muchas veces no se critican las medidas por lo que son, sino por quién las tomó. Si la medida la toma el adversario, es una catástrofe moral. Si la toma uno mismo, se transforma milagrosamente en responsabilidad de Estado.
Es alquimia ideológica. El plomo del escándalo se convierte en oro institucional apenas cambia la firma del decreto.
Así se va construyendo una especie de zoológico moral bastante peculiar: gente que ayer gritaba indignada lo mismo que hoy defiende con entusiasmo militante.
Y lo más impresionante es la naturalidad con que ocurre.
Ahí están, cómodos, entre las críticas de los rivales y los aplausos de los simpatizantes, midiendo el éxito en likes y retuits. Mientras tanto, lo único que realmente crece es la hipocresía, el doble discurso y esa sensación cada vez más evidente de que el país avanza hacia un lugar bastante oscuro.
Porque cuando la política pierde lo único que realmente importa, que es la mínima coherencia moral, lo demás empieza a derrumbarse lentamente.
Las instituciones resisten un tiempo.
La economía aguanta otro poco.
La paciencia social dura lo que dura.
Pero tarde o temprano aparece la factura.
Y entonces uno recuerda aquel viejo consejo gaucho, tan sencillo y brutalmente honesto: Si vas a mear contra el viento, no te sorprendas cuando te empieces a mojar.
El problema es que cuando eso pasa en política, el que termina empapado no es sólo el que está meando. Es todo el país.
