El montevideano y el shampú (El arte de saber sin saber)

Vivo en Rivera, Uruguay, ciudad gemela de Santana do Livramento, Brasil. Gemela en el sentido más literal y desconcertante del término: dos países separados por una calle. Una baldosa de este lado y estás en Uruguay; cruzás al cordón de enfrente y ya sos Brasil. Dos conjuntos de leyes, dos monedas, dos himnos, dos días de festejo por la independencia, porque obviamente cada mitad tiene la suya, dos culturas, dos gastronomías y, para mayor entretenimiento del universo, un solo pulso urbano que las hace, en la práctica, una sola ciudad.

Para los que vivimos acá, esto no tiene ningún misterio. Cruzar «al lado» es tan cotidiano como ir a buscar el pan. Los uruguayos vamos a Brasil a comprar comida, ropa, productos de higiene. Los brasileros vienen a Uruguay a los free shops, al whisky, la electrónica, los perfumes, a los otros comercios por fiambres, a los dulces, a esa cosa inexplicable que tiene el queso uruguayo de saber mejor que cualquier queso del mundo cuando lo comés cerca de la frontera. Nadie se asombra. Nadie saca fotos.

Yo, en particular, llevo una vida viviendo aquí y he cultivado lo que podría llamarse, sin falsa modestia, un conocimiento enciclopédico y casi obsesivo de los supermercados de ambos lados. Sé en qué local está el mejor precio del aceite este mes. Sé qué día liquidan la verdura en el mercado de la esquina brasilera. Sé cuándo conviene cruzar para comprar carne y cuándo es mejor quedarse. Sé en qué comercios hay productos que en otros no existen ni en sueños. Cuando armo la lista de compras, mi cerebro ya funciona como un algoritmo de optimización de costos con GPS incorporado: esto acá, aquello allá, lo otro espera al jueves.
No es un talento sobrenatural. Es simplemente vivir en un lugar y prestarle atención. Algo que, al parecer, no todo el mundo hace.

El otro día me encontré con un montevideano.
Llegó a la frontera con esa energía particular del turista urbano que descubre algo que para otros es completamente mundano: encantado con la mezcla, fascinado con la convivencia, maravillado de no saber bien si estaba en un país o en el otro. Cosas que uno deja de notar después de la primera semana.

Empezamos a hablar, simpatía de por medio, y en determinado momento el hombre decidió que era hora de compartir su «sabiduría» recién adquirida: me quiso dar consejos de dónde comprar. A mí. Que vivo acá.
Con toda la suavidad de que fui capaz, le aclaré la situación: Hermano, yo vivo acá. Sé muy bien dónde comprar cada cosa. Esperaba que eso bastara. No bastó.
Lejos de achicarse, el hombre se agrandó. Sacó su gran argumento: ¿Ves este shampú? Lo compré a 43 reales (unos $ 350). En Montevideo el mismo pack me sale 800 pesos. ¿Me vas a decir que sabés dónde conseguirlo más barato? ¡Es imposible!
Hay un tipo de persona que pronuncia la palabra «imposible» con la misma convicción con la que un niño señala a mamá entre la multitud. Este era ese tipo de persona.
Lo miré con la calma de quien ha tenido esta conversación, o alguna versión de ella, más veces de las que puede contar. Vení conmigo, le dije.
Caminamos un par de cuadras. Entramos a uno de esos comercios fronterizos que venden absolutamente de todo, desde repuestos de moto hasta pañales para adultos, pasando por artículos de librería y productos capilares. Fuimos al sector de shampús. Señalé el mismo producto. El mismo pack. El mismo shampú de su gran hallazgo de 43 reales: Precio: 19,90 reales.

El hombre enrojeció. ¡Me robaron!, dijo, genuinamente indignado, como si la víctima de un crimen acabara de descubrir al culpable.
No, nadie lo robó. Simplemente pagó el precio de creer que dos días en una ciudad lo convertían en experto residente. Lo robó su propia certeza.

Y acá es donde el shampú deja de ser anécdota y se convierte en metáfora, porque este señor no es una rareza. Es, lamentablemente, un arquetipo.
Vivimos rodeados de personas que confunden el turismo con la residencia, el titular con el análisis, el prejuicio con el conocimiento. Gente que ha pasado cuarenta y ocho horas en contacto superficial con alguna realidad compleja y emerge de esa experiencia lista para dar cátedra a quienes llevan décadas viviéndola.

El ejemplo más cruel, y más frecuente, es el de los cubanos. Hay personas que nunca han puesto un pie en Cuba, o que la visitaron en un resort de Varadero donde el mayor conflicto fue si el buffet tenía langosta, y se sienten en condiciones de explicarle a alguien que huyó del régimen, que cruzó fronteras clandestinamente, que dejó familia, que llegó con lo que tenía puesto, cuáles son las bondades de ese sistema. Con estadísticas que leyeron en algún blog. Con argumentos que repiten de memoria sin haberlos sometido jamás a la fricción de la realidad.

Y si el cubano, ese cubano que vivió lo que vivió, osa contradecirlos, el mecanismo es predecible y perfecto en su circularidad: No te creo, porque si lo que decís va contra lo que yo pienso, entonces vos debés ser un agente del imperialismo. El sistema es hermético. Ninguna evidencia puede entrar. Es a prueba de balas.

El mismo fenómeno, con distinto disfraz, aparece cuando ciertas feministas occidentales, que han marchado, que han levantado carteles, que han exigido y que tienen derechos que sus abuelas no tenían, salen a defender con ardor regímenes teocráticos que tratan a la mujer con menos consideración que a un perro. Regímenes donde esas mismas marchas serían respondidas con brutalidad institucional. Donde el cartel terminaría siendo confiscado y ellas azotadas ,antes de que la tinta se secara. Hay algo profundamente irónico, o profundamente triste, según el ánimo del día, en ejercer la libertad de expresión para defender sistemas que la prohíben.

Pero lo verdaderamente inquietante no es la existencia de estos individuos. Los ignorantes convencidos han existido siempre y probablemente siempre existirán; son una constante. Lo inquietante es su poder. Su capacidad de influir, de convencer, de ocupar espacios y cargos desde los cuales la desinformación adquiere legitimidad institucional. Porque hay ministros que actúan así. Académicos. Comunicadores. Gente que nunca vivió lo que opina, que nunca pisó el territorio que analiza, que nunca habló con quienes padecen lo que defienden, pero que tienen micrófono, pantalla o escritorio desde donde moldear lo que otros piensan.

Y hay otros que les creen. Que incorporan esas ideas como propias sin haber tenido, ni por un instante, contacto con la única maestra que no miente: la realidad.

Son, todos ellos, como un montevideano queriéndome decir dónde comprar el shampú al mejor precio.
La diferencia es que cuando yo lo llevé a ver el precio real, al menos tuvo la decencia de indignarse con el dato.

Hay quienes, frente a la evidencia, simplemente miran para otro lado y siguen explicando.

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