En la actualidad, en las redes es cosa de todos los días ver cómo no solo se critica al gobierno sino también a la oposición. O, más exactamente, a la ausencia de ella. Incluso apareció un término nuevo para describir el fenómeno: opoficción (término acuñado por Eduardo Bittar un activista y politólogo venezolano, y que a nivel local se popularizó de forma visionaria y muy acertada, por el compañero @jmartinezjorge aquí en Contraviento). Una palabra útil para nombrar algo que todos sienten pero nadie logra definir con precisión. Algo así como cuando ves una sombra moverse y pensás que es alguien… hasta que prendés la luz y descubrís que era el perchero.
Mientras buena parte de la gente no percibe una oposición real, firme, coherente, capaz de marcar la cancha y plantar diferencias claras, desde el gobierno se asegura que la oposición es furibunda, agresiva, casi insoportable. Así lo dejó entrever días atrás el secretario de Presidencia, quien se quejó de que la oposición “cansaba”.
Esa frase revela una dicotomía bastante curiosa. Por un lado hay una enorme cantidad de gente esperando que alguien diga, fuerte y claro, lo que muchos piensan. Por el otro lado, parece que lo poco que se dice ya alcanza para irritar a quienes gobiernan. Es una situación casi cómica: para la ciudadanía la oposición es un susurro; para el poder, un megáfono insoportable.
Y, seamos honestos, tampoco es que el oficialismo tenga mucha autoridad moral para quejarse del tono. Esa oposición rastrera, sucia, malintencionada, mentirosa y permanentemente negativa fue exactamente la que ejercieron quienes hoy gobiernan durante el período anterior. No esperaron ni a que se acomodaran las sillas del nuevo gabinete para empezar a disparar.
En plena pandemia, con el planeta entero tratando de entender qué demonios estaba pasando, no hubo pudor alguno. Dijeron que los hospitales estaban colapsando, que el gobierno demoraba las vacunas, que las medidas eran “tardías e insuficientes”, llamaron a caceroleos, boicotearon iniciativas, sembraron sospechas en cada conferencia de prensa y practicaron ese deporte tan moderno que consiste en dinamitar la confianza pública desde Twitter mientras el país intenta apagar incendios.
Lo notable es que muchas de las políticas que en aquel momento eran presentadas como barbaridades hoy forman parte de su propio repertorio de gobierno. La coherencia, al parecer, es un lujo que se guarda para los discursos de campaña.
Pero tampoco se trata de decir que no exista oposición. Existe. Habla. Opina. Critica. El problema es otro: la credibilidad.
Sacando un par de voces que todavía conservan cierto respeto público, lo que digan muchos de los demás pesa lo mismo que una encuesta hecha en la mesa familiar del asado del domingo. El ciudadano promedio escucha, asiente con educación y sigue scrolleando. No porque adore al gobierno, sino porque sospecha que quien habla hoy lo hace con una debilidad y hasta un asomo de complicidad que no convence a nadie, seguramente ni a ellos mismos…
De ahí nace la idea de la opoficción. No es que la oposición no exista en términos formales. Está ahí: tiene bancas, conferencias de prensa, micrófonos y hashtags. Pero su representación política se percibe como algo teatral. Como un actor que está en el escenario pero al que nadie le cree el personaje.
Así, mientras no aparezca una voz capaz de imponerse con autoridad, claridad y consistencia, la oposición seguirá pareciendo un personaje secundario de la trama nacional. De esos que aparecen en la película para completar la escena, decir dos líneas y desaparecer sin que nadie recuerde su nombre cuando termina la función.
Ante este panorama empiezan a escucharse cada vez más reclamos por nuevos liderazgos. O incluso por nuevos partidos. Y no sería raro que, si alguna de esas figuras logra emerger con cierta fuerza, arrastre detrás a una cantidad considerable de gente que hoy se siente huérfana políticamente: ciudadanos que no están conformes con el gobierno, pero que tampoco encuentran en esta oposición de utilería a alguien que realmente los represente.
Porque al final la política, como el teatro, puede sobrevivir con actores mediocres…
Lo que no puede sostener durante mucho tiempo es un público que ya se dio cuenta de que la obra es mala.
