Mis padres no eran religiosos. En absoluto. Y cuando digo «en absoluto», no me refiero a ese agnosticismo moderno y sofisticado de quien ha leído a Nietzsche y cita a Dawkins en las cenas. No. Me refiero a una irreligiosidad más honesta y pragmática: la de la gente de campo que tiene demasiadas cosas reales de las que preocuparse como para añadir a la lista los caprichos de una divinidad invisible. Para ellos, la vida era la vida, y lo que tenía que pasar pasaría con o sin ayuda celestial, con o sin velas encendidas, con o sin rosarios murmurados al atardecer. El universo seguiría su curso independientemente de lo que uno hiciera los domingos por la mañana.
Y hay que entender el contexto geográfico de esta filosofía vital: crecieron en entornos bastante alejados de cualquier centro poblado donde hubiese un cura disponible. Esto los libró, afortunadamente, de ciertos métodos pedagógicos tradicionales de la fe: esos entrañables lavados de cerebro que combinan, con notable eficacia didáctica, la amenaza del fuego eterno con la exigencia de creer a prepo, porque si no creías, te castigarían eternamente, lo cual es, hay que reconocerlo, un argumento teológico difícil de rebatir en términos de contundencia.
Así que nos criamos en ese ambiente peculiar. No éramos ateos, eso hubiera requerido una convicción filosófica que nadie tenía tiempo de elaborar entre las vacas y la cosecha, sino algo más interesante: una rara y fascinante mezcla de superstición y temor reverencial. Una especie de religión artesanal, sin intermediarios, sin dogma escrito y sin horario de misas. Una fe de andar por casa, literalmente.
Y como toda religión que se precie, la nuestra también tenía sus mandamientos. No muchos, pero los que había eran inviolables.
El más sagrado de todos: no comer carne el Viernes Santo.
Esto se cumplía con una devoción que hubiera emocionado a cualquier obispo. Sin discusión, sin debate, sin fisuras. En su lugar, el menú obligatorio era bacalao, bicho que detesto con toda la fuerza de mi ser, mi corazón y mi consciencia, y si pudiera añadir el alma, la añadiría, aunque no esté seguro de tener una, o, en su defecto, pescado en general, que para mi paladar representa exactamente la misma categoría de porquería, apenas con distintas escamas.
Llegó el día en que, movido por esa curiosidad que caracteriza a los niños y que los adultos encuentran tan encantadora hasta que empieza a ser incómoda, le pregunté a mi madre:
– Mamá, ¿por qué no se puede comer un asadito el Viernes Santo?
Mi madre, mujer práctica donde las hubiera, no apeló a la teología. No citó el Levítico. No mencionó la Pasión de Cristo ni el sacrificio redentor. Su respuesta fue directa, sincera y absolutamente aterradora:
– Si comés carne en Viernes Santo, Dios te castiga y te morís atragantado.
¡Ah, la maula! Recuerdo que pensé, con los ojos como platos. ¡El asunto es grave!
Y vaya si era grave. Porque ya no estábamos hablando de pecado abstracto ni de culpa difusa ni de purgatorio eventual. No. Estábamos hablando de muerte inmediata, específica y bastante dramática: un pedazo de carne atravesado en la garganta, ante la mirada impasible de un Dios que, aparentemente, en ese día en particular, no andaba para bromas gastronómicas.
La elección, presentada así, era cristalina: ¿bacalao hediondo o muerte por asfixia? El razonamiento se resolvía solo.
Y así, año tras año, contra mi voluntad y contra las protestas de mi estómago, tragaba el dichoso bacalao. Con estoicismo. Con resignación. Con ese particular heroísmo silencioso del que sabe que está sacrificándose por algo más grande que él, en este caso, por seguir respirando. Prefería vomitar un rato, que era la reacción más probable ante semejante manjar, antes que morir con un churrasquito atravesado en la garganta. Al menos el vómito tiene solución. La muerte, según me habían informado, no tanto.
Durante varios años me persiguió ese temor con fidelidad casi admirable. Hasta que crecí, la razón fue ganando terreno y la evidencia empírica comenzó a acumularse: conocí gente que había comido carne el Viernes Santo y seguía viva, campante y sin señales de intervención divina en su sistema respiratorio. La falsedad del argumento se fue imponiendo sola, y hoy ese día como lo que me da la gana, con la tranquilidad del hombre libre y bien informado.
Pero debo reconocer, con toda la honestidad que me caracteriza, que el método evangelizador de mi madre fue un éxito rotundo. Sin formación teológica, sin Biblia, sin sotana y sin un solo sermón, logró que durante años yo observara el ayuno carnal del Viernes Santo con una disciplina que hubiera hecho llorar de emoción a cualquier sacerdote.
Porque, en el fondo, todos los grandes sistemas de creencias funcionan igual: no te convencen con la verdad. Te convencen con el miedo.
Mi madre simplemente fue más eficiente que la mayoría. Y más honesta, también.
