El hombre que no acepta que nadie le crea sus cuentos

Si no fuera trágico, sería material de comedia de primer nivel. De esas comedias oscuras, incómodas, donde uno ríe pero con un ojo llorando…

Escuchar al presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, declarar con genuina perplejidad que le «cuesta entender» por qué gestiones tan «exitosas» como las de Orsi y Bergara no cosechan más apoyo popular, es un ejercicio olímpico de autocontención: hay que morderse el labio, tensar el diafragma y recordarse que reírse de alguien en su propia cara no es de buena educación. Porque la pregunta no es retórica ni inocente. Es sincera. Y eso, precisamente, es lo que la hace cómica, pero al mismo tiempo aterradora.

¿Es posible que alguien haya repetido tanto un cuento que haya terminado visualizándolo como algo real? ¿Que la narrativa, contada suficientes veces en suficientes escenarios ante suficientes aplausos, se haya solidificado en la mente de su autor hasta volverse indistinguible de la realidad? Al parecer, sí. La ciencia tiene un nombre para eso. Varios, de hecho. Pero en política uruguaya lo llamamos simplemente gestión progresista.

¿En qué país vive este hombre?
No en el Uruguay donde el desempleo se mastica en las casas antes del mediodía. No en el Uruguay donde la inseguridad dejó de ser una estadística para convertirse en un ritual cotidiano: el vecino al que le entraron, el auto que ya no está, el comercio que bajó la persiana para siempre, el familiar que no llegó. No en el Uruguay donde la mugre acumulada en las veredas compite palmo a palmo con la acumulada en ciertos discursos. No en el Uruguay donde la educación, otrora orgullo nacional, lleva años en caída libre con la red recogida y los responsables mirando hacia arriba como si el problema viniera del cielo. No en el Uruguay donde las empresas cierran con una regularidad que ya casi resulta festiva, despidiendo compatriotas a un ritmo que ningún plan quinquenal se digna a mencionar.

No. Pereira vive en otro Uruguay. Uno paralelo, construido con titulares favorables, datos seleccionados con pinza, y el calor reconfortante de una tribuna que aplaude antes de que termine la frase.

El problema, y aquí está la médula trágica del asunto, no es que le mienta a los demás. Eso sería casi comprensible: la política tiene sus liturgias y sus mentiras piadosas, como en el matrimonio y en las relaciones en general. El problema real, el genuinamente preocupante, es que se tragó su propia pastilla. Entera. Sin agua. Y con satisfacción.
Porque una cosa es el político que fabrica el relato sabiendo que es relato, ese al menos conserva un hilo de lucidez, por delgado que sea, y otra muy distinta es el que ya no distingue entre fantasía y realidad, entre el discurso para la tribuna y el país de verdad, entre lo que dicen las encuestas internas y lo que dice la gente cuando nadie la está filmando.

Pereira pertenece, con mérito propio, a esta segunda categoría. La más peligrosa. La más cómica. La más difícil de corregir, porque para corregir un error primero hay que verlo, y él tiene una capacidad oftalmológica absolutamente selectiva: miopía quirúrgica para todo lo que su espacio político hace mal, visión de águila para cualquier tropiezo ajeno, por menor que sea.

Por supuesto, se entiende el fenómeno en su hábitat natural.
Cuando uno se sube a un escenario ante la barra, la hinchada, los aplaudidores profesionales, los fanáticos de esa fe ciega y descerebrada que no necesita milagros porque ya tiene consignas, uno puede vomitar toda la verborragia que guste y el eco que vuelve siempre es el mismo: ¡Excelente. genial!. En ese ecosistema cerrado, la retroalimentación es perfecta y perfectamente inútil. El cardumen gira, se aglutina, se compacta alrededor del discurso ilusorio como peces alrededor de un anzuelo que han decidido colectivamente que no existe.

Pero el cardumen no es el país. Nunca lo fue.
El país es otro animal, más raro, más silencioso, más difícil de convocar a un acto un martes a la tarde. Es el que trabaja y paga. El que sostiene este andamiaje destartalado con las manos y con los impuestos y con una resiliencia que ya empieza a parecerse peligrosamente al agotamiento. Ese país no va a los escenarios, no aplaude, no canta. Ese país llega a fin de mes haciendo malabarismos con cuentas que no cierran, llena el tanque de nafta y hace una mueca, lee la factura de UTE con la misma expresión con que se lee un diagnóstico médico difícil.
Ese país sabe, con la certeza que da el cuerpo y no la militancia, que las frases pulidas y repetidas hasta el desgaste por un especialista en ver flores donde hay escombros, no son serias. Y mucho menos creíbles.

Entonces, el cuadro final es este: un hombre que domina un guión como pocos, que ante cualquier pregunta, la que sea, sobre el tema que sea, te responde según ese guión mental impermeable, blindado contra la evidencia, alérgico a la ecuanimidad, que choca contra la realidad cotidiana con el estruendo de un portazo en una casa de madrugada.

Y ese hombre se queja, con cara de no entender nada, de que la gente no les crea.
Que el electorado no reconozca los «éxitos». Que los datos no convenzan. Que la narrativa tan cuidadosamente construida, tan militantemente sostenida, se estrelle una y otra vez contra la experiencia de la gente como ola contra el muro de contención.
No lo entiende. Le cuesta entenderlo.

Y ahí está, señoras y señores, la joya de la corona, el remate del chiste, el broche trágico de toda esta función: que el mayor especialista uruguayo en no ver lo que no quiere ver, se sorprenda de que los demás sí lo vean.
Si no fuera tan costoso, en empleos, en seguridad, en futuro, en dignidad, sería para sentarse a reírnos un buen rato. 
Pero como es costoso, como lo pagamos todos y de manera muy concreta, nos queda apenas eso: la risa amarga, filosa, de quien entiende el chiste pero preferiría no haberlo entendido.

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