Hay algo admirable en los gobiernos modernos. No importa lo que hagan, siempre encuentran la forma de que parezca una buena noticia. Si bajan, porque bajan. Si suben, porque podrían haber subido más. Y si hacen las dos cosas al mismo tiempo, mejor todavía.
Hace muy pocos días tuvimos una demostración de alta escuela. El ministro explicó que, en condiciones normales, la nafta debería subir 35%, el gasoil 60% y el gas 33%. Pero gracias a la famosa banda de ajuste, el aumento fue solo del 7%. Es decir, nos aumentaron el combustible y, además, nos hicieron sentir razonables por aceptarlo.
No es fácil. Hay que lograr que la gente sienta alivio mientras paga más. Es un equilibrio delicado, casi artístico. Como cuando uno va al médico, le dicen que podría tener algo peor, y sale contento con el diagnóstico.
Ahora bien, es cierto que el mundo ayudó. La guerra, el petróleo arriba de los 110 dólares, el Estrecho de Ormuz complicado. Todo eso pasó. Todo eso es real. Pero también es real que, antes de que el mundo se incendiara, durante meses el combustible en Uruguay estuvo cómodamente por encima del precio de paridad de importación.
Porque hubo un momento en que se cobró de más. Ochenta y ocho millones de dólares.
Y hubo otro momento, más reciente, en el que ese colchón no alcanzó para evitar el aumento. Lo cual demuestra que en economía, como en la vida, el pasado siempre está mal administrado.
Es decir, cuando el petróleo bajaba, nosotros pagábamos como si estuviera subiendo. Y ahora que sube, pagamos como si tuviéramos que agradecer que no sube más. Es un sistema muy sofisticado donde el precio siempre llega primero.
Un sistema donde el precio nunca llega tarde, pero siempre llega mal.
Mi amigo siempre dice que esto se parece mucho a una relación de pareja donde uno siempre está en falta. Si hace poco, porque hace poco. Si hace mucho, porque hace demasiado. El problema nunca es lo que hace, sino el momento en que lo hace.
Pero hay un detalle que roza lo poético. El gobierno bajó el precio del combustible un día antes de que el mundo se complicara en serio. Firmó el decreto un 27 de febrero, lo puso en marcha y al día siguiente el petróleo decidió subir.
Porque si uno lo piensa, también podría haber pasado al revés. Podrían haber esperado un día. O dos. O leer los diarios del fin de semana. Pero eso habría sido demasiado lineal. Y este es un sistema que funciona mejor cuando introduce pequeñas sorpresas. Y como decreto con decreto se mata, podrían haber trabajado ese fin de semana, solucionar el tema, y no jugar en un subibaja.
Mientras tanto, la región sube precios, los vecinos ajustan y Uruguay queda en esa posición tan particular donde siempre está entre los más caros, pero nunca entre los más preocupados.
Incluso aparece un efecto colateral interesante: el gasoil, ahora relativamente más barato, puede atraer a consumidores de otros países. Es decir, protegimos tanto el precio que ahora hay que protegerlo de los que vienen a aprovecharlo.
Un éxito que requiere vigilancia.
La nafta, en cambio, sigue siendo de las más caras de la región. Con guerra, sin guerra, con banda o sin banda. Una estabilidad que, hay que reconocer, también tiene su valor.
Al final, lo más impresionante no es el aumento. Es la forma.
Durante meses se cobró de más en silencio. Después se bajó un poco, muy poco, poquísimo. Y cuando llegó el momento de subir, se explicó que en realidad era una buena noticia.
Un 7% que no es un aumento. Es un alivio mal entendido.
Y ahí está el verdadero mérito. No en el número, sino en la narrativa.
Porque lograr que alguien pague más y sienta que salió ganando no es política económica.
Es magia.
Hasta la próxima, si es que hay…
