Venezuela en su laberinto

 

“No hay ley de la historia que asegure el progreso: el siglo XX ha proporcionado demasiados ejemplos de que en cualquier momento podemos regresar a la barbarie” Hanna Arend (La condición humana)

“Cuando el mundo entero esté globalizado, se podrá prender fuego a todo con una sola cerilla” René Girard

 

Escribir una columna sobre hechos en pleno desarrollo, que cambian día a día y hora tras hora, entraña no poco riesgo: el de no contar con toda la información cierta -con mucha más razón cuando esos hechos contienen una guerra informativa- y evaluar con la pasión del momento que es enemiga de la objetividad.

Prevenidos de ello, trataremos en esta jornada, llena de ominosas amenazas, de situar las cosas en su justo lugar en un momento en el que, este columnista, siente que se está escribiendo la historia de, quizás, el próximo cuarto de siglo. Y no solamente la del sufrido pueblo venezolano, el de dentro -dos tercios- y el de la diáspora -el otro tercio- sino de la buena parte de la Iberoamérica.

Una manera de acallar el ruido de las cacerolas que bajan de los cerros en Caracas, y el de los disparos a bocajarro de las milicias paramilitares, es preguntarse ¿cómo llegamos aquí?

Un poco del pasado que sigue presente

 

“Afirmar que en supuesto “sentido de la historia” -siempre político-militar- se cumplen designios providenciales, es una “blasfemia cabal” porque no la escribió Dios, sino los historiadores bajo el arbitrio de generales y tiranos” Karl Popper (La sociedad abierta)

 

Si nos internamos en el pasado venezolano por el camino largo, tal vez deberíamos retroceder hasta lo que podría considerarse el nacimiento de la llamada 4ª República, con la caída de la Dictadura de Pérez Jiménez en 1958, porque desde entonces y hasta la progresiva deriva totalitaria del chavismo primero, y del “madurismo” hasta hoy, Venezuela había sido una mosca blanca en este territorio de golpes y contragolpes, fraudes y crímenes.

Sin embargo, una historia más corta nos podría situar en febrero de 1992, cuando el entonces coronel Hugo Chávez encabezó su intentona golpista contra el presidente constitucional de entonces, Carlos Andrés Pérez.

De ese fallido golpe, la retórica victimista del golpista y el desprestigio de la satanizada “cuarta república”, emergió el liderazgo de quien, tras poco más de dos años después sería indultado por el entonces presidente Rafael Caldera, y tras ello, se “santificara” democráticamente ganando las elecciones de 1998.

La siguiente etapa, las bautismales de lo que luego sería “el chavismo”, tiempo de legitimidad de origen y dudosa legitimidad de ejercicio, podríamos fijarla entre 1998 y 2013, fecha en la cual la muerte se adelantó a los planes del “Comandante Eterno”.

Cuando la muerte cambia los planes

“Algunas veces los hechos se convierten en serios enemigos de la verdad” Amos Oz

 

Si existe un punto de quiebre que explique, en parte, el hoy, se debería situar en el período que va desde octubre de 2012 (fecha en la cual Chavez -ya notoriamente enfermo- obtiene un nuevo mandato) y abril de 2013, en la que -tras meses de aparente sobrevida en Cuba- fallece Chávez y hace su entrada, haciéndole fintas a su propia Constitución, el que esta noche reparte palos y catilinarias desde Miraflores, el francotirador del Puente Llaguno, hijo putativo de Fidel Castro: Nicolás Maduro Moros.

Si su mentor, Hugo Chávez tuvo una indudable legitimidad de origen, que luego se encargó de hipotecar progresivamente en su avasallante “revolución bolivariana”, lo de Maduro fue, desde el principio, de una más que dudosa legitimidad original -que bien podría catalogarse de más que probable ilegitimidad desde el origen, cuando en aquella recordada noche se produjo un largo apagón, y el candidato Capriles pasó de presunto ganador a reconocer su derrota, frente a la “tendencia irreversible” anunciada por la nunca bien ponderada Tibisay Lucena- a una incontrovertible falta de legitimidad de ejercicio.

Desde entonces, como en el tango, el régimen –cada vez más régimen y menos gobiernoha ido cuesta abajo en la rodada. Nada le ha faltado en el listado de verificación del Manual del Buen Tirano: presos políticos, represión, torturas, muertes y desapariciones, tráfico, proscripciones, amaños, asambleas paralelas, exiliados a granel, y un triste récord de 8 millones de emigrados.

Ese Manual estaría incompleto si no se diera una mirada a la interna del régimen. Allí también nada faltó. Cooptadas todas las fuerzas armadas, con la progresiva organización de su propia milicia paramilitar, la Justicia copada desde la cúpula hasta el más insignificante juez, la administración sometida a control político de corte estalinista y una Asamblea mera escribanía del Poder, el otrora conductor de buses, se hizo de todo el poder, absoluto. A lo sumo, comprado con cesiones de parcelas de los múltiples negocios con sus ávidos socios -y compinches- de fuera de fronteras.

Tal como Chávez, en la cima de su delirio de profeta tercermundista se veía en una Revolución Eterna, el temerario Maduro afirmaba urbi et orbi que en la Venezuela del Chavismo “más nunca gobernaría la derecha”. Para ello, cada año, cada mes, apretaba un poco más las clavijas de los posibles desafiantes a su poder.

Cercado, aislado, con la firma prohibida y con su cabeza puesta a precio, se ingenió hasta hoy mismo, para sobrevivir.

Había enterrado a los Capriles, exiliado a los López y Ledezma, anulado al efímero “presidente” Guaidó, ninguna nube se le presentaba en el horizonte, salvo las de su propia pocilga.

Sorpresas te da la vida

 

Hasta que apareció en su radar, alguien que nunca se había ido, ni menos callado: María Corina Machado. Habían pasado dos décadas desde que esa aguerrida diputada, en una Asamblea anestesiada por la homilía de ocho horas ininterrumpida del Pastor Chávez, cuando ni siquiera la sombra se animaba a moverse sin su orden, ella se levantó y le enrostró en su misma cara el largo rosario de atropellos que, ya entonces, venía cometiendo el buen salvaje de Sabaneta. Había que tener dos pares de cojones bien puestos para dirigirle la palabra siquiera. Cuanto más para enfrentarlo.

 

Esa María Corina Machado, tantas veces criticada desde las propias filas de una oposición, errática por decir lo menos, venal en tantos otros, apaciguadores las más de las veces, que le enrostraba su talante confrontativo y firme, implacable en la reivindicación del derecho a la disidencia y el reclamo del respeto de los derechos conculcados, salió de atrás de los palos para decirle al tirano, aquí estoy yo, y os voy a enfrentar munida de una sola arma, la verdad.

Acorralado por las sanciones, aislado más allá de su círculo de amigovios de Irán, Rusia y China, el tirano necesitaba hacer como que estaba dispuesto a recorrer un calendario electoral en el que pondría -cómo no- en juego la presidencia.

El Tirano se compromete a jugar limpio…

 

Tras unos infames acuerdos suscritos en Barbados, en los que, promesa de juego limpio mediante, obtuvo el levantamiento de algunas de las sanciones que le asfixiaban, cuando se puso en marcha rumbo a esas “elecciones”, no tardó en encomendar a sus poderes, la proscripción de la ganadora, por paliza, de las elecciones internas de la oposición.

Creyó el tirano, no sin cierta lógica, que, muerto el perro, o por lo menos atado, se terminaba la rabia. Se equivocó, el chófer.

Tras años de incansable recorrida por todo el país, Machado había olfateado que había aires de cambio, que el hastío era consumado hartazgo, y la desazón de la miseria y abandono, se trocaba en rabia activa, capaz de mover montañas, a poco que se le encendiera una luz de esperanza a ese pueblo rebelde que había sido adormecido por décadas de propaganda populista.

Impedida su candidatura, lejos de amilanarse, reagrupó fuerzas y propuso a una venerable profesora como candidata de alternativa, aferrada a su mantra que es ahora, y es hasta el final.

Volvió el régimen a mostrar músculo y poder en su tarea de eliminar toda oposición, y también la profesora vio vetada su participación.

Pero de nuevo se equivocaba el tirano. Machado iba hasta el final, así que propuso al exembajador Edmundo González, un septuagenario intachable -aunque para el chavismo tal cosa no existe- a quien, por fin, se vieron obligados a aceptar.

Una noche eterna en torno a la olla del pucherazo

“Cuando la verdadera voluntad del pueblo, es decir la expresada en las urnas y plasmada en las leyes, se violenta de manera impune, los votos terminan dejando paso a las armas” Luis del Pino (La dictadura infinita)

 

 

Estamos ahora en posición de situarnos en esta noche, dos días después de las elecciones, ya consumado el fraude electoral más grande, más grosero que este columnista recuerde de sus seis décadas de vida, y donde está ocurriendo el “río de sangre” prometido por el tirano en respuesta a la absurda negativa de la oposición a aceptar tal fraude.

Como se ha podido verificar en la página que el Comando de Campaña de la oposición ha puesto a disposición del pueblo venezolano, con una votación récord a pesar de los múltiples artilugios implementados por el régimen para evitarlo, el candidato opositor se impone al tirano en una proporción de 75% a 20% con una ventaja de más de 3 millones de votos.

No sabemos si porque el déspota permanecía ensoberbecido en su mística auto percibida de invencibilidad, o porque el entorno de vasallos le hizo creer lo que no era, el tirano se equivocó de medio a medio con lo que podía pasar el domingo.

Dueño de todos los resortes del poder, tanto le daba si ganaba, si por mucho o poco, que ganar iba a ganar y ya se encargaría él de dictarle a su Consejo Electoral por cuánto había ganado.

 

El rancio chavismo y su vieja máquina de fraudes

 

Volvió a confiar en la batería de malas artes tantas veces practicada, con el amedrentamiento de votantes en los puestos de votación, en la manipulación de las actas y las mesas, en los cierres prematuros o la apertura tardía, todo lo que siempre hicieron con tan buen resultado. Solo que esta vez, algo no funcionó.

Lo que no funcionó, es lo que sí le funcionó a la oposición: canalizar el descontento convertido en rabia, y en encender la ilusión popular de que esta vez sí era posible. Y la gente produjo un diluvio de votos. Tantos y tan aparatoso resultó ser que, con menos del 40% de las actas en poder del Comando opositor, en medio del más profundo mutismo oficialista, Machado y su gente sabía ya que estaban ante un triunfo arrollador, quizás, como nunca antes se había producido y que ni siquiera imaginaba el tirano y su Corte.

La soberbia conduce al error, siempre

 

Con el tirano en crisis, encerrado en su negación de la realidad, de vuelta se equivocó cuando ordenó a su Consejo Electoral que secuestrara urnas, actas y resultados, hasta que fuera posible anunciar su triunfo. Cuando creyó que era el momento, dispuso ganar con el 51.20% contra el 44.20% que, generosamente, se allanó a reconocerle al bueno de Edmundo.

Otra vez se equivocó la paloma. MCM demostró su talante firme y sereno, su talento de estratega y su expertise de ingeniera, y cuando nadie se lo pensaba, logró reunir un 70% de las actas recolectadas por sus delegados, cuya sumatoria les daba un triunfo tan grande que, aún cuando quisieran adjudicarle al tirano el total de los restantes votos, no podría ganar. La presentación de esos, los verdaderos resultados, a pesar del secuestro de Actas por el CNE y su cerrada negativa a proporcionar prueba alguna del 51,20, así como de un inatacable sitio web donde la oposición le pone a los electores, y al mundo todo, a disposición los resultados mesa por mesa, acta por acta, voto por voto, escaneados en resolución HD y cada uno de ellos con su propio URL, fue una granada de fragmentación.

Todo ello mostró varias cosas. Que esta vez iban en serio, que se había planificado cada escenario al detalle y se había desarrollado cada uno de los instrumentos necesarios para enfrentar lo que, por experiencia, sabían que iba a suceder: Maduro ordenaría el fraude y se proclamaría presidente. Pero no contaba con que tras su fantochada, pretendiendo sostener un pucherazo cuando su votación no llegaba a la mitad del opositor, se haría insostenible.

Jaque. Que podría ser mate.

 

El Tirano siendo tirano, y un poco más

 

“Un hombre que corre hacia un fusil o se aleja de él, no tiene tiempo de preguntarse si la palabra que sirve para designar lo que hace es valor o cobardía” William Faulkner (Luz de agosto)

 

Que semejante bárbaro, tras su barricada de soberbia y arrogancia, fuera a reconocer una derrota a nadie en su sano juicio se le podía ocurrir. Lo más probable es que sucediera lo que está desarrollándose ahora mismo, y que es historia viva.

Había prometido “un río de sangre” si no ganaba, y ahora que la derecha terrorista y fascista amenazaba con su garantía de paz, tendría que cumplir con la promesa. Una huida hacia delante en toda regla.

Contando con la complicidad de sus acólitos de siempre de fuera de fronteras, Cuba, Nicaragua, Bolivia, la invariable fidelidad perruna del Frente Amplio de Uruguay y el sepulcral silencio de Brasil, Colombia y México, más la demencia de la Casa Blanca, el sátrapa se dedicó a amenazar a todo lo que se moviera, desde embajadas insumisas hasta desarmados civiles en las calles.

Desde entonces las imágenes de pesadilla se repiten, como en un déja vu del 2014, y vemos nuevamente a los “colectivos” encapuchados practicando el tiro al pato y a las valientes tanquetas arramblando contra los terroristas de infantería armados con piedras. Una intifada, pero desde el poder.

Y, aunque se mantenga hasta ahora mismo, en su (por así decirlo) versión del “triunfo electoral” y pretenda instalar la versión de un “golpe de estado” de calle, algunas señales desde el exterior -donde cretinos útiles generosamente rentados sobran- parecen acudir en su auxilio, con lo cual redobla la apuesta y va por la cabeza, se me ocurre que literalmente, de María Corina Machado y del propio presidente electo Edmundo González. Cárcel por lo menos. Ya la ordenó, y el Fiscal encontró méritos rápidamente.

Lo que vendrá después, sólo las profundidades del Helicoide podrán decirlo.

A María Corina Machado se le ha ofrecido, ante la amenaza real y cierta de peligro inminente de atentar contra su libertad e integridad física, asilo político. Tal ofrecimiento ha sido agradecido pero rechazado de plano, firme en su convicción que tiene un mandato claro de un pueblo decidido a sacudirse a la tiranía de encima, y que ella va hasta el final tal como lo ha prometido.

Las horas próximas dirán si ella, y su valiente presidente electo Edmundo González, pasarán a la historia -que lo harán, seguro- como salvadores, como héroes o como mártires, que las tierras de la libertad desde siempre han sido abonadas por la sangre de sus valientes.

Un final abierto, que quizás ni siquiera sea final

 

Al cierre de la nota, el Centro Carter, el casi único organismo con visos de independiente y con indudable peso en los gobiernos de la región, incluso las satrapías del FSP, ha emitido un lapidario informe descartando el más mínimo viso de legitimidad del acto eleccionario, sus resultados presuntos, su proceso previo y su peor deriva posterior. Tal cosa, no menor, que configura una baza importante en el platillo del pueblo venezolano y su legítimo liderazgo personificado en María Corina Machado, podría abrir una esperanza de que el fraude no llegue a consumarse.

Si aun así, la tiranía sobrevive del modo que sea a esta fantochada, una cosa quedaría clara desde ya: bien podríamos estar asistiendo a las horas terminales de las democracias -y de la democracia como concepto, con el voto popular como principio rector- en América Latina, porque desde aquí en adelante un fraude menor, a lo Evo Morales digamos, será cosa de poca monta.

Tan grave es, que uno podría plantearse si en ese oscuro futuro, las elecciones mismas tendrían algún sentido.

La historia se seguirá escribiendo. Ahora mismo.

 

 

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