Escribe Silvana Giachero
Lic en psicología , psicóloga social , perito forense investigadora y escritora
La muerte de una figura pública suele abrir espacio para balances históricos, homenajes y también silencios incómodos. En el caso de José Mujica, ex presidente de Uruguay, esa tendencia se ha manifestado con particular fuerza: una ola de reconocimiento, llanto y exaltación lo despide como a un sabio humilde, un “héroe del pueblo” y hasta como ejemplo moral para el mundo. Sin embargo, ¿cómo se explica psicológicamente esta adoración masiva hacia alguien cuyo pasado incluye participación directa en delitos graves, incluyendo secuestros, robos y acciones armadas?
La respuesta no está solo en la política, sino también en el funcionamiento psíquico individual y colectivo. Existen varios mecanismos que ayudan a entender este fenómeno.
Idealización como defensa frente a la complejidad
La idealización es un proceso psíquico que consiste en atribuir cualidades exageradamente positivas a una persona, negando o minimizando sus aspectos negativos. Este mecanismo opera especialmente en contextos donde se necesita encontrar referentes simbólicos de bondad, coherencia o liderazgo moral. Mujica, con su estilo de vida austero, su lenguaje sencillo y su rechazo al lujo, encarnó para muchos esa figura del “buen anciano sabio”, lo que facilitó que se lo colocara en un pedestal y se invisibilizara gran parte de su pasado violento.
La necesidad de héroes y relatos simples
Las sociedades, especialmente en momentos de crisis o desencanto político, tienden a buscar figuras redentoras. El ser humano tiene una necesidad profunda de creer en alguien que encarne el bien, lo puro, lo correcto. Mujica fue hábil en construir esa narrativa de sí mismo: un guerrillero arrepentido, transformado en líder ético, portavoz de la sencillez. Esta construcción opera como un mito reparador, una suerte de consuelo colectivo frente a la complejidad y la decepción de la realidad política.
El efecto halo y la lógica emocional
El llamado efecto halo es un sesgo cognitivo que consiste en extrapolar una característica positiva de una persona (por ejemplo, su humildad aparente) al resto de sus dimensiones, incluyendo la moral. Así, se termina concluyendo que alguien que vive modestamente debe ser necesariamente bueno, justo y honesto. Esta ilusión cognitiva impide el juicio crítico y favorece una lectura emocional de la figura pública, más basada en impresiones que en hechos contrastables.
La disonancia cognitiva como refugio
Aceptar que alguien a quien se admira participó de crímenes o defendió ideologías totalitarias genera malestar psíquico. Esa tensión se conoce como disonancia cognitiva. Para resolverla, muchas personas relativizan los hechos (“era otro contexto”), los justifican (“fue por una causa noble”) o directamente los niegan. Este mecanismo permite sostener la imagen idealizada sin sentir culpa o contradicción.
Reescritura simbólica de la historia
Desde la psicología social y la memoria colectiva, también se puede observar cómo ciertos sectores resignifican el pasado, construyendo una narrativa que convierte al victimario en víctima o al criminal en mártir. En el caso del ex presidente uruguayo, se ha generado una especie de borrado simbólico del dolor causado por las acciones del MLN-Tupamaros y se lo ha reposicionado como referente ético. Esa resignificación opera como anestesia social: protege de la incomodidad moral, pero impide el aprendizaje histórico.
Conclusión
No se trata de juzgar la vida de una persona solo por sus errores ni de negar la posibilidad de transformación. Pero tampoco se puede construir la memoria histórica sobre mitos funcionales o narrativas dulcificadas. Desde la psicología, la adoración a figuras contradictorias revela más sobre las necesidades psíquicas de una sociedad que sobre las virtudes reales del homenajeado.
Y aunque su historia esté llena de claroscuros, que en paz descanse, como el ser humano que fue: complejo, contradictorio y parte de nuestra historia, nos guste o no.
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