YPF, o la maximización de una estafa

El alto costo de la corrupción, ahora un pago a cuenta milmillonario en dólares que deben abonar los argentinos

 

La reciente decisión de la Jueza Preska del distrito sur de NY ordenando al gobierno argentino entregar las acciones que posee de la petrolera YPF, como colateral del pago de la sentencia por el juicio por la expropiación de 2012 de la empresa, ha motivado una serie de comentarios, algunos muy procedentes y bastante completos, otros elogiando al sistema de justicia norteamericano como si en este caso hubiera actuado con procedimientos indiscutibles y ejemplares de total infalibilidad.

Prácticamente todas prefieren, vaya a saber por qué, concentrarse en los reclamos por no haber extendido la oferta de compra a todos los accionistas de la empresa en el momento de la expropiación, de acuerdo a lo establecido por los estatutos de la compañía, en lo que en principio tienen razón, pero que debería implicar que esas acciones se entregasen al gobierno argentino al recibir el valor determinado por la justicia americana, cosa que no ocurrirá, al no pertenecer las acciones en cuestión ya a la demandante sino a los prestamistas que ejecutaron su garantía. Rara pirueta jurídica. Difícil de explicar.

Un deliverado olvido del origen del problema: Eskenazi

Pero en estos comentarios de la prensa, más allá de lo acertado o no de cada uno, se está omitiendo, disimulando o restando importancia al paso previo a ese momento de estupidez (para ser indulgentes) del viceministro de Economía Kicillof y su mandante Cristina Kirchner, refrendado por los legisladores peronistas, kirchneristas, radicales y de la izquierda su santo nombre, en defensa inquebrantable de la soberanía.

Por eso, y sobre todo para que los uruguayos no se pierdan un capítulo importante del manual de la estafa perfecta, conviene repasar los comienzos del culebrón inventado durante el mandato feudal de Néstor Kirchner y luego prolongado y explotado, hasta exprimirlo, por su esposa ahora presa y títeres. De paso, también servirá volver atrás en la historia para que saquen sus conclusiones los exégetas locales de la política, que en su esfuerzo por entender el accionar de las mafias terminan, como Mario Puzo, por justificarlas, cuando no creando “Padrinos” afables y románticos donde hay ladrones y estafadores amparados por cegueras judiciales diversas.

La privatización de Menem fue clara e inobjetable

Se recordará que a principios de los 90 YPF vendió en la bolsa de NY el 51% de sus acciones a la española Repsol, reservándose el gobierno argentino la llamada “acción de oro” que le permitía controlar las decisiones estratégicas. Esa acción fue vendida luego por Menem en una de las renegociaciones de deuda o por lo menos con la excusa de ella.

Esa operación inicial fue legítima y el valor percibido por Argentina el adecuado; este periodista realizó y publicó en ese momento con un grupo de expertos un análisis previo de lo que podía esperarse como precio teórico de la acción y la diferencia entre ese cálculo y el precio real resultó de centavos.

Posteriormente la operatoria sufrió los clásicos vaivenes de la relación incestuosa que suelen tener en Argentina los entes de control y las empresas privatizadas, que nunca lo son del todo en el sistema nacional, como mínimo.

En el año 2007, la casa matriz de Repsol decidió desinvertir en ciertos países y concentrar sus inversiones en otros. Argentina fue uno de los elegidos para sufrir el destino desinversor. Esto no es un secreto, ya que está en las propias minutas y comunicaciones a todos los organismos de control.

No se pueden repatriar pérdidas

Había algunos serios problemas para hacerlo. No era tan simple vender la posición en Argentina, primero porque la compañía había perdido valor, para muchas estimaciones llegando a menos de 3.000 millones de dólares, y luego por las trabas que el sistema argentino ponía a la salida de divisas, entre ellas el obstáculo legal de la propia Ley de Sociedades argentina que prohibía girar dividendos (un mecanismo sí posible y aceptable en EEUU), sin que los mismos fueran líquidos y realizados.

Por otra parte, las ganancias eran magras o inexistentes, sin olvidar el hecho de que las petroleras en el mundo no giran dividendos por más del 2 o 3% de sus ganancias, ya que las empresas serias reinvierten en exploración y desarrollo buena parte de sus ganancias.

Es en ese momento, en 2008, que Repsol decide vender, en dos tramos para evitar incumplir los estatutos internos de YPF, el 25% de sus acciones a Enrique Eskenazi, ya inventado antes como banquero en Santa Cruz por su amigo el entonces gobernador Néstor Kirchner, ahora ampliando su expertise a petrolero.

Un milagro hispanoargentino

En un acto de generosidad sin parangón en la historia de los negocios mundiales, Repsol incluyó, dentro de esa venta, el control total de la empresa. Otro acto de generosidad que no mereció cuestionamientos de nadie, como corresponde. Los expertos que ahora abundan en opiniones y elogios al sistema de justicia americano no hicieron oír sus voces señeras cuando Repsol explicó a la mismísima SEC, supuestamente la monitora y censora de la conducta de las empresas cotizantes en Wall Street, que Eskenazi era un “experto en mercados regulados”, lo que le debería haber valido la inmediata fulminación del ente, en otra época, cuando la corrupción estaba aún mal vista en EEUU.

Y como colmo de los milagros económicos, ese golam que merecería llamarse Nestor K. Eskenazi logró que un grupo de Bancos de prestigio internacional y teóricamente prístina conducta y rigidez, supuestamente, y aun la propia vendedora Repsol, le otorgaran un préstamo para pagar el total de las acciones adquiridas que a su vez iba a ser satisfecho con dividendos que el nuevo comprador obtendría de sus acciones recién adquiridas, en el futuro. Un milagro bancario digno de Mary Poppins.

Dividendos sin ganancia previa, otro milagro

Desde ese momento, YPF, bajo la conducción del nuevo amo y con la anuencia del gobierno kirchnerista y la felicidad de Repsol, comenzó un plan de giro de dividendos desproporcionados por cualquier estándar, lo que llega hasta el despropósito de distribuir dividendos sin haber previamente obtenido utilidad alguna, algo que, de ocurrir hoy, habría merecido que el hacedor de semejante política recabara para sí el premio Nobel de Economía, mínimo.

De ese modo Repsol-YPF se descapitalizaba localmente, pero la casa matriz recibía de regreso una parte mayor que su inversión, como planeara, y Eskenazi pudo pagar parte de su deuda a los prestigiosos y rigurosos bancos internacionales. Todo eso con el silencio de los hoy expertos en derecho internacional.

Pero Néstor muere en 2010, desgraciadamente para él. Y en ese mismo momento comienza el calvario argentino que ahora pagará toda la sociedad. Trascendió, sin pruebas, ciertamente, que el máximo representante de la familia del presidente muerto se comunicó con el multitasking Eskenazi para pedirle la devolución del negocio del que sólo era la cara visible, pero la respuesta fue que sólo había recibido la ayuda presidencial, no que era un testaferro, con perdón del término.

La disputa fatídica por la herencia

El encono conventillesco que caracteriza a la familia feudal fermentó y mutó hasta 2012, momento en que se dispuso, con la complicidad multitudinaria borrega del Congreso con honrosas excepciones (Pro, Elisa Carrió), calificadas obviamente de antipatria por los esbirros de la corrupción, la expropiación del total de las acciones de Repsol, (51%) sin incluir las del grupo Petersen, el mascarón usado por Eskenazi (¿y Repsol?) para su magistral compra, ni la de los otros accionistas privados.

Se perpetra esa barbaridad y eso da como resultado casi inmediato el pago a Repsol de un valor mayor del doble al valor de mercado de la empresa, lo que según el experto en negociaciones confusas Kicillof “evitaba males mayores”. Repsol había logrado repatriar todo su capital, como había anunciado que era su propósito. Y rescatar sus propias pérdidas. 

 Además de la barbaridad de Kicillof, que decidió despreciar e incumplir alevosamente el estatuto de YPF – y como si se quisiera completar la venganza, el gobierno kirchnerista prohibió a su recién readquirida YPF girar ningún tipo de dividendos. Eso transforma a los dos grupos Petersen en morosos y da origen al juicio de quiebra en España que culmina con todo un minué jurídico al cabo del cual los bancos prestamistas y la propia Repsol se cobran quedándose con  las acciones dadas en garantía por Petersen-Eskenazi (que representan el 25% de YPF ) y Burford compra en un remate en el que paga 15 millones de dólares, el 70% del valor final del  juicio de Petersen-Eskenazi, y el 30% restante se reserva para acreedores que eventualmente puedan aparecer, quedando el remanente para el propio Eskenazi.

Una inversión intuitiva y brillante

Es decir que Burford está a un paso de transformar su modesta inversión de 15 millones en una sentencia favorable que le reportará el 70% de 18 mil millones de dólares, algo que todos los interesados y observadores están obligados a considerar una genial inversión totalmente transparente y legal. Otro milagro del capitalismo.

En ese juicio además, se perfecciona, luce y recicla la habilidad para perder juicios que es orgullo de los gobiernos nacionales. La defensa argentina cae en manos de profesionales y funcionarios empleados o ex empleados de Eskenazi, que omiten argüir un hecho esencial: toda la operación es fruto de un acto delictivo, lo que habría echado por tierra todo el juicio en NY.

Lijo, siempre Lijo, el prohombre jurista

Como si eso fuera poco, el juicio iniciado localmente por la rara y milagrosa operación de compra/regalo de Eskenazi, pasa a ser un durmiente más en el juzgado de Lijo, el ministro de la Corte in péctore de Milei, lo que impide un pronunciamiento aunque fuera provisorio sobre la naturaleza de la operación inicial, causa primera de la expropiación parcializada. Eso también habría invalidado el juicio en la corte de Preska. Milei también es experto en resurrección de impresentables.

El gobierno de Macri cambia la línea de defensa y los defensores y procuradores, y el juicio comienza a tomar un nuevo rumbo de mayor seriedad. Pero no le alcanza el tiempo y el gobierno de Fernández vuelve con los exservidores y profesionales contratados otrora por Eskenazi y de nuevo se desperdicia la oportunidad de alegar y litigar seriamente. Mágicamente, también ahora se designaron ex empleados del genial empresario en la procuración.

Esa es, a rasgos gruesos, la historia de esta estafa, que llega por ahora los 18 mil millones de dólares, tras los anatocismos que permite la justicia de EEUU y que tanto se han criticado en el fuero laboral argentino, hasta su derogación.

Todo parecido con una estafa en varios capítulos es pura coincidencia

Más allá de los tecnicismos y argumentos legales a los que se apele, ¿alguien puede sostener que hubo alguna seriedad en esta maniobra desde su mismo comienzo hasta hoy? ¿O es una maniobra sobre otra y sobre otra hasta llegar a este desenlace, una tragedia de nunca acabar en la que muchos fueron obteniendo su libra de carne a medida que iba evolucionando y que versaba sobre la no oferta de recompra por acciones que habían sido “vendidas” con ese raro procedimiento y que representaban menos de mil millones de dólares mensurados con todo optimismo?

Nadie pretende eludir las barbaridades cometidas por los gobernantes y profesionales del derecho argentino en estos 17 años. Al contrario. Deberían estar todos procesados si no condenados, en este y otros casos conexos, como es probable que termine ocurriendo. Pero el proceso merece un recorrido completo sobre su gestación y manejo en todos los estamentos y aún en la propia justicia y contralor accionario y financiero en Estados Unidos.

Será interesante escuchar las respuestas a este planteo.  Porque cuanto más se trate de explicar, más evidentes y reprochables serán los procederes y sus cánceres. La telaraña de corrupción argentina es otra web oscura, informal, una Dark Web, con un sistema más elaborado, complejo y secreto que el buscador Tor y que no tiene límites territoriales, como Internet.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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