Lic . Silvana Giachero – perito forense
Durante años nos han dicho que el patriarcado es un sistema de opresión diseñado por los hombres para dominar a las mujeres. Esta idea, instalada como verdad indiscutible en manuales escolares, espacios académicos y políticas públicas, convirtió la historia de la humanidad en un relato de víctimas y victimarios definidos por el sexo.
Sin embargo, nuevas investigaciones provenientes de la psicología evolutiva, la biología del comportamiento y la antropología cultural proponen una lectura completamente diferente. Según esta perspectiva, el llamado “patriarcado” no sería un producto de la malicia masculina, sino el resultado de estrategias adaptativas que ambos sexos desarrollaron para sobrevivir, reproducirse y formar sociedades estables.
Un reciente artículo del Instituto Mises propone una reinterpretación radical del patriarcado: lejos de ser una construcción social impuesta para dominar, sería una estructura adaptativa que emergió como respuesta a desafíos reproductivos, sociales y ecológicos. A través de estudios como los de David Buss (2019), Todd Shackelford, Baumeister y Twenge (2002), y la psicología del apego de Wood y Eagly (2002), se revela que muchos comportamientos que hoy se etiquetan como “tóxicos” fueron, en realidad, estrategias que facilitaron la supervivencia y el éxito de la especie.
Según este enfoque, rasgos como la competitividad masculina, la búsqueda de estatus o la tolerancia al riesgo no fueron mecanismos de opresión, sino respuestas evolutivas a contextos donde la provisión de recursos, la defensa del grupo y la protección de la familia eran vitales. Del mismo modo, las tendencias femeninas hacia el cuidado, la cooperación y la búsqueda de estabilidad emocional habrían evolucionado como estrategias esenciales para la crianza y la cohesión social.
Lejos de negar las desigualdades históricas, este enfoque invita a entenderlas en su contexto y complejidad. No todas las diferencias entre hombres y mujeres son impuestas ni arbitrarias; muchas tienen raíces biológicas profundas, moldeadas por millones de años de evolución.
La paradoja es inquietante: algunos de los rasgos que hoy se denuncian como “masculinidad tóxica” —como la agresión controlada, la ambición o el liderazgo competitivo— fueron, en gran medida, seleccionados a lo largo del tiempo por las propias preferencias femeninas. Es decir, muchas de las conductas que hoy se condenan como patriarcales no surgieron para dominar a las mujeres, sino para atraerlas.
Repensar el patriarcado desde una mirada evolutiva no es justificar abusos, sino abandonar relatos simplistas que reducen las relaciones humanas a luchas de poder unidireccionales. No existe progreso real si negamos la biología o si pretendemos reescribir la historia para encajarla en agendas ideológicas.
Me produce una mezcla de vergüenza ajena y preocupación profesional ver colegas repitiendo sin cuestionar el concepto de “masculinidad tóxica”, un invento ideológico sin base clínica, solo para quedar bien con la manada o ganar aplausos en entornos políticamente correctos. Cuando quienes deberían sostener la ciencia se pliegan a eslóganes para no incomodar, dejan de ser profesionales y se convierten en propagandistas con título.
Tal vez el verdadero avance sea comprender que hombres y mujeres no fueron enemigos, sino aliados en la compleja tarea de sobrevivir, criar y construir civilizaciones. Y que las diferencias no deben ser motivo de vergüenza, sino de entendimiento.
“La ideología de género construyó un villano perfecto: el patriarcado. Lástima que la evolución no leyó el guion.”
