Cinco veces dijo "menos burocracia". Ese día se aprobó más Estado, más impuestos y más deuda.

Los conjuros de Orsi

Organizar estructuras no alivia sufrimiento
El 9 de diciembre de 2025, el presidente Yamandú Orsi habló durante cincuenta minutos ante empresarios en el almuerzo de ADM. Enumeró sesenta y tres prioridades. Prometió coordinación, competitividad, simplificación. Nadie preguntó qué contexto estamos cultivando para que el resultado sea que uno de cada cuatro jóvenes no encuentra trabajo ni por qué Uruguay lidera el consumo de cocaína en América Latina; ambos puntos con alto impacto en la competitividad estructural empresarial anticipatoria de un país. El almuerzo terminó con aplausos. Urbanidad obliga.


Orsi comenzó declarándose «torpe» y «auténtico». No fue humildad espontánea. Fue táctica: criticarse primero para que no lo critiquen después. Si él ya dijo que es torpe, cuando alguien lo señale puede responder «ya lo reconocí»… no es torpeza, es no saber hacer. Y si se proclama auténtico, cualquier cuestionamiento deja de ser sobre sus políticas y pasa a ser un ataque personal. Es lenguaje que habla de sí mismo para no tener que hablar del mundo.
Entre otros temas, mencionó la salud mental. Prometió «rectoría firme» desde el Ministerio de Salud Pública. Habló de «articulación» y «sistema integrado». Pero «rectoría» es una distinción administrativa, no clínica. Los dieciséis suicidios semanales no necesitan rectoría—necesitan especialistas que SEPAN TRANSFORMAR y creen condiciones que hagan posible ese cambio.


Hay un momento revelador en el discurso dijo: «menos burocracia» cinco veces. «Menos burocracia, más coordinación». «Menos burocracia, más competitividad». «Un trámite que se simplifica». «Simplificamos procesos». «Elimina trámites redundantes». Cinco menciones. Pero en el mismo discurso anunció la creación de cuatro nuevas estructuras:

1) la Secretaría Nacional de Becas, 2) Uruguay Innova (para innovar hay que generar contextos que lo hagan posible), 3) el Sistema Integral de Lucha contra el Crimen Organizado, 4) la Comisión SEIAR (Sistema Estatal de Inteligencia Artificial y Robótica). Cero organismos eliminados. Cero procedimientos específicos nombrados. Cero feudos burocráticos que pierdan poder. La repetición sin acción coordinada es conjuro, no operatoria.
La contradicción se vuelve material ese mismo día. Mientras Orsi pronunciaba su discurso, el Parlamento aprobaba el Presupuesto Nacional 2025-2029. Los números cuentan otra historia: aumento del gasto público del 10% real—el doble del período anterior. Cuatro nuevos impuestos que recaudarán 600 millones de dólares anuales. Trayectoria de deuda que pasa del 53% al 63% del PIB. Mil quinientos nuevos cargos en el Ministerio del Interior. Tres nuevas secretarías en Presidencia. El presupuesto votó 50 a favor—Frente Amplio más Cabildo Abierto—mientras el Partido Nacional se abstuvo.

«Menos burocracia» en el discurso. Más Estado en los hechos

El lenguaje dice una cosa; la acción coordina otra. El lenguaje suele ser un gran distractor ya sea porque a veces queda corto ante lo que sucede ya sea porque distrae de los hechos. Para ahorrarse tiempo y disgustos debemos mirar los hechos que hablan solos.


El utiliza una vez más la metáfora de las «lanchas torpederas»—equipos ágiles que pueden avanzar sin esperar al buque insignia. Es imagen seductora. Pero las lanchas torpederas, en su discurso, navegan alrededor de los archipiélagos de poder sin tocarlos. Ninguna lancha torpedera va a desmantelar los feudos que el documento «El Uruguay que no se dice» llama «república de las chacras»—esos territorios protegidos donde cada cual defiende su parcela de poder, parcelas que se siguen ampliando en un sentido y oprimiendo en otro. Las lanchas torpederas hacen ruido de modernización mientras el mapa del poder se amplía.

Se sale del sufrimiento cambiando la conversación, entre otras variables. El discurso de Orsi no cambia ninguna conversación. Reproduce las mismas distinciones, los mismos silencios, las mismas exclusiones. Ese lenguaje es de conservación, no de transformación. Es el gris uruguayo hablándose a sí mismo—esa «normalidad asfixiante» que expulsa la diferencia mientras proclama tolerancia que trae a la mano la venganza escondida.


El respeto no se exige—se gana, los temas no se dan por concluidos, es la ciudadanía la que decide cuándo los temas se concluyen o no. La investidura no obliga deferencia—obliga explicaciones. El presidente es funcionario público, servidor de ciudadanos que pagan su sueldo y merecen respuestas. El país no votó por cinco años de explicaciones sobre la herencia recibida. Votó por alguien que supiera qué hacer con ella. Gobernar es superar obstáculos, no narrarlos. Y el lenguaje, cuando no coordina acciones que aporten valor, es apenas ruido organizado acompañado de recitales pan & circo—conjuro que tranquiliza a quienes no profundizan mientras los ausentes siguen muriendo en silencio.

«Hacerse cargo» no son palabras menores es asumir la responsabilidad directa de sus acciones. Hacerse cargo es la demostración de un saber hacer que se mide en resultados concretos, no en promesas. Un pueblo que espera acciones de cambio, ahorro, mejora de la gestión pública, contextos de crecimiento y expansión, no necesita más relatos—necesita que no le mientan sobre las estadísticas y realidades que todos percibimos. En unas horas María Corina Machado recibirá el Premio Nobel de la Paz. Quiero recordarla, al tiempo de felicitarla por su coraje y valentía, cuando todos se reían de ella y cuando le dijo al entonces Chávez: «Usted miente sobre las estadísticas y el pueblo vive otra cosa». Que esto no suceda en Uruguay. ACÁ NO.

La desaprobación presidencial no es encuesta: es el termómetro de una ciudadanía consciente que distingue entre discurso y acción. Y ese termómetro habla por sí mismo y busca quién esté dispuesto a escuchar.

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