Algo extraño le sucedió a la izquierda en su trayectoria del siglo XX. Aquella que nació buscando la emancipación del obrero, la dignidad del trabajador y la justicia social, terminó abrazando a algunos de los regímenes más opresivos del planeta. ¿Cómo llegamos acá? ¿Cómo terminaron siendo aliados naturales de dictaduras teocráticas, tiranías dinásticas y autócratas que no tienen de «progresistas» absolutamente nada?
La respuesta es tan sencilla como incómoda: marxismo y antiamericanismo.
La trampa del enemigo de mi enemigo
Marx nos legó un marco teórico tan poderoso como peligroso: la «lucha de clases» como motor de la Historia, el mundo dividido entre opresores y oprimidos, explotadores y explotados. Es un relato seductor porque tiene algo de verdad (como todas las grandes mentiras) pero es fundamentalmente falso porque reduce la complejidad humana a un esquema binario y pobremente definido.
Sobre esa base se montó una visión del mundo donde Estados Unidos pasó a ser el «imperio opresor» por antonomasia, el gran Satán del capitalismo. Y ahí comenzó la deriva: si Estados Unidos es el enemigo, entonces quienes se oponen a Estados Unidos son, automáticamente, aliados. No importa que sean teocracias brutales, dictaduras hereditarias o regímenes que matan homosexuales, reprimen mujeres o persiguen disidentes.
Así, una izquierda que se reclamaba defensora de los derechos humanos terminó justificando lo injustificable. Cuba, con sesenta y pico de años de dictadura familiar, se convirtió en el faro. Venezuela, hundida en la miseria y la represión, en ejemplo de «resistencia». Irán, donde ahorcan gays y lapidan mujeres, en «antiimperialista». Y Rusia, una autocracia oligárquica y conservadora hasta los tuétanos, en aliado geopolítico.
¿Qué tenían en común todos estos regímenes? Nada de lo que supuestamente defendía la izquierda. Ni democracia, ni derechos laborales, ni libertades individuales, ni justicia social real. Lo único que compartían era el odio a Estados Unidos.
Y ese odio se volvió la brújula moral. Una brújula rota.
El secuestro de la izquierda
De la mano del Marxismo y el Antimperialismo unidireccional (solo el «imperialismo yanqui» es censurable), la Izquierda expulsó el Liberalismo de su lógica, Liberalismo que, en su esencia, le era totalmente familiar. Nunca voy a olvidar que, en su última entrevista con Juan Ramón Rallo, el gran Antonio Escohotado (titán del Liberalismo) se autodefinía como «de izquierdas», «porque la izquierda siempre ha sido vive y deja vivir», palabras textuales.
No es que todos los de izquierda hayan sido cómplices de esto. Muchos liberales y socialdemócratas, desde Orwell hasta Vargas Llosa, vieron la trampa desde el principio. Partidos socialdemócratas en Europa construyeron Estados de bienestar sin renunciar a la democracia liberal. En América Latina hubo voces disidentes que se negaron a aplaudir dictaduras solo por su retórica antiimperialista.
En Uruguay también existió (y existe) una izquierda democrática que nunca comulgó con las autocracias, que criticó a Castro y a Maduro, que defendió los derechos humanos sin doble vara. Pero fueron marginados, tildados de «tibios», «amarillos» o directamente «traidores» por una ortodoxia marxista-leninista que logró imponer su narrativa y monopolizar el discurso progresista.
La izquierda autoritaria se apropió del monopolio del «progresismo», como si fuera imposible defender la justicia social sin defender también a Castro, a Maduro, a los Ayatolas. Como si criticar dictaduras de «izquierda» te convirtiera automáticamente en derechista.
Es una lógica absurda, pero funcionó durante décadas. Funcionó porque se basó en una trampa psicológica potente: la identidad tribal. Si sos de izquierda, tenés que estar con «los nuestros». Y «los nuestros» eran quienes se oponían al imperialismo yanqui, sin importar qué tan horribles fueran.
El problema es que esa estrategia llevó a la izquierda a un callejón sin salida moral e intelectual. La dejó defendiendo lo indefendible, aplaudiendo a autócratas conservadores que oprimen a su pueblo con la misma brutalidad (o peor) que cualquier dictadura de derecha.
La oportunidad histórica
Pero ahora algo está cambiando. Estados Unidos sacó a Maduro de Venezuela. Los Ayatolas tambalean ante una población harta. El régimen de La Habana se sostiene apenas por la inercia y el miedo. Rusia quedó expuesta como el proyecto autoritario y expansionista que siempre fue.
Y ahí está la oportunidad.
La caída de estos regímenes puede ser el momento en que la izquierda democrática se libere de la izquierda autoritaria. El momento en que se rompa definitivamente esa alianza espuria que nunca debió existir. El momento en que finalmente se pueda decir: defender los derechos de los trabajadores no implica defender a tiranos que explotan trabajadores. Buscar justicia no significa justificar dictaduras. Ser antiimperialista no significa ser anti-democracia.
Porque la realidad que muchos se niegan a ver es esta: Estados Unidos, con todos sus defectos (y son muchos), sigue siendo una democracia liberal. Venezuela, Cuba, Irán y Rusia no lo son. Son autocracias. Y si tenés que elegir entre una democracia imperfecta y una dictadura, la elección debería ser obvia.
Uruguay, laboratorio de consensos
Para Uruguay, esto no es un tema menor. Somos un país pequeño que necesita desesperadamente consensos amplios para salir del estancamiento. Pero esos consensos son imposibles mientras una parte importante de nuestra izquierda (que es una parte importante del país) siga anclada en viejas lógicas antidemocráticas y lealtades a regímenes autoritarios.
Y acá está el problema de fondo: hay una parte de la izquierda uruguaya (casualmente, la que apoya explícitamente a estas dictaduras) que simplemente no es democrática. No creen realmente en el juego democrático. Lo toleran mientras les sirve, pero en el fondo lo rechazan. Para ellos, la democracia liberal es solo una fase transitoria hacia otra cosa, un instrumento táctico, no un valor en sí mismo.
¿Cómo construir acuerdos sobre democracia republicana con quienes no la aceptan del todo? ¿Cómo avanzar en libertades individuales cuando se defienden regímenes que las pisotean sistemáticamente? ¿Cómo sentarse a negociar el futuro del país con quienes, en el fondo, no comparten tu fe en las reglas del juego democrático?
Es muy difícil. Quizás imposible.
El Uruguay que podemos ser necesita que la izquierda se reconcilie con la democracia liberal. Que entienda que el mercado no es el enemigo (el enemigo es la concentración de poder, sea económico o político). Que los derechos humanos no se dividen en «de primera» y «de segunda» según quién los viole. Que la libertad individual no es un valor «de derecha», sino una conquista universal.
Necesitamos una izquierda que pueda sentarse con una derecha democrática a discutir el tamaño del Estado, las políticas sociales, el crecimiento económico, sin que esas discusiones estén contaminadas por superioridades morales antidemocráticas o fantasías de destrucción de la «democracia burguesa» y del «capitalismo», tampoco por apoyos a autócratas que representan todo lo que una democracia no debe ser.
El divorcio que libera
La caída de Maduro a manos de Estados Unidos (y el desnudo indiscutible de sus atrocidades y corrupción), de los Ayatolas, del régimen castrista, puede ser catártica. Puede forzar ese divorcio necesario. Puede obligar a la izquierda a mirarse al espejo y preguntarse: ¿qué diablos estábamos defendiendo?
Y cuando ese momento llegue (porque si no llega, en mi opinión, será el suicidio de la izquierda), surgirá una izquierda más honesta, más coherente, más funcional. Una izquierda que pueda defender la justicia social que pregona sin defender dictaduras. Que pueda criticar al capitalismo sin abrazar el totalitarismo. Que pueda ser progresista de verdad, no en el discurso sino en los hechos.
Esta es la oportunidad histórica para que aquellos sectores de la izquierda que siempre se deslindaron de las autocracias, tanto a nivel mundial como en Uruguay, demuestren con evidencia contundente que estaban en la posición correcta: histórica y moralmente. Que su apuesta por la democracia liberal, los derechos humanos sin doble vara y la justicia social dentro del marco republicano no era tibieza sino claridad moral. Que es posible ser de izquierda, defender a los trabajadores, buscar mayor igualdad y al mismo tiempo rechazar el autoritarismo venga de donde venga.
Para Uruguay, eso significaría algo enorme: la posibilidad de consensos reales sobre democracia republicana, sobre institucionalidad, sobre el valor de la libertad. La posibilidad de discutir el país que queremos con una discusión que tenga como base las convicciones republicanas y con ello, la validación del otro. La posibilidad de una «ventana de Overton» que excluya extremos antidemocráticos (siniestros y diestros) pero que a la vez se abra a miles de posibilidades que otorga la aceptación de las reglas básicas del juego del desarrollo democrático y económico.
La izquierda que entienda esto será la izquierda del futuro. La que no, quedará atrapada en un pasado cada vez más vergonzoso. Está condenada al ostracismo y la irrelevancia, a fuerza de una realidad arrolladora.
Ojalá no se deje pasar la oportunidad de un divorcio liberador y podamos construir, a pesar y gracias a las diferencias, un país (como deseara José Martí) «con todos y para el bien de todos».
