Estos días en mi cuenta de X @caalf01 planteé, mas que nada por broma, un par de preguntas sobre la playa…«Si realmente les gustaba, si era lo que soñaban para las vacaciones y si estaban dispuestos a pagar fortunas para acceder a eso» (fortuna desde mi punto de vista de pobre que apenas llega a fin de mes, gracias a que vivo en la frontera con Brasil, sino, me quedaba sin llegar ni al final de la primera quincena) ¡Pa’ qué! ¡M’hijito! Salieron los defensores de la sal y la arena a decirme las peores cosas posibles sólo por plantear hipotéticamente que ir a la playa era un placer que no me entusiasmaba. Me trataron de todo, menos de santo. Y me di cuenta de que, cuando alguien no está de acuerdo con una postura defendida por una supuesta mayoría, y aparece con un planteamiento alternativo, no discuten, no argumentan, insultan.
El deterioro del debate público ya no es una metáfora alarmista: es una escena cotidiana. Donde antes había conversación, ahora hay escaramuza. La palabra, que supo ser mate compartido, hoy se usa como cascote. No discutimos ideas: ajusticiamos personas. El que piensa distinto no debate, estorba. Y al estorbo, ya se sabe, se lo saca del medio.
No es intercambio: es fusilamiento.
¡Cómo les gusta bocinar a los montevideanos!
Hay una analogía bastante criolla que lo explica todo: el conductor sacado. Ese mismo tipo que en la cola del súper pide permiso, agradece y hasta comenta el clima, se sube al auto y muta. Insulta, toca bocina como si estuviera en una batalla y gesticula con una pasión que ni en el Centenario en un clásico demuestra.
El auto funciona como prótesis del ego y como armadura moral. Desde adentro, el otro deja de ser una persona y pasa a ser “ese imbécil que no sabe manejar” y si demorás 0.000025 segundos después que la luz cambió a verde, ya te bocinan y te adelantan violentamente mostrándote el dedo medio…¡para volver a estar a tu lado en el próximo semáforo!
En las redes pasa lo mismo. La pantalla es nuestra carrocería. El teclado, el volante. El anonimato, la falsa sensación de poder e impunidad. El otro ya no tiene cara, historia ni contexto: es un avatar, un nick, un obstáculo en nuestro camino hacia la razón universal (que por supuesto siempre es la nuestra).
Insultar es rápido. Pensar cansa. Argumentar lleva tiempo y no da likes inmediatos. El agravio, en cambio, es instantáneo y viene con una dosis de superioridad moral que entra como bizcocho caliente.
¿Cómo llegamos hasta acá?
Hay varias corrientes empujando esta marea:
Narcisismo digital: la firme convicción de que mi opinión no es una opinión, sino una verdad revelada. Si me cuestionás, no disentís: me atacás.
Empatía en retirada: como no vemos los ojos del otro, tampoco vemos el límite. Decimos cosas que jamás diríamos en una mesa de bar sin que alguien nos diera vuelta la jeta de un sopapo.
La cámara de eco: los algoritmos nos miman. Nos rodean de gente que piensa igual, hasta que un día aparece una idea distinta y la vivimos como una invasión extranjera. Y a la invasión, se la repele. Preferentemente a los insultos.
La nueva policía del pensamiento, sin uniforme, pero con Wi-Fi
Lo más inquietante no es la mala educación, eso siempre existió, sino el clima ideológico que la legitima. Se está consolidando una forma suave pero eficaz de autoritarismo: la dictadura de lo opinable.
En nombre de la sensibilidad, la inclusión y otras palabras nobles que ya vienen bastante golpeadas, ciertos sectores han armado un código no escrito donde disentir sale caro. No te discuten: te cancelan. No te refutan: te etiquetan. Y listo, quedás afuera del club, con muerte civil incluida.
El sentido común pasó a ser sospechoso. Si una idea choca contra el dogma del momento, no importa cuán razonable sea ni cuántos datos la respalden: se la combate con indignación, no con argumentos. Decir que el emperador está desnudo se considera una agresión textil.
La paradoja es deliciosa (en el sentido trágico del término): se predica diversidad mientras se castiga la diferencia. Se habla de libertad… pero de libertad para opinar únicamente lo que los demás esperan, no lo que pensamos. Sólo somos libres para expresarnos si ese pensamiento está en su línea de creencias, si no, somo unos entes despreciables que no merecen respeto.
Un futuro bastante gris
El panorama no invita al optimismo. Estamos cambiando la dialéctica por el garrote digital, el razonamiento por la tribu, el pensamiento propio por el manual de uso del grupo. Delegamos el juicio en la hinchada y después nos sorprendemos de que todo termine a los empujones.
No hacen falta tanques en las calles para imponer un clima autoritario. Alcanza con que la sociedad se vigile sola, que cada uno tema decir lo que piensa por miedo al escarnio público. El silencio, al final, siempre fue el mejor aliado del poder.
Si no somos capaces de tolerar una idea distinta sin recurrir al insulto, no es que perdimos el debate, perdimos algo más básico: la capacidad de convivir. El futuro, así planteado, se parece a un páramo de pensamiento único, donde la verdad es una antigüedad de museo y el agravio, la única ley vigente.
Y todo esto, dicho sea de paso, mientras creemos que somos los «buenos».
