80 años de Auschwitz: ni olvido ni perdón, tampoco jabón

 

Si permitimos que el odio aprenda a hablar el lenguaje de los derechos, el cerco se vuelve invisible, pero no por ello, menos ominosamente real.”

 

El 27 de enero de 1945, las tropas soviéticas liberaban Auschwitz. Son ochenta años que han convertido a los niños sobrevivientes de la barbarie en longevos ancianos, custodios con sus largas vidas del recuerdo de lo que, con vergüenza, no puede ni debe ser olvidado.

Ocho décadas después, la fecha debería ser un recordatorio solemne de lo que ocurre cuando el odio se convierte en política de Estado y la deshumanización se vuelve rutina. Mucha agua ha corrido bajo los puentes y, lo podemos comprobar con horror, esas aguas siguen bajando turbias, sanguinolentas.

Acorde con ello, en Uruguay —país que durante mucho tiempo se creyó libre de tan inmunda plaga como el antisemitismo— asistimos hoy a episodios que demuestran que ese veneno nunca desapareció, solo mutó.

Hace pocos días, un diputado transformó su discurso parlamentario en una diatriba antijudía -indigna de su investidura y bordeando lo que el Artículo 115 de la Constitución de la República prevé como causal de remoción- que rozó la incitación a la violencia.

Y en el Carnaval -otra vez, cuándo no- la murga Doña Bastarda recurrió a la tan infame como bastarda metáfora del “jabón”, evocando sin disimulo la Shoá y la “Solución Final”.

No se trata de “excesos retóricos”: basta recordar el asesinato de David Fremd en Paysandú, víctima de un “lobo solitario” radicalizado por el ISIS, para comprender que las palabras pueden convertirse en actos.

El antisemitismo contemporáneo suele disfrazarse de antisionismo. En la región, el “palestinismo” ha reciclado viejas teorías conspirativas: “Los Protocolos de los Sabios de Sion”, el “Proyecto Andinia”, las acusaciones absurdas sobre los incendios en la Patagonia argentina.

Uruguay no ha sido ajeno: bajo gobiernos de izquierda, las señales de alineamiento con el eje pro-palestino han sido constantes. Y la alianza entre izquierda e islamismo que se observa a nivel mundial también opera aquí: no es casual que el principal asesor en comunicación del partido de gobierno sea Pablo Iglesias Turrión, líder de Podemos en España, formación que ha hecho del antisemitismo su bandera cultural.

Auschwitz no es solo memoria judía: es advertencia universal. Cada vez que se banaliza el exterminio, cada vez que se invoca el “jabón” como recurso humorístico, se está reabriendo la puerta al odio.

Ni olvido ni perdón, tampoco jabón” no es un eslogan: es la síntesis de una responsabilidad histórica.

Uruguay, que se enorgullecía de su tradición pluralista, no puede tolerar que el Parlamento y el Carnaval se conviertan en tribunas de fanatismo, que es exactamente lo que está sucediendo.

Ayer eran cabezas judías, demoníacas, exhibidas en simbólicas picas. Más tarde, eran manifiestos antisemitas suscritos por judíos antisemitas que profesan su religión de odio hacia Israel, “el ente sionista” que Hamás quiere borrar de la faz de la Tierra.

Pero también el Gobierno hacía lo suyo en la siembra antiisraelí cuando, cediendo vergonzosamente a presiones corporativas, deja sin efecto el Acuerdo de Complementación Científica -repito, científica- con la Universidad Hebrea de Jerusalen.

Y es la misma siniestra música que no deja de sonar…

 

Ahora, es la Murga que amenaza con hacer jabón y como si fuera poco, ese iracundo diputado del megáfono, que con sus diatribas deja como un tímido colegial a su colega Alejandro Kayel, nazi confeso, expulsado del Parlamento en 1941.

Un poco de indignación -impostada en muchos casos-, alguna denuncia, un ruido rápidamente apagado, y aquí no ha pasado nada.

No fuera cosa que molestara a la Embajada de Hamás en Uruguay.

El silencio es complicidad.

La memoria de Auschwitz nos obliga a hablar. Nos obliga a señalar que el antisemitismo no es un fantasma del pasado, sino una amenaza presente. Y nos obliga a defender, con la palabra y con la acción, la dignidad humana frente a quienes pretenden reducirla a cenizas.

En “Los orígenes del totalitarismo” Hannah Arendt nos alertaba que el antisemitismo, el imperialismo y el totalitarismo han demostrado que la dignidad humana precisa de una nueva salvaguardia que solo puede hallarse en un nuevo principio político”.

Parecería que de nada valió la advertencia de Arendt, porque el monstruo tricéfalo no solamente está por todas partes, sino que no para de crecer.

 

 

De nada valen los nunca más de cartón piedra, mientras el “urunazismo” avanza raudo por (y con) la izquierda, colocando simbólicas estrellas amarillas.

“A decir verdad, todos somos delincuentes si permanecemos en silencio.” – Stefan Zweig

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