El dólar bajo y la gata Flora

El gobierno tomó medidas. Y, como era de esperar todos dijeron “que bueno” pero nadie quedó conforme.

Porque hasta ayer el problema era que no hacía nada. Hoy el problema es que hizo algo. No necesariamente mal, aclaran algunos, pero claramente insuficiente, precisan otros. Y en cualquier caso, inoportuno.

El dólar está bajo. Tan bajo que para algunos resulta asfixiante y para otros apenas incómodo. Depende desde dónde se lo mire: si desde el galpón, desde la planilla de costos o desde el changuito del supermercado. En todos los casos, igual, no está donde debería.

Tal vez por eso el ministro decidió sumar otra señal: como el dólar está barato, el Estado va a salir a comprar. Y no solo eso: también les pidió a las empresas públicas que hagan lo mismo. Para algunos, una jugada inteligente, casi obvia. Para otros, la admisión elegante de que el precio no convence… aunque todavía no se sepa bien a quién debería convencer.

El ministro escucha. Se reúne. Atiende. Explica. Eso tranquiliza a quienes creen que el diálogo es una señal de control. Inquieta a quienes piensan que cuando se escucha tanto es porque no hay una decisión clara detrás. El Banco Central baja tasas, adelanta decisiones y avisa que está pronto para intervenir, lo cual para algunos demuestra firmeza y para otros confirma que el problema es más persistente de lo que se admite.

La Asociación Rural habla de “situación límite”. Los exportadores advierten que así no se puede seguir mucho tiempo más. Los economistas coinciden en que las medidas van en la dirección correcta, aunque no todos señalan la misma dirección. Algunos piden que se haga más; otros, que se haga menos. Todos, eso sí, coinciden en que esto todavía no alcanza.

Del otro lado del mostrador, el consumidor empieza a hacer sus propios cálculos, que nunca aparecen en los informes técnicos. Mira el dólar bajo con desconfianza, no sea cosa que suba. Y si sube el dólar, le suben las compras. Sobre todo eso que parecía barato. Porque el miedo no es que aumenten los precios: el miedo es no haber comprado a tiempo. Temu, por ejemplo, hasta ayer era una ganga; mañana, quien lo sabe. Y pasado mañana, una anécdota cara que alguien va a explicar diciendo que era inevitable.

El fenómeno, se nos explica, es global. La Reserva Federal, los flujos internacionales, el contexto externo. Una explicación que deja tranquilos a quienes confían en la macro y bastante molestos a quienes necesitan que el problema sea más doméstico, más concreto y, sobre todo, más solucionable.

Si el gobierno actúa, llega tarde.
Si no actúa, deja correr.
Si baja tasas, alivia a unos y preocupa a otros.
Si compra dólares, interviene demasiado.
Si no los compra, desperdicia una oportunidad.

Y mientras tanto, el dólar sigue ahí. Bajo, quieto, obstinado, pero subiendo a escondidas, sin que nos demos cuenta. Para algunos peligrosamente quieto. Para otros, todavía demasiado revoltoso.

Confieso que por momentos uno duda. Capaz el problema no es el dólar. Capaz somos nosotros. Pero después vuelve a escuchar los reclamos, las advertencias, las recomendaciones cruzadas, y entiende que el problema es exactamente este dólar, porque sirve para demostrar que nunca hay una única forma correcta de que las cosas funcionen.

En definitiva, todos escuchan.
Todos entienden.
Todos coinciden en que hay un problema de competitividad.

Y que puede repercutir en el consumo interno.
Pero cada uno lo siente en un lugar distinto.

Porque en este país el dólar bajo nunca es responsabilidad exclusiva de nadie, pero siempre termina siendo culpa de alguien. Y casi siempre, del que gobierna en ese momento, haga lo que haga y compre lo que compre.

Al final, la discusión no es si se hizo o no se hizo.
Es que cualquier cosa que se haga termina picando a algunos y rascando a otros.

A esta altura, más que un problema cambiario, esto empieza a parecer una discusión clásica de Gata Flora, pero con planillas Excel.

Y así quedamos: con diagnósticos compartidos, explicaciones razonables y conclusiones incompatibles.
Un equilibrio perfecto, donde lo que a unos les da aire es exactamente lo que a otros los asfixia.

Hasta la próxima, si es que hay…

 

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