El día que mis entrevistas en Vichadero terminaron en canciones de Zitarrosa.

Esta es de esas anécdotas que, contadas en la charla de un asado, hacen que alguno levante la ceja y piense: “si, si te creo y todo”. Pero los que nacimos y crecimos en el interior más lejano sabemos una cosa: la realidad suele escribir guiones mucho más desfachatados que cualquier ficción.

En mis tiempos de Radio Vichadero nadie hablaba de “multitasking”. La palabra no existía, pero la práctica sí… y vaya si sí. Como en tantas radios chicas del interior, ahí hacíamos absolutamente de todo: éramos locutores, operadores, técnicos, relatores deportivos, encargados de programación, informativistas, encargados de la planta de transmisión, musicalizadores, voces comerciales, periodistas, redactores, movileros y, claro, entrevistadores. Todo junto, todo al mismo tiempo, y con la mejor cara.

Un día se me ocurrió sentar frente al micrófono a Don Camilo Fernández. Rematador de ley, conocedor de cada piedra del pago y, además, dueño de ese don raro que tiene la buena radio: el de hacerte hablar sin apuro, con gusto. Tenía su programa diario y se prendió encantado a que le preguntara de todo. Salió una charla larga, sabrosa, llena de anécdotas y recuerdos, de esas que quedan flotando en el aire del pueblo mucho después de que se apaga el micrófono.

Por aquellos años, Vichadero no tenía escribano fijo. Había que esperar la visita semanal de uno que venía desde Rivera. Ese hombre era Carlos Enrique “Jony” de Mello.

Quizás por el nombre no diga tanto, pero Jony era nada menos que el responsable de composiciones de varios himnos del dúo riverense Los Tacuruses, cuyas canciones terminaron en las voces de Numa Moraes, y como no, como en el caso de esta anécdota, del propio Zitarrosa. De Mello era un tipo con un radar especial para cazar historias al vuelo.

Resulta que venía manejando, sintonizó la radio, escuchó la entrevista a Don Camilo y, se ve que en su cabeza empezó el ritual creativo al instante, se quedó clavado al dial, escuchando y ya empezando sin saberlo, el proceso de composición…

A los pocos días cayó por la radio y me dijo:
-Che, ¿me conseguís una copia de la nota a Don Camilo? Ahí hay material para un par de canciones.

Le grabé un casete (lo normal en la época) y se lo llevó.

Pasó el tiempo, seguí a la vuelta de lo mío en la radio, y casi me olvidé del asunto. Hasta que un día Jony volvió, sonriente, con cara de gurí que tiene una sorpresa:
-¿Te acordás de la entrevista que me cediste? Bueno… de ahí salieron dos temas. Se los mostré a Alfredo Zitarrosa y los va a grabar.
Pensé: “Este loco me está jodiendo”. Pero no. Al tiempo nomás, Jony entró a la radio con un disco bajo el brazo, como quien trae algo sagrado. Era el nuevo álbum de Zitarrosa.

Ahí estaban, grabadas para siempre, dos canciones nacidas de aquella charla casi casual en un estudio de una radio de pueblo:
La contradanza molecular de los átomos de la piedra Mora
Don Libindo 
(Si hacés click en los títulos anteriores, te llevarán directamente a las canciones para que las conozcas o para que las vuelvas a escuchar si ya las conocés)

Y así es la cosa, uno cree que solo está haciendo su trabajo, llenando horas de aire. Y sin darse cuenta, termina siendo el hilo invisible que une a un rematador de campaña, a un compositor inquieto y a una de las voces más grandes del folklore uruguayo.

Así que sí: soy parte de la historia de Zitarrosa… aunque sea de refilón, anecdóticamente y sin propoponérmelo, como quien no quiere la cosa…

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