A los 82 años falleció en EEUU el escritor y académico Jorge Ruffinelli

En las primeras horas del miércoles 4 falleció en la ciudad de San Francisco, donde residía desde 1986,  el escritor y académico uruguayo Jorge Ruffinelli, nacido en Montevideo el 16 de diciembre de 1943. 
Discípulo de Ángel Rama, en su juventud Ruffinelli colaboró y dirigió la sección literaria del semanario Marcha. Tras el cierre de la publicación por la dictadura, en 1973 fue profesor en la Universidad de Buenos Aires y, en 1974, se exilió en México, donde se naturalizó en 1972. Allí dirigió durante doce años el Centro de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana en Xalapa, fundando y dirigiendo la prestigiosa revista Texto Crítico (luego Nuevo Texto Crítico).
En 1986 se incorporó a la Universidad de Stanford (Estados Unidos), donde fue profesor titular de Culturas Ibéricas y Latinoamericanas y se naturalizó estadounidense en 1988. Se convirtió en una figura clave en los estudios de literatura y cine latinoamericanos, con autoridad reconocida en autores como Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y en el cine de la región.
Publicó más de veinte libros de crítica (entre ellos José Revueltas: ficción, política y verdad, El lugar de Rulfo, Poesía y descolonización: Nicolás Guillén, La escritura invisible) y cientos de artículos. Fue jurado en premios literarios y festivales de cine internacionales.


El escritor cubano Norberto Fuentes, que fue amigo muy cercano de Ruffinelli, publicó en su blog el siguiente obituario.

Querido Norberto, que hoy de madrugada  murió Jorge. Un abrazo, Cristina.
Después, por teléfono, ella me dijo que fue a las 4:30 AM, hora local de San Francisco,
California. Repitió varias veces «pobrecito» para referirse a él y a sus sufrimientos. También me
dijo que no había sabido lidiar con su enfermedad. Que desde el 2017 no había querido abrir más su computadora ni su laptop. Advertía cómo iba perdiendo la memoria y su dificultad para concentrarse. Me recordaba a Hemingway. El horror en que lo sumió su destino. Porque, ¿qué puede hacer un escritor sin memoria? Pero el de Hemingway fue un deterioro mental producido por los malditos electrochoques que le aplicaron en la clínica Mayo. En el caso de Jorgito fue la crueldad indetenible del Alzheimer. No vino del exterior. Sino de adentro de él mismo. Con lo
embullado que él estaba con su enciclopedia del cine latinoamericano. La concebía como una
obra monumental. Yo lo embromaba diciéndole que cómo un tipo «tan chiquitico» se proponía
una obra tan gigantesca. «Que casi que vas a poder caminar dentro de ella», le decía. Ahora hay que ver qué va a pasar con todos esos papeles, discos duros, grabaciones. Se supone que era un material a punto de concluirse. Por lo pronto conocí de una separata sobre el cine y el futbol, un proyecto que había titulado A las patadas. ¿Qué cosa mejor se puede pedir de un escritor uruguayo. hincha de nacimiento? Nada de eso debe perderse. Cristinita, su mujer, me prometió entre sollozos que ella iba a cuidarlo y que se comprometía conmigo a convertirse en su feroz guardián y que ya buscaríamos una forma de editarlo y publicarlo. Mientras, tiene el tesoro a buen recaudo, debidamente empacado en cajas y clasificado. Ahora yo me dedico a rastrear en mis gavetas y en mis memorias portátiles nuestros divertidos y regularmente irrespetuosos
intercambios de mensajes. También las entrevistas que me grabó en video. Estoy a la espera de unas fotos prometidas por Cristina de Jorge hojeando su ejemplar de la segunda edición de mi Cazabandido que él contribuyó a editar en Uruguay en 1970 y que en esta última edición yo le anexé nuestra correspondencia de entonces. Lo cito porque Cristina me dice que en sus momentos de lucidez la presencia de ese libro en sus manos o en la mesa del café frente a su poltrona le causaba mucha alegría. Y nada me produce más orgullo hoy que saberlo. Las dos otos que agrego a este texto es de lo primero que sale a flote de mis archivos. Son de finales de los 70. La barba que él intenta podarme y la abundante pelambrera son mis atributos de la época. Ni idea me pasaba por la cabeza aquella tarde en un patio de las afueras de La Habana que más de 40 años después yo estaría escribiendo esta nota sobre el día en que mi hermanito Jorge Rufinelli, a quien yo llamaba indistintamente Jorgito o El Rufi, se nos ha ido.

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