Enrique Guillermo Hernández
Miren, muchachos, lo que está pasando en esta ciudad ya no es para un analista político, es para un espeleólogo o, mejor dicho, para un psiquiatra con especialización en ingeniería civil. Montevideo se nos ha vuelto un queso gruyère, pero de esos baratos que tienen más aire que sustancia. Resulta que ahora la moda es cavar. Acá, si no tenés una pala mecánica y un mapa del subsuelo, no sos nadie.
Por un lado, tenemos a los muchachos de la Ciudad Vieja. ¡Qué despliegue, por favor! Once tipos —una selección del Mercosur que ya quisiera Bielsa para la Celeste— cavando un túnel de película para entrarle a un banco. Al menos estos tipos tienen una ética de trabajo: alquilaron el local, metieron maquinaria, transpiraron la camiseta y se jugaron el pellejo por el botín. Es el «emprendedurismo» del hampa: inversión de riesgo con la esperanza de una jubilación anticipada en una playa de Santa Catarina.
Pero no se distraigan con el brillo del soplete, que el verdadero agujero negro está un poco más arriba, en 18 de Julio. Ahí, la Intendencia —esa señora gorda que siempre llega tarde y te cobra por el aire— decidió que también quiere jugar a los topos.
¡Es una maravilla de la desfachatez! Tenemos una Intendencia que está más fundida que un motor de Fitito en subida, que no puede tapar un pozo en la Aguada ni aunque le regales el asfalto, pero que de golpe se cree que somos Manhattan y quiere meter los ómnibus por debajo de la avenida. ¡Faraónico lo de Bergara! Es como si yo, que le debo tres meses al almacenero de la esquina, decidiera hacerme una cava de vinos subterránea en el patio de casa para impresionar a los vecinos.
La dualidad es de una crueldad que te deja mudo:
1-El Robo de la Ciudad Vieja: Unos profesionales que quieren robarte el ahorro. Es un robo honesto, directo, a cara descubierta (o con pasamontañas, da igual). Si te agarran, vas en cana.
2-El Robo de la Intendencia: Unos «visionarios» que te quieren robar el futuro. Es un robo por goteo, indexado, disfrazado de «movilidad urbana» y «progreso». Si sale mal —que va a salir mal, porque acá una obra de seis meses tarda seis años—, no va preso nadie. La cuenta nos la mandan por debajo de la puerta con el logo de la Intendencia y un aumento en la contribución.
Al final del día, Montevideo es ese lugar surrealista donde los delincuentes cavan para entrar al banco y los gobernantes cavan para enterrar el presupuesto. Unos quieren la plata de la caja fuerte; los otros quieren la plata de tu bolsillo, del mío y del que todavía no nació.
Entre el túnel de los brasileños y el túnel de 18 de Julio, yo me quedo con el de los brasileños. Al menos ellos no te dicen que lo hacen por tu bien mientras te meten la mano en la billetera para pagar la retroexcavadora. ¡Qué falta de calle, por Dios! Estamos viviendo en un país que prefiere mirar el piso antes que mirar el horizonte, quizás porque en el piso es donde están escondiendo todo lo que nos falta.
