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Una gran lección sobre cómo torpedear al Capitalismo y sobre cómo dañar a la economía por decreto
La Corte Suprema de Estados Unidos, como era previsible, declaró la ilegalidad de todos los recargos a la importación (tariffs) aplicados manu militari por el presidente Trump, por no cumplir la disposición constitucional que establece que cualquier recargo (impuesto) debe ser establecido por el Congreso.
Como se recordará, el mandatario desparramó recargos de todo tipo sobre diferentes países y productos, alegando a veces cuestiones de seguridad nacional, a veces abuso de los demás países de la bondad y tolerancia norteamericana, a veces competencia desleal, y a veces porque se le dio la gana. Adicionalmente, usó esos recargos para presionar en negociaciones que hasta ahora tienen resultado incierto, o simplemente a quienes comercian con China. Y en otros casos como sanción a algunos países con los que se enfrenta en conflagraciones o aquellos que toman posiciones en favor de esos enemigos.
Muchos medios de EEUU e internacionales han expresado lo peligroso de usar los recargos económicos como armamento bélico (to weaponize) y lo improvisado de esas decisiones, así como las idas y vueltas del presidente que puso y sacó recargos a mansalva, a veces con intervalo de horas. No hace falta destacar el daño que ese tipo de manejos produce en el comercio mundial – el más importante factor de crecimiento conocido – y sobre la confianza en la economía norteamericana, inclusive en su moneda.
Errores jurídicos y conceptuales
Trump no sólo desconoció las disposiciones de la constitución y el orden institucional, sino que incurrió en errores conceptuales como el de sostener reiteradamente en sus bravatas que los países exportadores le iban a pagar a Estados Unidos esos recargos, cuando en realidad quien los paga en todos los casos es el consumidor norteamericano. Por eso declaró alegremente recientemente que esos recargos le habían permitido a su país hacerse de 166.000 millones de dólares que pagaron los países que le venden.
En otro conveniente error, que le fue puntualizado de antemano por la justicia y el parlamento, decidió ignorar, deliberadamente o por desconocimiento, que los recargos son simplemente un impuesto que cae sobre la cabeza del consumidor, del modo más desordenado e injusto posible. También ignoró que la competencia es el mecanismo central del capitalismo, además de su soporte ético y moral, porque permite que el consumidor obtenga el precio más barato y la calidad que desee de modo espontáneo, sin intervención de ningún genio infuso. (Lo que Smith llamaba la mano invisible)
También decidió ignorar que un recargo a la importación produce simétricamente una reducción de las exportaciones, algo que parece no importarle en su política de “vivir con lo nuestro”, que tiene siempre ese efecto.
Estas medidas fueron toleradas entre otras razones porque aún subsiste la idea generalizada de que China y otras economías asiáticas roban la tecnología americana y reciben subsidios del estado, (dumping, diría Tenaris) con lo que es justo que Estados Unidos se proteja de semejantes ataques. En primer lugar, parece evidente que en ese pensamiento no se incluye el avance descomunal de varias economías asiáticas, particularmente la china, que han llevado adelante una revolución educativa y tecnológica que la ha puesto por delante en muchos rubros.
Estados Unidos se durmió en los laureles
Como sostienen varios especialistas, en los últimos 50 años no se repitió en EEUU el impulso de crecimiento y de innovación que había sido su característica durante los 100 años previos. Para decirlo en términos comprensibles, los americanos se durmieron. También debería revisarse el concepto de subsidio, cuando las grandes empresas chinas cotizaban en Wall Street (y lo siguen haciendo aquellas que no han sido declaradas amenazas de seguridad por Trump). En esta y en su anterior presidencia el tycoon encarnó el adalid de las empresas obsoletas que ya no pueden competir globalmente, y su personal.
China está gobernada por una dictadura asesina, antidemocrática y repugnante, pero sería una simplificación calificarla como un sistema económico comunista. Justamente ese pensamiento simplificador llevó al atraso relativo de la mayor economía del mundo.
Como consecuencia de esos recargos tanto las empresas importadoras puras, que vendían a los consumidores, como las que utilizaban los bienes gravados como insumos o componentes de producción, transfirieron el costo adicional así creado – más su margen de ganancia – a sus compradores o consumidores, subiendo los precios proporcionalmente.
El fallo de la Corte no sólo funciona para adelante, sino que torna ilegal la recaudación pasada de ese recargo o impuesto. Como el fallo no establece de qué modo se producirá el reembolso del cobro indebido, los importadores ya están armando sus reclamos administrativos y futuros juicios para reclamar su devolución al gobierno.
¿A quién devolver los recargos?
Y aquí aparece otro efecto de la aberración jurídica en que incurrió el gobierno: como el que abonó el recargo fue el importador, es a él a quien el estado debe devolver esos fondos y es justamente el importador el único que puede demandar judicialmente su cobro. Pero ocurre que quién soportó el costo fue el consumidor o el industrial que compró el insumo, vía el aumento de precios de su proveedor.
Como el consumidor final o usuario no tiene título ni comprobante para reclamar, tendría el derecho utópico de realizar una class action (juicio colectivo) contra su proveedor, algo utópico porque se trata en su caso de un simple aumento de precio, que no se desglosa como el IVA. Entonces, los importadores se quedarán con la devolución que les haga en su momento el estado, y los consumidores o usuarios habrán sido quienes pagaron esa ganancia de los privados.
El importador original cargó, además del recargo, que trata como un costo, su margen habitual de ganancia, y además aumentó el precio también del stock que tenía en su poder en el momento del recargo, por una cuestión de costo de reposición. Eso hace que, en una estimación conservadora, los importadores privados habrán ganado 250.000 millones de dólares que pagaron los consumidores. Justamente todo lo opuesto al sistema capitalista.
Este tipo de aberraciones ocurre cuando se da una combinación de factores:
- un autócrata imponiendo su voluntad sobre el mercado sin escuchar ni a sus asesores
- un autócrata que decide ignorar la constitución y las instituciones, finalmente los derechos de la sociedad y el sacrosanto derecho de propiedad que representa e invoca el capitalismo.
Seguramente Trump seguirá creyendo e insistiendo en que el recargo es algo que pagan los países que le exportan. Para ajustarlo a la inmortal y contundente definición de Hayek, la costosa y fatal arrogancia de la burocracia, que paga siempre la sociedad, no la entelequia del estado.
