Los espías llegados del hielo: EPÍLOGO

 

Esta serie nació de dos hechos ocurridos casi en simultáneo en el Cono Sur: la revelación de la red “La Compañía” en Argentina —una operación financiada con recursos rusos para pagar artículos destinados a desacreditar al gobierno de Javier Milei— y la decisión de ANTEL en Uruguay de reincorporar la señal de RT (Russia Today) a su grilla oficial.

Estos episodios no fueron casos aislados. Forman parte de un patrón más amplio de influencia rusa en América Latina que incluye la activa participación en TeleSUR y la penetración propagandística del régimen autocrático ruso a través de la citada Agencia RT y el “ecosistema” Sputnik. A ello agréguese los acuerdos militares y estratégicos firmados durante los gobiernos kirchneristas en Argentina, y los estrechos vínculos políticos y mediáticos con el Partido de los Trabajadores en Brasil.

El Imperialismo ruso busca vasallos útiles

Allí donde cuenta con gobiernos afines (Cuba, Venezuela, Nicaragua), Rusia profundiza alianzas militares, energéticas e inteligencia, como se vio en el reciente acuerdo de abril de 2026 con Cuba, que otorga a empresas rusas mayor control operativo en instalaciones industriales cubanas a cambio de petróleo y respaldo político.

Donde no los tiene, o donde los gobiernos se alejan de sus intereses, Moscú despliega una estrategia híbrida más sutil pero persistente: primero incide en la opinión pública mediante campañas de desinformación a través de RT, Sputnik y redes de medios locales; y, llegado el caso, busca influir directamente sobre procesos electorales o instituciones democráticas.

Sin la URSS nada ha cambiado: apenas un ejemplo de ello

El paralelismo histórico es elocuente.

En la década de 1930, mientras Stalin provocaba el Holodomor -la terrible hambruna ucraniana provocada por la confiscación de tierras, granos y hasta semillas, que se saldó con millones de muertos y otros tantos desterrados de por vida al Gulag siberiano- el corresponsal del New York Times Walter Duranty actuaba como agente de influencia de la NKVD en Moscú.

Negaba sistemáticamente la tragedia o la justificaba con la célebre frase “no se puede hacer una tortilla sin romper huevos”.

Por esa labor – de Agente encubierto- recibió el Premio Pulitzer en 1932, que jamás le fue retirado, a pesar del escándalo producido cuando finalmente se supo su verdadera cara de mercenario.

En contraste, un joven periodista galés -Gareth Jones- se atrevió a escapar del círculo moscovita controlado por el NKVD y viajar semiclandestino a Ucrania. Allí vio la realidad con sus propios ojos, vivió y pasó hambre con los propios ucranianos, fotografió y supo del horror del canibalismo, incluso dentro de las familias y, escapado de la URSS, la denunció sin ambages.

No le resultó fácil. Por entonces, en el propio Reino Unido imperaba una feroz censura. Fue desacreditado, marginado y murió, apenas unos años después -en 1935- en circunstancias sospechosas, en Manchuria a donde intentaba rehacer su carrera de periodista y fotógrafo.

Muchos creen que fue eliminado por la NKVD, porque el atentado -como tantos antes y después con testigos incómodos-, tenía las huellas digitales inequívocas de los Servicios soviéticos.

Conclusión:

Casi un siglo después, los métodos se repiten con herramientas actualizadas.

La desinformación ya no busca solo ocultar hechos, sino moldear la percepción de la realidad, polarizar sociedades y debilitar gobiernos incómodos para el Kremlin.

Los espías que llegaron del hielo nunca se fueron. Cambiaron de nombre, de ideología oficial y de tecnologías, pero conservan la misma lógica de siempre: la guerra política total, la desinformación como arma estratégica y la relativización de la verdad como doctrina de Estado.

El largo recorrido que hemos hecho a través de las tres columnas que precedieron a este Epílogo, tenían y tienen el objetivo de mostrar y demostrar, el peligro de ignorar las insidiosas campañas propagandísticas, en particular cuando el know how proviene de los laboratorios de exKGB.

Defender la verdad objetiva, la independencia periodística y la soberanía de las democracias liberales frente a estas operaciones híbridas ya no es una opción. Es una necesidad urgente, porque quien controla la narrativa, termina controlando la realidad.

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