“El totalitarismo aspira a dominar completamente al individuo, a hacerlo superfluo” – Hannah Arendt

“No hay ninguna duda de que detrás de las manifestaciones de este tribunal […] se encuentra una gran organización. Una organización que se dedica a detener a personas inocentes y a incoar procedimientos absurdos.”— Franz Kafka, El proceso
Cuando Kafka escribió “El proceso” y “El castillo”, no estaba retratando solo la burocracia austrohúngara. Estaba anticipando un mundo donde el individuo se disuelve en un laberinto de procedimientos opacos, donde nadie parece ser el responsable último y esa responsabilidad se diluye en lo que Hannah Arendt habría llamado un “gobierno de Nadie”.
Josef K. nunca sabe de qué se lo acusa. El agrimensor K. nunca llega al Castillo. En ese estadio, la máquina funciona sola.
José Saramago, medio siglo después, humanizó esa pesadilla. En “Todos los nombres” (1997), crea una “Conservaduría General del Registro Civil”, un archivo infinito que reduce vidas a fichas, nacimientos, matrimonios, defunciones, todo ordenado, todo clasificado.
Don José, el escribiente gris, solo recupera su humanidad cuando se obsesiona por la ficha de una mujer completamente anónima: el gesto mínimo de mirar a otro como persona, y no como dato, rompe —aunque sea fugazmente— la lógica de la máquina.

“La Conservaduría General del Registro Civil no quiere saber quiénes somos. Nosotros no somos para ella sino un pedazo de papel con algunos nombres y algunas fechas.”— José Saramago, Todos los nombres
Más tarde, en 2002 en “El hombre duplicado”, Saramago va un paso más allá: si alguien puede ser copiado perfectamente, ¿qué queda de nuestra singularidad? La burocracia no solo archiva; homogeniza, hace intercambiables a las personas.

De la Distopía a una realidad que avanza implacable
Lo que entonces, apenas dos décadas antes, leíamos como una lejana distopía literaria hoy parece un manual de instrucciones en plena marcha. Las “modernas” formas de control ya no necesitan tiranos visibles ni propaganda estridente. Les basta con algoritmos, bases de datos y la promesa de seguridad y eficiencia.
El totalitarismo burocrático del siglo XXI puntúa, archiva y excluye en silencio.
El cuento chino también se escribe en inglés
China es el paradigma más avanzado del modelo. Su Sistema de Crédito Social integra datos masivos para premiar la conformidad y castigar la desviación, reduciendo al ciudadano a un puntaje que condiciona viajes, empleos y vida cotidiana. Ese modelo se replica —con variantes más suaves— en democracias occidentales que aprovecharon la pandemia como laboratorio y que hoy, bajo gobiernos “progresistas”, aceleran el control burocrático-digital.
Un caso paradigmático y particularmente inquietante es el Reino Unido de Keir Starmer, un Estado que, bajo la bandera de la “seguridad” y la “protección de los niños”, construye uno de los sistemas de vigilancia más avanzados y discretos de Occidente.
En enero de 2026 el gobierno anunció la expansión masiva del reconocimiento facial en vivo (LFR): planes para dotar a todas las fuerzas policiales con 40 vans móviles adicionales (aumentando de 10 a 50), cámaras fijas permanentes en zonas urbanas y un National Centre for AI in Policing (“Police.AI”) con £115 millones de inversión. La Policía Metropolitana, en 2025 ya escaneó millones de rostros -en principio, inocentes y, además, sin aviso-; el High Court respaldó recientemente su uso y el despliegue nacional avanza.
En paralelo, el Online Safety Act (pleno vigor desde 2025) obliga a las plataformas a implementar verificaciones de edad “altamente efectivas”, incluyendo escaneos faciales y análisis biométricos, y a moderar preventivamente “contenido dañino” bajo amenaza de multas millonarias.
Lo que se vende como protección infantil es, en la práctica, un mecanismo de control de la expresión y la circulación de ideas.
Starmer impulsó también un esquema de identidad digital para comprobar el derecho al trabajo (el llamado “BritCard”), aunque la obligatoriedad fue parcialmente frenada tras fuerte rechazo ciudadano. Críticos como Silkie Carlo de Big Brother Watch lo describen sin rodeos: estamos ante un “open prison” de datos y algoritmos que haría sonrojar al propio Orwell.
No hay gulags ni propaganda totalitaria; hay cámaras que te reconocen en la calle, algoritmos que deciden qué puedes leer y un Estado que acumula herramientas para saber dónde estás, con quién hablas y qué piensas… todo “por tu seguridad”.
El ojo de Gran Hermano mirando al Sur
En tanto, en el lejano sur, Uruguay, con su tradición democrática y su entusiasmo por la modernización digital, no es una excepción. Al contrario: en los últimos meses se viene configurando una acumulación de herramientas —leyes, decretos, planes e infraestructuras— que, bajo banderas legítimas de seguridad, eficiencia y protección, construyen pieza a pieza las bases de lo que podría convertirse en un Registro Civil digital.
Dicho de otra manera: un Estado con ambición y propósito de tener todo de todos todo el tiempo.

Algunos hitos…
«El totalitarismo en sociedad empieza como una comedia» Álvaro Ahunchain
El caso más visible e inquietante es el impulso del Ministerio del Interior a los llamados “anillos digitales” o “arcos digitales”: pórticos físicos instalados en rutas y accesos, equipados con cámaras de lectura automática de matrículas (LPR), sistemas de reconocimiento facial y capacidad de monitoreo.
En el marco del Plan Nacional de Seguridad Pública 2025-2035 (presentado en marzo de 2026), ya se está instalando el quinto en la zona metropolitana, con proyección de alcanzar 28 durante este año y superar los 50 en total; además, entre 2026 y 2027 se prevé incorporar unos 25 nuevos en las fronteras. La red nacional de videovigilancia ya supera las 14.000 cámaras con análisis en tiempo real.
Todo se presenta como herramienta contra el delito. Pero el efecto acumulativo es otro: cada vez más movimientos de los ciudadanos quedan archivados en sistemas que, una vez alimentados, no olvidan.
En paralelo, el Decreto N° 66/025 (febrero de 2025) convirtió en obligatorio el Marco de Ciberseguridad de AGESIC para toda la Administración Central, gobiernos departamentales, entes autónomos y —novedad importante— hasta para empresas privadas de sectores críticos (finanzas, energía, telecomunicaciones, salud).
Lo que era una guía pasó a ser exigencia, con niveles de madurez obligatorios, auditorías y mayores potestades de control centralizado de datos.
La identidad digital sigue expandiéndose.
Usuario gub.uy y la cédula digital ya permiten más de 2.300 trámites en línea. Lo que parece pura comodidad es también la construcción progresiva de un perfil único y permanente. El Decreto N° 145/025 (julio de 2025), que reglamenta la ley de protección a trabajadores de plataformas digitales, obliga a estas empresas a registrar y poner a disposición de las autoridades datos de geolocalización, logs y algoritmos.
Mientras tanto, en el Parlamento avanza el debate sobre un proyecto de ley de seguridad digital (ingresado en junio de 2025) que tipifica nuevos ciberdelitos y busca equilibrar derechos con control. Y se multiplican las iniciativas de “transparencia digital” y prevención de desinformación que, en la práctica, ponen a las plataformas bajo obligación de reportar y moderar según criterios que suelen terminar siendo políticos.
Todavía no existe en Uruguay un “puntaje social” explícito como el chino, ni un sistema que sancione automáticamente conductas con restricciones a viajes, créditos o empleos.
Sin embargo, la acumulación de estas herramientas —cámaras inteligentes, perfiles digitales centralizados, obligaciones de entrega de datos y marcos regulatorios cada vez más amplios— crea la infraestructura técnica y jurídica que haría posible, en el futuro, un control mucho más fino y discreto de la vida individual. Nadie monta un cadalso si no piensa usarlo; pero una vez armado, es difícil desmontarlo.
Don José, en “Todos los nombres”, se rebeló mirando una ficha anónima y decidiendo que esa vida importaba. Hoy la rebeldía más elemental consiste en seguir mirando al otro como persona, y no como dato o perfil.
Porque cuando el “Registro Civil” -que todo lo tiene y todo lo sabe- ya no está en un sótano polvoriento sino en la nube, y cuando el laberinto kafkiano tiene cámaras con IA, la pregunta ya no es si viene el control.
La pregunta es si aún estamos a tiempo de romper el archivo y defender la vigencia plena de la libertad individual.
¿Lo estamos?
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