Faltan fundamentos: cuando la política se vuelve poesía.

A propósito de la Cumbre de Marketing Político en la IMM

En la Cumbre de Marketing Político realizada en la Intendencia de Montevideo, tras una charla sobre algoritmos y la idea del “presidente-avatar”, el Dr. Julio María Sanguinetti lanzó una frase que recibió un aplauso cerrado:
“Si no hay sustancia y contenido, no hay campaña posible.” Brillante.
Tenía razón. Pero le faltó una palabra.
Faltan fundamentos.
Porque la sustancia sin fundamento es retórica, y el contenido sin fundamento es poesía. Y el Uruguay lleva casi cuarenta años confundiendo una cosa con la otra.

La política como oficio poético
Hay un fenómeno que recorre el debate público uruguayo y que la sala no nombró aquella tarde: en nuestra política importa más el tono que los resultados.
Milei grita, y eso se discute durante semanas. Que los gobiernos anteriores argentinos hayan licuado el equivalente a tres productos brutos internos de patrimonio nacional y dejado el 58% de la población en pobreza, eso no se discute. No porque no se sepa, sino porque el sistema discursivo de la política latinoamericana y muy especialmente el uruguayo, está organizado para procesar formas, no consecuencias.

Discutimos qué se dijo, cómo se dijo, con qué tono se dijo. No discutimos qué pasó, qué se produjo, qué vida se hizo posible o imposible con lo que se hizo. La palabra sustituyó al hecho. Y cuando la palabra sustituye al hecho, la política deja de ser gestión de lo común y pasa a ser literatura de ocasión.

El problema de los aplausos
En la misma cumbre, cuando alguien enunció “somos una democracia fuerte”, el salón aplaudió. Es comprensible: es una frase que toca una fibra identitaria real. El problema es otro: aplaudimos el enunciado sin revisar la evidencia.
El informe publicado por Contraviento.uy en diciembre de 2025, basado íntegramente en estadísticas oficiales del INE, BCU, MEF, MSP, OMS, OPS, OCDE y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, pone sobre la mesa lo que se aplaude sin mirar:
• Déficit fiscal 2024: 4,1 % del PBI, el más alto en más de una década.
• Deuda pública consolidada: 71 % del PBI, más de diez puntos por encima de 2019.
• Gasto primario del Estado: +4,7 % real en 2024, por encima del límite legal del 2,8 %.
• Tasa de hurtos: 3.205 cada 100.000 habitantes — cuatro veces el promedio mundial (783).
• Tasa de rapiñas: 522 cada 100.000 — cinco veces el promedio mundial (105).
• 372 personas privadas de libertad cada 100.000 habitantes, puesto 14 del mundo. Superpoblación carcelaria superior al 30 %.
• Suicidios: 21,35 cada 100.000, el doble del promedio mundial. Uruguay es la única región del planeta donde la tasa sigue en aumento, con crecimiento acumulado del 60 % en las últimas décadas.
• 16 personas mueren por suicidio cada semana y se registra un intento cada tres horas. Es la principal causa de muerte entre adolescentes y jóvenes de 15 a 24 años.
• 17,3 % de pobreza general. 32 % entre los menores de seis años. Pobreza multidimensional: 18,9 %.
• Desempleo juvenil: 25,1 % — uno de cada cuatro jóvenes sin trabajo. El 21,5 % de los trabajadores se desempeña en condiciones de informalidad.
• 2.800 personas en situación de calle en Montevideo, 55 % más que en 2019. El 92 % consume drogas; el 46,7 % tiene antecedentes de encarcelamiento.
• Primer consumidor de cocaína per cápita de América Latina y sexto del mundo. El 91 % de los tratamientos por drogas son por cocaína.
• Primer consumidor de alcohol per cápita de las Américas (11,1 litros de alcohol puro por persona al año). El 28 % de los jóvenes de 13 a 17 años registró al menos un episodio de consumo excesivo el último mes.
• Tasas de interés legales de hasta 122 % anual en créditos al consumo: un préstamo de 20.000 pesos puede devolverse en más de 44.000, dentro del marco legal.
• Más de medio millón de uruguayos viviendo en el exterior sobre una población que no llega a tres millones y medio.

¿Somos una democracia fuerte? La democracia formal, la de los procedimientos, sin duda. Pero si definimos la fortaleza de una democracia por los resultados que produce en la vida de su gente y es el único modo serio de definirla, Uruguay tiene una democracia formalmente robusta y materialmente enferma o democracia de papel.

Lo que evitamos, y lo que eso nos costó
Sanguinetti dijo esa tarde otra frase que también merecía atención:
“Es tan importante lo que evitamos como lo que logramos hacer.”

Dicho por un presidente que, al jurar ante el Parlamento el 1º de marzo de 1985, cargaba, según él mismo relata en La Reconquista con el temor de que al día siguiente, al abrirse los bancos, se desatara una corrida de depositantes sobre un sistema financiero que «crujía» como herencia directa de la crisis de 1982, la frase tiene peso biográfico. La corrida no ocurrió: se manejó con señales de continuidad institucional y respaldo del Banco Central. En ese sentido estricto, Sanguinetti evitó una corrida bancaria real. Pero la frase tiene también un filo que quizás el propio Sanguinetti no quiso hundir del todo en la herida uruguaya. Porque evitar la corrida del 85 no fue lo mismo que resolver sus causas. Las vulnerabilidades estructurales que la habían gestado la percepción de garantía estatal implícita a los bancos, la debilidad de la regulación prudencial, la fragilidad de una banca privada endeudada no se tocaron. Volvieron, diecisiete años después, como la crisis bancaria de 2002: esta vez sin que nadie pudiera evitarlas. Churchill ya había dicho algo incómodo sobre el mismo asunto:

“Si te humillas para evitar la guerra, tendrás la humillación y también la guerra.”
Y esa es, con un respeto hondo por los dos expresidentes que hablaron aquella tarde, la historia del Uruguay de los últimos cuarenta años.
Desde 1985, la clase política uruguaya ha construido su continuidad sobre una emocionalidad común: la de evitar los conflictos estructurales. No es cobardía. La evitación tiene una historia: es la respuesta aprendida al trauma de la ruptura democrática, a la cercanía siempre amenazante de los colapsos argentinos. Se aprendió, con razones, que escalar los conflictos sale caro, que bajar la voz desarma incendios, que sostener la convivencia vale más que tener razón.
Todo eso es cierto. Y también es cierto que la evitación, convertida en método de gobierno, produce un país que no decide, no transforma, no confronta. Un país en el que las decisiones difíciles se posponen hasta que dejan de ser decisiones y pasan a ser síntomas.


El caso que más duele
Desde mediados de los años 90, los principales sindicatos docentes uruguayos operan con una lógica política determinada, ideológicamente alineados con un sector específico del espectro. Esa es su legítima opción gremial. Lo que no es tan legítimo es que ningún gobierno —ni colorado, ni nacional, ni frenteamplista— haya sido capaz de construir una política educativa que subordine los intereses corporativos a los aprendizajes de los niños uruguayos.

¿Falta de visión? ¿O evitación de la guerra que hubiera significado confrontar con poderes corporativos consolidados?
Lo que se evitó no se evitó. Simplemente se desplazó en el tiempo, y se transfirió a los niños que hoy terminan la escuela sin comprender lo que leen. Los resultados de PISA, las tasas de abandono en secundaria, la desigualdad educativa entre Montevideo y el interior, el 32 % de niños menores de seis años en hogares pobres: toda esa “guerra” que los gobiernos se ahorraron, la están peleando ahora, perdiéndola, los que menos pueden.
Los gobiernos evitaron la guerra con los sindicatos. Tuvieron la humillación de seguir discutiendo lo mismo treinta años después. Y tienen también la guerra, la guerra silenciosa, la guerra cotidiana que libra cada chico que llega a la adolescencia sin las herramientas para construir una vida digna.
Idéntica dinámica ocurrió con la matriz productiva, cuarenta años de hablar de transformarla y cero transformación real, porque transformarla exige confrontar con las rentas establecidas.

La congruencia decir-hacer como signo vital
La salud de un sistema social se mide en la congruencia entre su decir y su hacer. Cuando la distancia entre lo que se dice y lo que efectivamente ocurre se vuelve estructural, el sistema se enferma. Y, eventualmente, se quiebra.
El Uruguay de hoy tiene un problema serio de congruencia. Se dice “democracia plena” mientras los adolescentes se suicidan más que en cualquier otra parte del mundo. Se dice “estabilidad” mientras la deuda sube más de diez puntos del PBI en cinco años. Se dice “país de oportunidades” mientras uno de cada cuatro jóvenes no tiene trabajo y medio millón de uruguayos vive en el exterior.
Eso no es un problema de marketing político. Es un problema de realidad política.

El fundamento ausente
Un fundamento es algo distinto a una idea bonita. Es un compromiso con la realidad, una hipótesis verificable, un resultado mensurable al que el político queda atado. “Vamos a transformar la matriz productiva” no es un fundamento; es un slogan. El fundamento sería: “Nos comprometemos a que en cinco años el 30 % de las exportaciones sean de bienes con agregado tecnológico medido por tal parámetro, y si no lo logramos, asumimos esta consecuencia política explícita”.
Eso no existe en la política uruguaya. No existe desde 1985. Por eso cada gobierno puede irse dejando los indicadores peor de como los recibió sin que pase absolutamente nada. Porque nunca se comprometió con un resultado: sólo con un relato.

La ausencia de estrategia país
Hay algo más grande que ningún partido quiere nombrar porque los alcanza a todos: desde 1985 Uruguay no tiene estrategia país. Tiene gobiernos, tiene administraciones, tiene ciclos de cinco años. Lo que no tiene es un proyecto nacional con horizonte largo, acordado por encima de las alternancias, que fije qué país queremos ser en 2035 o 2045 y organice las decisiones presentes en función de ese horizonte.

Cada gobierno nuevo inaugura como si no hubiera habido antes. Nada se acumula, nada se continúa. Los programas de un período no se vuelven políticas de Estado del siguiente: se archivan. Los datos que vimos más arriba son, entre otras cosas, la consecuencia acumulada de esa discontinuidad. Cuarenta años de democracia transparente produjeron un país que sigue exportando commodities como en 1900, que exportó también a sus mejores jóvenes, y que no logra transformar lo que dice querer transformar en cada campaña. Donde debería haber rumbo hay una sucesión de gestiones. Y donde debería haber Estado, hay gobiernos. Esa es la gran irresponsabilidad estructural de la política uruguaya.

El coraje que falta
Hacer frente a los problemas reales no es agresividad. Es, en el sentido más noble de la palabra, coraje: la disposición a sostener el conflicto necesario sin romper el vínculo. Es la capacidad de dar la pelea desde un lugar que no deshumaniza al adversario ni se victimiza a uno mismo.
Uruguay lo hizo alguna vez. Construyó las ocho horas de trabajo, el voto femenino, la educación laica y gratuita, el Banco República, UTE, cuando enfrentarse con los poderes de entonces no era cómodo. Ese Uruguay existe todavía en nuestra memoria histórica. No existe en nuestra política presente.

La factura
La poesía política es seductora. Pero las consecuencias de gobernar con poesía son prosaicas, duras, muy concretas. Las pagan los niños que crecen en hogares donde no hay para comer, los adolescentes que no ven futuro, los jubilados cuyo poder adquisitivo se erosiona, los uruguayos que hacen las valijas.
Churchill tenía razón. Sanguinetti tenía razón. Lo que evitamos puede ser tan importante como lo que logramos. Pero cuando evitar se vuelve el único verbo de la política, entonces no estamos gobernando: estamos postergando. Y la factura, invariablemente, la pagan los que menos tienen.
Si no hay sustancia no hay campaña, dijo Sanguinetti. Agreguemos: si no hay fundamentos no hay país, aplaudamos menos, revisemos más.

 

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