GOBERNANZA · BIOLOGÍA · SOSTENIBILIDAD HUMANA (IV)
Un lector me dijo: “la solución es el mercado, que cada uno se vaya si no le gusta”. ¿Y, si no fuera así? Paso a contar algo que cambia bastantes cosas.
Hace unos días publiqué un artículo. Decía algo simple: las organizaciones que tratan a las personas como máquinas a las que se les aprieta un botón producen daño. La gente se rompe.
Un lector me respondió en redes algo inteligente. “Estoy de acuerdo con el diagnóstico, pero no con la salida. La solución no es la biología. Es el mercado. Si una empresa trata mal a su gente, que la gente se vaya. Que las empresas compitan. Que cada uno elija.”
“Dos miradas distintas para el mismo problema”, concluyó.
Le tengo que contestar que no. Y por una razón importante: las dos miradas piensan igual, en ese sentido, sobre las personas. Y se equivocan en lo mismo.
El jefe y el mercado piensan igual
Parece raro. El jefe que manda desde arriba y el mercado que deja elegir desde abajo parecen opuestos. Uno controla. El otro libera.
No. Los dos creen lo mismo: que somos máquinas que reaccionan a estímulos. Le das al humano la señal correcta -un sueldo, un ascenso, un precio, una multa- y el humano hace lo que vos esperás.
El jefe ajusta los incentivos. El mercado ajusta los precios. Cambia quién aprieta el botón. Pero el humano que imaginan es el mismo: una máquina racional que recibe señales y responde.
Y los humanos no funcionamos así.
La gente no se va. Se queda y se apaga
El argumento del mercado dice: “si tu trabajo no te sirve, te vas a otro”. Suena lógico. Pero mirá alrededor, la mayoría se apaga.
¿Cuántos conocés que siguen en trabajos que los dejan exhaustos? ¿En relaciones que los apagaron hace años? ¿En ciudades que ya no soportan? Mucha gente. Y no es porque sean tontos. Es porque irse no es simple.
Tu trabajo no es solo tu trabajo. Es tus compañeros, tu rutina, lo que sabés hacer bien, las mañanas que tienen forma. Tu barrio no es solo tu barrio. Es la panadería donde te conocen, los vecinos, los caminos que ya no tenés que pensar. Tu familia no es solo tu familia. Es la única estructura desde la cual tu cuerpo aprendió «la estabilidad»
Salir de cualquiera de esas cosas no es un costo de plata. Es perder pedazos de uno mismo.
Por eso, en empresas tóxicas, la gente no renuncia. Se queda y se apaga. Hace lo mínimo. Está, pero ya no está. Esa es la peor salida de todas: la que no se ve.
Y cuando alguien finalmente sí se va, no es porque calculó alternativas. Es porque el dolor de quedarse superó lo que el cuerpo podía aguantar. Eso no es libertad. Es supervivencia.
Para elegir entre opciones, hay que poder mirarlas desde afuera
El mercado dice también: “que distintos modelos compitan, vos elegís el que te conviene”.
Pero para elegir entre modelos, una persona tendría que poder pararse afuera de todos ellos y compararlos con calma. Y nadie puede.
Quien creció en una familia autoritaria no compara modelos de crianza desde un balcón neutral. Vive desde lo único que conoció. Quien trabajó veinte años en una empresa no evalúa “marcos organizacionales” en una hoja de Excel. Piensa desde la única forma de trabajar que aprendió.
La gente puede cambiar. Pero el cambio nunca es elegir entre opciones puestas sobre una mesa. El cambio ocurre al estar con otros que ya viven distinto. Lentamente. Conversando. Dejándose afectar.
¿Entonces qué se hace?
Acá está lo que más cuesta ver. Y lo que más importa.
Lo que sostiene un equipo no son las metas trimestrales. Son las conversaciones honestas entre sus integrantes. La confianza acumulada. Poder traer un error sin que te destruyan.
Lo que sostiene un país no es solamente el PBI ni las leyes. Es la red de relaciones diarias en la convivencia donde la gente puede coordinarse y volver a encontrarse. Cuando esa red se rompe, las leyes se multiplican para tapar lo que el tejido ya no provee. Uruguay lo está mostrando con claridad.
Lo que sostiene un mercado no es solo la competencia. Es la confianza. Cuando comprás algo, no estás haciendo un cálculo. Estás operando desde la confianza de que lo que te venden es lo que dice ser, y de que el sistema no se va a caer mañana. Cuando esa confianza desaparece, el mercado deja de funcionar. No importa cuán buenos sean los precios.
El mercado no produce confianza. La gasta.
La confianza, los vínculos, la palabra que vale: esas cosas no las produce el mercado. Son los cimientos sobre los que el mercado se apoya. Cuando un sistema socio-económico se come esos cimientos está cortando la rama en la que está sentado.
Y acá viene la parte grande
Hasta acá, parece una discusión técnica sobre empresas y mercados. Lo es. Pero hay algo más grande pasando debajo, y lo voy a decir.
Lo que está en juego es la idea misma de qué es un ser humano, sobre la cual Occidente construyó todas sus instituciones durante dos mil quinientos años.
Esa idea viene de Platón. Y con la biología contemporánea, esa idea se actualiza.
Se actualiza la idea de un sujeto racional que accede a verdades por encima de la experiencia. Se actualiza la idea del yo como piloto que habita el cuerpo. Se actualiza la idea de una razón pura separada del cuerpo y de la emoción.
Esto no es filosofía. Es lo que muestran cincuenta años de biología y neurobiología del conocer: los estudios sobre niños en aislamiento, el trabajo sobre apego, la patología de la soledad crónica.
Maturana lo dice claro: el individuo humano no es algo que existe antes de la relación. Es lo que la relación hace posible.
Un bebé que nace fuera de toda relación humana no se desarrolla como humano. Le falta la constitución misma del sujeto que después podría tener habilidades. El lenguaje, la conciencia, el yo capaz de decir “yo”: todo eso emerge en la convivencia. No antes.
Somos individuos únicos. Pero esa individualidad solo es posible en la relación.
Por qué esto cambia todo
Toda la modernidad política está construida sobre el lado equivocado del problema platónico.
El liberalismo se quedó con el alma individual de Platón sin el mundo de las Ideas. Y construyó al individuo abstracto: el agente racional, el contrato social, las preferencias dadas.
El colectivismo se quedó con el mundo de las Ideas sin el alma individual. Y construyó al sujeto-función: la clase, la nación, la historia.
Las dos son herederas del mismo error: separar al individuo de los vínculos que lo hacen posible.
Maturana ofrece el camino que Occidente nunca tomó: ni individuo previo a la relación, ni colectivo que disuelve al individuo. Organismos únicos que solo florecen como individuos plenos cuando la trama relacional que los constituye se cuida.
Lo que esto significa
No estoy diciendo que el individuo se diluya en lo colectivo. Eso sería colectivismo, y lo rechazo igual que rechazo el individualismo abstracto. Cada ser humano es único, vive su propia experiencia, y nadie puede vivirla por él.
Lo que digo es algo más fino: ese individuo único se constituye en la relación, no antes. Y por eso proteger las condiciones relacionales no es subordinar la persona al grupo. Es cuidar la única matriz donde personas plenas pueden seguir formándose.
Es exactamente lo opuesto del colectivismo. Lo que se defiende acá es al individuo. Pero al individuo real, no a la abstracción que la modernidad heredó sin examinar.
La pregunta que sigue
El verdadero debate entre la biología del conocer y las tradiciones que defienden la libertad individual no se ha tenido todavía. Y no es cómodo.
Le pide al liberalismo que reconozca que su humano-tipo es una ficción. Le pide a la izquierda que reconozca que disolver al individuo en el grupo no es liberación, sino otra forma del mismo error y tal vez la esclavitud actualizada al siglo XXI. Y le pide a la biología del conocer que reconozca que algunas formas de descentralización protegen mejor la vida humana que cualquier centralización benevolente.
Pero ese debate solo puede empezar cuando dejamos de creer que tenemos miradas complementarias para el mismo problema. No las tenemos. Tenemos comprensiones distintas de qué es un ser humano.
La pregunta no es si los mercados son buenos o malos. La pregunta es: ¿qué tipo de seres humanos estamos suponiendo que somos cuando diseñamos los sistemas en los que vivimos?
Y la pregunta que sigue, todavía más incómoda: ¿qué pasaría si dejáramos de suponer y empezáramos a mirar?
Maturana lo vio. La pregunta es cuándo, como sociedad, lo vamos a tomar en serio.
Agradezco a Ibrahim Ferreira por la objeción que dio origen a este artículo, invitándome a la reflexión.
Cuarto artículo de la serie sobre gobernanza, biología y sostenibilidad humana. Anteriores: “El potencial que la educación no ve”, “El potencial desperdiciado que las organizaciones no ven” y “El potencial de la biología que la gobernanza no ve”.
