Infancia, territorio de nuevas luchas ideológicas

La infancia convertida en territorio ideológico

Atravesamos una época extraña. Nunca se habló tanto de proteger a los niños y, sin embargo, nunca tantos niños parecieron tan ansiosos, confundidos, hipervigilantes y emocionalmente sobrecargados.

Niños ansiosos.
Niños que no quieren ir al colegio.
Niños que hablan como adultos.
Niños atrapados en conflictos que no entienden.
Niños hipervigilantes, confundidos, sobre estimulados emocionalmente y muchas veces cargando angustias que no son propias.

Algo está pasando no ? Lo pueden ver ?

Por eso, desde mi punto de vista se hace necesario advertir especialmente del último mamarracho que se quiere legislar, que suena muy muy lindo y lo venden como la píldora de todos los males , la educación emocional

Pensemos que, probablemente, una de las razones por las cuales hemos llegado a este punto sea porque hemos empezado a normalizar formas de violencia psicológica, manipulación y adoctrinamiento infantil bajo discursos aparentemente incuestionables como la concientización, la educación emocional, la perspectiva de género, la prevención o la validación emocional.

Hoy muchos niños crecen expuestos precozmente a conflictos, discursos y categorías adultas que no están preparados para procesar. Se les enseña a sospechar, a hipervigilar sus emociones, a reinterpretar vínculos familiares, a hablar en lenguaje ideológico antes incluso de haber consolidado aspectos básicos de su identidad emocional.

Y todo esto ocurre mientras los adultos se convencen de que están ayudando, porque primero los convencieron y adoctrinaron a ellos, (yo intento que vuelvan al pensamiento crítico que no se dejen anular por la manada , que lo teman , que los argumentos empíricos les protegen)-

La infancia comenzó a convertirse en territorio ideológico y muy rentable económicamente para algunos nichos.

No se trata solamente de contenidos de educación sexual muy discutibles para determinadas edades y por quienes lo dan El fenómeno es mucho más amplio. Aparece también en ciertos modelos de educación emocional donde el niño es entrenado para analizarse permanentemente, etiquetar emociones, reinterpretar vínculos y leer la realidad desde categorías emocionales prefabricadas. La evidencia empírica ya desterró este mito hace años , las emociones no se educan.

Se está instalando incluso la idea de regular por ley este tipo de abordajes, como si el Estado pudiera moldear emocionalmente a los niños sin enormes riesgos psicológicos y culturales.

El problema es que un niño no es un proyecto político, terapéutico ni ideológico.

Y mientras gran parte de la sociedad entra en pánico por las pantallas, las redes o el tiempo frente a dispositivos, parece minimizar otras formas de violencia mucho más profundas y silenciosas: la invasión psicológica temprana, la captura emocional, la exposición constante a conflictos adultos, la sexualización precoz, la manipulación afectiva y la colonización ideológica de la infancia bajo el disfraz de la protección.

Porque muchas veces el problema ya no es solamente la violencia explícita, sino aquella que deja de percibirse como violencia porque viene envuelta en lenguaje terapéutico, pedagógico o moralmente correcto.

Y cuando la infancia queda sometida a este tipo de intervenciones permanentes, empiezan a aparecer síntomas que luego la misma sociedad patologiza: ansiedad, miedo, rechazo escolar, hipersensibilidad, dependencia emocional, fragilidad psíquica y dificultades crecientes para diferenciar experiencias reales de narrativas inducidas.

En paralelo, vemos otras formas de violencia infantil completamente naturalizadas: bullying minimizado por las instituciones, separaciones destructivas donde los hijos son utilizados emocionalmente contra uno de sus padres, alienación parental, implantación de memorias, sugestión infantil e incluso instrumentalización de denuncias de abuso sexual en contextos de conflicto adulto.

Lo más grave es que muchas de estas prácticas ya ni siquiera generan alarma social. Por el contrario: suelen recibir validación institucional, mediática o ideológica.

Y ahí aparece uno de los mayores peligros actuales para la infancia: cuando la manipulación deja de percibirse como manipulación porque adopta el lenguaje de la protección, la empatía o los derechos.

Estamos criando niños cada vez más intervenidos psicológicamente, más expuestos a conflictos adultos y más alejados de algo esencial para el desarrollo emocional sano: la posibilidad de construir su identidad de manera gradual, espontánea y libre de colonización ideológica.
El niño necesita protección. Pero también necesita algo que estamos perdiendo: el derecho a desarrollar su identidad lejos de las guerras psicológicas de los adultos.

Una sociedad puede destruir la infancia no solo por abandono o violencia física. También puede hacerlo cuando invade psicológicamente al niño con conflictos, ideologías, miedos y guerras emocionales adultas.

Y a veces la sensación más inquietante es esta: que mientras todos dicen hablar en nombre de los niños, cada vez hay menos adultos realmente dispuestos a escucharlos, comprenderlos y protegerlos del mundo que nosotros mismos estamos creando.

 

 

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