
Hay algo verdaderamente conmovedor en quienes dedican su valioso tiempo, ese recurso tan escaso, tan irrecuperable, a leer con lupa lo que hacemos acá en Contraviento, analizar cada detalle, y luego sentarse frente al teclado con la gravedad de un cirujano para informarle al mundo que somos «provectos con causal jubilatorio que aprendieron a jugar con la IA» o, en la versión más reciente del insulto, «papanatas aspirantes a intelectuales».
Primero: gracias. De verdad. Hay que tener una dedicación casi monástica para seguir tan de cerca el trabajo de gente que, según el mismo crítico, no vale la pena seguir.
Segundo: el crochet. Nos recomendaron el crochet. Una actividad que, al parecer, constituye el techo máximo de la realización humana en la escala de valores de nuestro recomendante. Ignoramos si lo dice con la autoridad de un practicante consagrado o simplemente como quien señala el límite intelectual que le corresponde a los demás, nunca a uno mismo, claro está.
Tercero, y esto es lo más delicioso: cada vez que alguien publica una de estas perlas, llega gente nueva. Gente curiosa. Gente que quiere ver qué es eso que tanto incomoda. Qué pueden hacer, en efecto, unos viejos con causal jubilatorio, papanatas con aspiraciones intelectuales que generan tal angustia existencial en un tuitero con tiempo libre.
Y cuando entran y miran, se quedan.
Así que seguiremos siendo lo que somos: papanatas, jubilables, aspiracionales e irritantes. Y nuestros críticos más fervientes seguirán haciendo lo que mejor saben hacer: leer todo lo que producimos y contárselo gratis a sus seguidores.
El algoritmo nos une. Qué hermoso. Gracias por el apoyo.
