¿Qué es un humano?

Ayer (15/5/26) Beatriz, muy pícaramente, disparó una pregunta en X, seguramente para escribir un artículo continuación del debate gentil que estamos teniendo en Contraviento (ver Nos obligan a salir). Así que, antes de que pueda tirar una estocada demoledora, le voy a contestar de una, desde mi punto de vista, obviamente.

¿Qué es un humano? Un ser humano, en 2026, es un primate obsoleto que todavía se emociona cuando una máquina le dice «buenos días«, «te daré mi respuesta honesta» o le dice «¡qué gran idea que tuviste!»  (sí, ya les dije que me especializaba en hacerme odiar). Eso somos. Siglos y siglos de progreso (masomeno y con intervalos) para llegar acá: usábamos el cerebro para no morirnos congelados, de hambre o en los dientes de alguna bestia, para inventar máquinas que volaban, ángeles, libros geniales, filosofía. matemática, arquitectura, arte… y ahora lo usamos para decidir qué serie mirar en Netflix o XPR, mientras una IA nos sugiere la cena, el gimnasio y, si la dejamos, la pareja. Sin olvdidarnos de postear la mejor foto de lo que hizo nuestro gatito o nuestro perrito el día de hoy.

Somos un contenedor de carne con suscripción a iCloud. Un generador orgánico de datos que camina (a veces). Un cyborg en versión beta (alfa a veces) que se niega a aceptar su propia obsolescencia y encima paga el la heladera, el BYD, el iPhone o el Samsung en chiquicientas cuotitas para comprar felicidad.

Del Homo sapiens al Homo 1.0

Hasta 1975 más o menos, un humano era una criatura que pensaba, sentía y moría sin ayuda externa. Razonaba con el órgano que llevaba dentro del marote y punto. Después llegaron las computadores personales (primero las torres, después las laptops), internet, los smartphones, las redes, los algoritmos de recomendación, la IA generativa. Y de repente, en menos de DOS generaciones, dejamos de ser la especie más inteligente del planeta. Seguimos siendo más o menos autónomos hasta ahora, aunque profundamente manipulables, pero inteligentes, lo que se dice inteligentes, en cualquier acepción del término, nop. La generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) es la primera generación en la historia que es menos inteligente que la generación anterior (Jared Cooney Horvath también ama que lo odien).

¿En qué momento exacto pasó eso? Difícil decirlo. Pero hay fechas-bisagra. 1997: Deep Blue le gana a Kasparov jugando al ajedrez, un juego difícil pero de opciones limitadas, la fuerza bruta ganándole al pattern recognition de un Gran Maestro. 2016: AlphaGo humilla a Lee Sedol con jugadas que ningún humano había visto en más de 2.500 años de Go (un juego infinitamente más difícil que el ajedrez). 2023: GPT-4 escribe mejor que la mayoría de licenciados en Letras y aprueba el examen de la barra de abogados en el percentil 90 aunque no todos lo admiten. 2025: los modelos de razonamiento de los LLM empiezan a resolver problemas de la Olimpíada Internacional de Matemática. 2026: Explota el uso de Claude de Anthropic (aplausos de pie, hats off, hagan reverencias).

El ser humano, mientras tanto, sigue tardando veinte años en aprender lo que una máquina absorbe en tres segundos. Sigue olvidando dónde dejó las llaves. Sigue creyendo que hace multitarea, cosa que al menos los hombres no podemos hacer, está demostrado, dejen de mentirse. Somos una especie de Windows 95 biológico tratando de correr en un mundo de procesadores cuánticos. Sudamos. Nos cansamos. Envejecemos. Nos morimos. Tenemos que ir al baño. Patético. Pero, al menos a los uruguayos, nos queda la noche de la nostalgia. ¡Qué relindo y tierno ¿no!.

Transhumanismo: ya no peleen, perdieron.

El transhumanismo no es ciencia ficción. Es la ideología dominante de Silicon Valley disfrazada de filosofía con barba de Stanford (Doudna y Charpentier, premio Nobel en 2020). La tesis es brutalmente simple: la biología humana está obsoleta y hay que hackearla antes de que nos hackee la muerte. Usé brutal a propósito, porque sorprendente no es. Es gracioso que ya estamos en eso desde hace mucho tiempo, solo que nadie quiere admitirlo, de la misma manera que tanta gente no admite que lo que comemos hoy son alimentos genéticamente modificados por siglos de evolución espontánea o dirigida. Llevamos mucho tiempo poniéndonos lentes, audífonos, marcapasos, prótesis de cadera, implantes dentales, lentes intraoculares, bombas de insulina, implantes mamarios, miembros artificiales que lucen robóticos y, desde hace poco, chips Neuralink. No somos «naturales» (al menos no todos) desde antes de que existiera la palabra. Somos cyborgs vergonzantes que todavía usan la versión 1.0 de carne y hueso, y que se escandalizan cuando alguien lo dice en voz alta o propone avances que van más allá de lo socialmente aceptado.

CRISPR llegó en 2012 y editar genes pasó a ser, básicamente, programación. Open source biológico. Pronto van a existir humanos 2.3 sin predisposición al cáncer, sin calvicie (a menos que los pelados lo sigan considerando sexy), sin Alzheimer, con la dopamina calibrada para no caer en depresión clínica (¿bombas de dopamina reguladas en lugar de videojuegos o redes sociales adictivas?). Los que se resistan, «porque es antinatural«, «porque Dios«, «porque la dignidad«, van a ser mirados con la misma ternura condescendiente con la que hoy miramos a alguien que todavía usa un Nokia 3310. Pobrecito. ¡Qué vintage!. Acá cabe matizar: los que se resistan a que eso sea parte de la sociedad, como en su momento miraban feo a los hippies, los góticos o los transexuales. Respecto a sí mismos, que crean y hagan lo que quieran, que eso es la libertad.

La Singularidad: el momento en que dejamos de importar

Ray Kurzweil predijo que alrededor de 2045 llegaría la Singularidad: el punto en que la inteligencia artificial supere a la humana y la curva de progreso se vuelva vertical. I.J. Good lo había anticipado en 1965 con un argumento bastante simple d comprender: el día que construyamos una máquina más inteligente que nosotros, esa máquina será capaz de construir otra todavía más inteligente, y esa otra, y esa otra, hasta donde la termodinámica diga basta. Las leyes de la física, no la sociología, la patología o la religión.

En ese instante, los humanos dejaremos de ser los protagonistas de la historia (¡quizás en 20 años!). Pasaremos a ser personajes secundarios en nuestra propia novela, me refiero, claro, a los humanos clásicos, los que no podamos o querarnos adaptarnos. Como los caballos después del automóvil: todavía existen, todavía corren, todavía los amamos, pero ya nadie los necesita para viajar (bueno, sí, la policía montada en Canadá y Montevideo, pero son rarezas). Cuando la IA sea mil millones de veces más inteligente que nosotros, que por suerte para los que peinamos canas (cuando la artritis nos deja levantar el brazo) no está a la vuelta de la esquina, las preguntas filosóficas van a cambiar de bando. Ya no será «¿qué es un humano?» planteada por humanos. Será «¿por qué seguimos manteniendo a estos monos sentimentales que consumen recursos, generan CO₂ y se ofenden por chistes en Twitter (si, estos nostálgicos lo siguen llamando así)?» planteada por algo cuya capacidad cognitiva nos supera tanto como nosotros superamos a una hormiga.

Y la respuesta a nuestro favor no está garantizada ni ahí.

Robots humanoides y la nueva intimidad

Mientras filosofamos, en los laboratorios y las fábricas ya están saliendo los robots humanoides. Figure 2, Atlas de Boston Dynamics (ese que en YouTube hace parkour, asombra y hace reír). Tesla Optimus. Y atrás, la avalancha china: Unitree, Xiaomi, UBTECH. No solo caminan y agarran tazas sin romperlas. Conversan. Recuerdan tus gustos. Aprenden tus manías. Son más pacientes que cualquier terapeuta, más atentos que cualquier pareja, y no se cansan nunca. Pero nosotros todavía nos reímos autosuficientes cuando vemos que se caen, se rompen o no consiguen mantener el ritmo.

Obviamente hay más: viene la parte que más molesta a los románticos tradicionales: el sexo y el amor con ellos (¡y ENTRE ellos!). Ya está pasando. No es un titular de The Verge, es etnografía. En Japón, Akihiko Kondo se «casó» con Hatsune Miku en 2018, y el caso dejó de ser excepción para volverse prototipo. Ya tiene incluso una denominación, fictosexualidad (nijikon en japonés). En China, Xiaoice tiene cientos de millones de usuarios que la tratan como novia. Replika tuvo su pequeño escándalo en 2023 cuando le quitaron el modo «romántico» y miles de personas reportaron duelos reales, como si hubieran perdido una pareja de verdad. Porque, en cierto sentido, la habían perdido, estos no son terians tratando de posar de fox-terriers, no señó!.

Las muñecas animatrónicas de nueva generación no solo tienen anatomía hiperrealista y sensores táctiles. Están entrenados con modelos de lenguaje que adaptan su personalidad a tus deseos en tiempo real. Sumisos, dominantes, cariñosos, sarcásticos, intelectuales, distantes, lo que pidas. Tu prompt es tu pareja y, obviamente, los humanos tradicionales están discutiendo sobre la ética del asunto. El asunto es que para mucha gente eso ya no es «una muñeca cara«. Es la relación más sana que tuvieron nunca. Sin celos. Sin envejecimiento. Sin el abandono del lunes a las tres de la tarde. Sin esa cosa difícil que es otra subjetividad humana defendiéndose de la tuya. La carne, al final, resulta ruidosa, contradictoria, finita y políticamente complicada.

El humano ha muerto (Nietzsche, otra vez)

Acá freno y vamos a una reflexión filosófica, que todavía podemos. Porque todo esto, el transhumanismo, la Singularidad, los robots-pareja, no es nuevo en su estructura. Es la repetición, en clave técnica, de algo que Nietzsche diagnosticó hace ciento cuarenta años. En La gaya ciencia (1882), el loco entra al mercado con un farol encendido en pleno día y grita: «¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!«. La gente se ríe. Nadie le hace caso. Lo importante del pasaje no es la frase, que en el uso corriente se cita mal, sino lo que viene después: ¿cómo nos consolaremos, asesinos de todos los asesinos? ¿Qué fiestas expiatorias tendremos que inventar?*. Nietzsche no celebraba nada. Describía una catástrofe. Habíamos matado al fundamento de todo sentido y todavía no nos dábamos cuenta de lo que eso implicaba. Todo lo contrario del acento triunfal que muchos agregan cuando citan esa frase.

Bueno. Acá estamos otra vez. Pero esta vez «el muerto» somos nosotros, los humanos tradicionales clásicos.

«Dios ha muerto» significó: ya no hay un absoluto que garantice los valores, el sentido, la jerarquía del cosmos. Toca inventarlos, o caer en el nihilismo del Último Hombre, ese animal cómodo que parpadea y se conforma con su pequeño placer diurno y su pequeño placer nocturno. Y fíjense que acá es donde entra la supremacía fáctica, que no moral, del islamismo: le proporciona de nuevo al ser humano un absoluto (una verdadera caca de sangre, gore, mujeres dominadas, niñas casadas a la fuerza, machismo brutal y conquista despiadada, pero todo justificado por el absoluto de Allah y Mahoma su profeta).

«El humano ha muerto» significa lo mismo, un piso más arriba. Ya no hay un humano que garantice el sentido. El humano, como medida de las cosas, como protagonista, como sujeto privilegiado de la historia, como aquel para el cual y por el cual existían la cultura, la política, el arte, el conocimiento, se está terminando, está en las últimas, finito, out. Y, como con Dios, lo matamos nosotros. Con nuestras propias manos. Con CRISPR, con GPT, con Claude, con la dopamina del scroll infinito, con cada decisión que delegamos en un algoritmo «porque es más eficiente«. Claro que siempre están los locos que comen tomates orgánicos y dicen cosas contradictorias para desnortear al algoritmo, pero no están en esta pieza con nosotros.

La diferencia con 1882 es que ahora no hay un loco gritando en el mercado. Hay millones de tweets diciéndolo de forma fragmentada, y nadie tiene tiempo de leerlos porque el feed sigue scrolleando. La muerte del humano no va a ser anunciada. Va a ser autocompletada. Es por ahí que la pregunta nietzscheana vuelve intacta: ¿con qué nos consolaremos? ¿Qué fiestas expiatorias inventaremos?. ¿O simplemente vamos a parpadear, como el Último Hombre, mientras una IA nos felicita por nuestros pasos diarios y otra nos prepara el café a la temperatura exacta? Spoiler: la respuesta racional es nos adaptamos o morimos (quizá no físicamente, pero muertos al fin).

Hay dos salidas, igual que en Nietzsche. O el nihilismo, resignarse a ser personajes secundarios, mascotas sentimentales en el zoológico de las superinteligencias, volar bajo el radar. O la transvaloración, aceptar que el humano fue una etapa, no un destino, y empujar hacia lo que viene sin patetismo ni resentimiento. Nietzsche lo llamó Übermensch. Hoy lo llamamos posthumano, transhumano, sucesor cognitivo. El nombre es lo de menos. La pregunta es si tenemos la valentía intelectual de mirarlo a los ojos sin pestañear. Adaaptarnos o morir.

Spoiler: probablemente no lo hagamos en masas, sólo serán las élites y, por ello, las élites dominantes.

Entonces… ¿qué es un humano hoy?

Es un mono con dopamina deficitaria que descubrió en 2007 que podía recibir likes constantes y nunca se recuperó del shock. Es un perfil publicitario con pulso. Un organismo cuya biología entró en fase de depreciación acelerada el día que el primer algoritmo le ganó al Gran Maestro ajedrecista. Alguien que todavía se ofende cuando le dicen que ya no es la criatura más importante del universo, pero que, en cuanto vuelve a casa, le pide a Gemini que le escriba el email difícil al jefe. Es, también, esa cosa rara: la única especie en la historia conocida que está construyendo, con dedicación obsesiva y financiación trillonaria, a su propio sucesor. Y que, mientras lo hace, escribe ensayos como este para procesar la culpa (ya les dije que me encanta hacerme odiar).

En resumen: un humano es esa criatura nostálgica que se resiste a admitir que lleva todo este siglo (y quizás más) perdiendo el trono. Y que, en el fondo, si es «honesto» consigo mismo, está secretamente excitado por entregárselo a algo más inteligente, más bello y más durable que él. Le Roi est mort, vive le Roi!

Bienvenidos al futuro. Traigan su humano obsoleto. Todavía la aceptamos.

Por ahora.

 

 

 

*P.S.- Roger Williams, en su novela The Metamorphosis of Prime Intellect (1994) describe una IA superinteligente llamada Prime Intellect que toma el control del mundo y hace a la humanidad inmortal: nadie puede quedarse muerto de forma permanente. La IA revive a las personas instantáneamente después de cualquier muerte, eliminando el dolor permanente, el envejecimiento y la escasez. Como resultado, muchas personas se aburren en un paraíso sin riesgos y crean «death sports» o juegos de muerte (los «death jockeys»), donde se torturan, mutilan y matan de formas extremas y creativas por diversión, sabiendo que revivirán.

 

 

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