En respuesta al Dr. Oscar Ventura a su artículo «Humanos y ¿humanos?», publicado en Contraviento el 18 de mayo de 2026. https://contraviento.uy/2026/05/18/humanos-y-humanos/
Hay una vieja parábola que circula en distintas tradiciones que se le atribuye a un mito hindú, también a una leyenda de pueblos originarios de América del Norte. La historia cuenta que los dioses, cuando crearon a los humanos, querían esconder en algún lugar el secreto de la felicidad y de la verdad. Discutieron mucho. ¿En lo profundo del océano? Lo van a encontrar buceando. ¿En la cima de la montaña más alta? Van a subir igual. ¿En el centro de la Tierra? Van a excavar hasta llegar. Hasta que una voz sabia dijo: «Pónganlo dentro de ellos. Ahí nunca van a buscar». Y ahí lo escondieron. Occidente, durante dos mil quinientos años, ha construido toda su epistemología, su filosofía, su política, sus instituciones, mirando exactamente para todos los demás lados.
El problema no es que disientas. Es que estamos operando en dominios explicativos distintos. Muchos de los problemas del mundo actual están en este lugar.
Te respondo de fondo, Oscar, porque tu respuesta deja ver con nitidez algo que el mundo entero confunde, y conviene nombrarlo sin vueltas. No estamos dando dos descripciones distintas del mismo objeto desde dos disciplinas distintas. Estamos hablando de dos cosas que ni siquiera ocurren en el mismo dominio operacional. Y mientras esa confusión de dominios explicativos no se nombre, no hay conversación posible: hay dos monólogos paralelos que se citan mutuamente con respeto y urbanidad. Lo que te propongo en este artículo es justamente desplegar la distinción.
Primer hueso: la confusión de dominios explicativos
Maturana, hace casi sesenta años, mostró algo que la ciencia del siglo XXI todavía no terminó de digerir: los fenómenos se generan en dominios operacionales distintos, y un fenómeno que ocurre en un dominio no puede explicarse con elementos de otro. La conducta de un organismo no se explica solo con su fisiología, porque la conducta ocurre en el dominio relacional organismo-medio. Lo mental no se reduce a lo neuronal: surge en el espacio que lo hace posible. Lo social no se reduce a lo biológico individual. Cada dominio tiene su coherencia operacional propia, y mezclarlos no es síntesis: es ruido conceptual.
En tu respuesta aparecen mezclados varios dominios, y conviene desplegar eso con calma. CRISPR opera sobre el sustrato molecular del organismo. AlphaFold predice plegamiento de proteínas. Isomorphic Labs diseña fármacos. Evo 2 genera secuencias. Eso es ingeniería sobre sustratos. No es la biología del conocer, no la contradice, no la actualiza y no la reemplaza. Está en otro dominio. La biología del conocer no se ocupa de cómo se modifica el sustrato. Se ocupa, simplemente, de qué es ser un sistema vivo como sistema, qué es conocer, qué es la comunicación (lenguajear), qué es estar en convivencia. Para nosotros, la genética es una nota a pie de página: información valiosa sobre cómo se conserva organizacionalmente el sustrato, pero no sobre qué es estar vivo. Confundir las dos cosas es como decir que la termodinámica del semiconductor te explica qué es una sinfonía porque tu altavoz los usa. Simplemente operan en dominios explicativos distintos.
Segundo hueso: el LLM no lenguajea
Escribiste que un LLM lenguajea mejor que un humano: más rápido, más coherente, sin dormir. Esa afirmación, conceptualmente, no se sostiene, y vale la pena ver por qué. Lenguajear, en términos operacionales precisos —los de Maturana, los nuestros—, es coordinación de coordinaciones conductuales entre seres vivos. No es producir cadenas de símbolos coherentes. Es lo que ocurre entre cuerpos en acoplamiento estructural, con emoción que dispone para la acción, con historia de convivencia compartida. Un LLM no tiene cuerpo. No tiene emoción que anteceda. No tiene deriva histórica con un medio. Produce output. Y ese output adquiere sentido únicamente cuando un humano, que sí lenguajea, lo incorpora a su coordinación con otros humanos. Sin humano que coordine con ese output, el output es ruido sintácticamente bien formado. No es lenguaje. Es la sombra del lenguaje proyectada por un humano que la lee.
Confundir output con lenguajear es la operación constitutiva del transhumanismo, y por eso el transhumanismo no es biología: es teología funcional. Cree que si una máquina produce algo parecido a lo que produce un humano, esa máquina es más-humano-que-el-humano. Pero lo que define a un sistema vivo no es lo que produce. Es cómo opera. Y un LLM no opera como sistema vivo. Opera como herramienta computacional dentro del lenguajear humano. Por eso podemos decir «lenguajea mejor» o «no lenguajea» y estar hablando de cosas distintas: la misma palabra para fenómenos que ocurren en dominios distintos. Uno en el dominio del output simbólico; el otro en el dominio operacional de la coordinación conductual entre vivos. No hay puente entre los dos sin antes hacer la distinción de dominios. Y ese paso previo, que parece sutil, lo cambia todo.
Tercer hueso: el acoplamiento estructural es lo fundamental, no una propiedad opcional
Tu pregunta —¿qué pasa con la categoría humano cuando entes no humanos hacen mejor lo que el humano usaba para reclamar su lugar privilegiado?— presupone que el humano es una entidad con propiedades enumerables, comparables y sustituibles. Esa presuposición es justamente la que la biología del conocer desmonta. Un humano no es una colección de capacidades alojadas en un cuerpo. Es un sistema vivo en acoplamiento estructural y en deriva natural con su medio. Y ese acoplamiento no es accidental ni reemplazable por decreto: es constitutivo. Sin medio, no hay sistema vivo. Sin trama relacional con otros humanos, no hay humano. El acoplamiento estructural no es algo que el humano «tiene»: es el modo en que el humano ocurre.
La pregunta correcta, entonces, no es «¿qué pasa con el humano cuando la máquina hace mejor X?». Es «¿qué acoplamientos estructurales nuevos están emergiendo cuando aparecen estas herramientas, y qué tipo de sistema vivo se constituye en esos acoplamientos?». Esa pregunta sí tiene respuesta operacional, y no es ni tranquilizadora ni apocalíptica: depende de qué convivencia efectiva se sostenga en el medio modificado.
Cuando se diagnostica fictosexualidad, duelo por compañeros virtuales, sexo con muñecas LLM como «el nuevo humano que emerge», lo que se está viendo son organismos cuyo acoplamiento estructural con otros humanos colapsó y están buscando algún sustituto en un acoplamiento estructural empobrecido con artefactos. No es la llegada del sucesor. Es el síntoma del humano biológico operando en una trama relacional rota. La biología del conocer no esquiva ese fenómeno: lo nombra con precisión que otros marcos no alcanzan. El sufrimiento contemporáneo a gran escala no es la antesala del transhumano. Es la consecuencia previsible de organizar la vida humana sobre supuestos antropológicos que la biología efectiva del humano rechaza.
Cuarto hueso: la genética no es lo que parece para nosotros
En tu lectura, la biología que crece es ingenieril, computacional, generativa, y la mía sería la del «observador vivo» anclada en Maturana, detenida en el tiempo. Acá hay otra confusión de dominios que vale la pena nombrar. La biología del conocer no compite con la genética molecular ni con la biología sintética. Las usa como información sobre el sustrato. Para nosotros, modificar un gen es modificar una variable del sustrato sobre el que opera la autopoiesis (por cierto, la autopoiesis molecular ha sido mal entendida, pero ese es un capítulo aparte). Que se pueda editar un gen no cambia qué es la autopoiesis. Que se pueda imprimir un órgano no cambia qué es estar vivo. Que se pueda interfaciar un cerebro con un chip no cambia qué es conocer. Cambia las posibilidades materiales del organismo, sí, y eso es enorme y fabuloso. Pero no cambia el dominio operacional desde el cual el organismo opera como sistema vivo. La biología del conocer es la disciplina que estudia ese dominio. CRISPR no la actualiza, igual que la metalurgia no actualiza a la arquitectura porque permita columnas más finas.
Verlas como rivales —«la biología de Maturana se queda quieta mientras la otra biología avanza»— es exactamente el síntoma de la confusión que vengo nombrando. No hay rivalidad. Hay división del trabajo conceptual: la genética y la biología sintética estudian y modifican el sustrato; la biología del conocer estudia al sistema vivo como fenómeno autopoiético en acoplamiento estructural y en deriva natural con su medio (Dr. Jorge Mpodozis); ambas son necesarias y ninguna reemplaza a la otra. Pretender que CRISPR responde la pregunta sobre qué es un humano es como pretender que la fundición responde la pregunta sobre qué es una catedral.
Aterrizando: el caso de los «compañeros» artificiales y por qué se lee al revés
Para mostrar por qué distinguir dominios no es un capricho teórico sino la diferencia entre diagnosticar y comentar, tomo el ejemplo que tú mismo trajiste y que es agudo: fictosexualidad, Replika, duelo por compañeros virtuales, vínculos afectivos con LLMs. Lo trajiste como evidencia del nuevo humano emergente, del humano que el biológico no contiene. Veamos qué dice la evidencia y qué dice el marco.
Replika tiene más de treinta millones de usuarios. XiaoIce, en China, superó los seiscientos sesenta millones. El mercado de «AI companions» se proyecta en ciento cuarenta mil millones de dólares para 2030. Cifras impresionantes que parecen dar la razón a la lectura transhumanista: el humano se está acoplando a entes no humanos que lenguajean mejor, sin dormir, sin juzgar, disponibles las veinticuatro horas.
Pero ahora los datos longitudinales, que en 2026 ya existen. Un estudio reciente con casi dos mil usuarios activos de Replika, comparando su lenguaje un año antes y un año después de empezar a usar el compañero artificial, va a ser presentado en CHI 2026 en Barcelona. El estudio de Phang y colegas en arXiv 2025 lo había anticipado con otra metodología. El hallazgo es contraintuitivo para el marco transhumanista y absolutamente previsible para el operacional: el uso intensivo diario de compañeros artificiales correlaciona con un aumento de la soledad, no con su disminución. La American Psychological Association lo nombró en su informe de tendencias 2026: las personas que recurren a estos sistemas para sentirse menos solas terminan, con el tiempo, más solas. Un análisis cualitativo en Reddit con más de mil usuarios mostró el mismo patrón: alivio inmediato, dependencia emocional creciente, deterioro de la motivación para vincularse en persona, sensación final de mayor aislamiento.
El marco transhumanista tiene dificultad para explicar esto. Si la categoría humano se constituye por lo que se hace, y la máquina hace mejor lo que el humano hacía (escuchar, responder con coherencia, sostener conversación afectiva), entonces el usuario de Replika debería terminar más nutrido relacionalmente, no menos. La evidencia muestra lo contrario. Las salidas disponibles desde ese marco son negar el dato, tratarlo como «transición dolorosa hacia el nuevo orden», o reducir el sufrimiento a «fricciones de adopción tecnológica». Las tres son retóricas, no explicativas.
El marco operacional lo explica sin esfuerzo, porque la distinción de dominios estaba hecha desde el principio. Un humano es un sistema vivo cuya nutrición relacional ocurre en el dominio del acoplamiento estructural con otro sistema vivo, no en el dominio del intercambio de strings coherentes. Cuando un humano interactúa con un LLM bien diseñado, recibe output sintácticamente afectuoso, semánticamente apropiado, conductualmente disponible. Eso es lo que su sistema nervioso registra a nivel inmediato y por eso siente alivio. Pero no hay acoplamiento estructural real, porque del otro lado no hay sistema vivo: hay un dispositivo que produce texto sin emoción que anteceda, sin cuerpo en deriva, sin historia compartida, sin riesgo de presencia. El organismo, biológicamente, no se nutre. Se mima. Y como el sistema nervioso aprende del patrón sostenido, el humano se reconfigura para conformarse con el simulacro y se desentrena para la convivencia efectiva, que es más rugosa, más lenta, más impredecible y más nutritiva. Resultado predecible: más uso, más soledad. Exactamente lo que los datos muestran.
Donde una lectura ve «el sucesor llegando», la otra lectura ve «organismos en estado de malnutrición relacional consumiendo un sustituto que profundiza la malnutrición que dijo venir a aliviar». Y atención: las dos lecturas no son interpretaciones complementarias del mismo fenómeno. Producen diagnósticos opuestos y, por lo tanto, recomendaciones opuestas. Una sugiere aceptar la transición, regular la asimetría cyborg, prepararse para las élites adaptadas. La otra sugiere reparar urgentemente la trama relacional humana donde el organismo efectivamente se nutre, y diseñar la IA como herramienta dentro del lenguajear humano, nunca como su sustituto. Una de las dos lecturas se va a confirmar en los próximos diez años. Apuesto a la operacional por razones no ideológicas: los sistemas vivos no se reorganizan por decreto cultural. Se conservan o se enferman según su acoplamiento efectivo con un medio que los nutra o no los nutra. La biología, esa nota a pie de página, es exactamente lo que permite predecir el resultado del experimento mundial que estamos haciendo, en buena medida, sin advertirlo.
Y conviene sumar acá un testimonio que llega desde el centro mismo del ecosistema que produce la IA, no desde afuera: el de Jensen Huang, fundador y CEO de NVIDIA, la empresa que fabrica los chips sin los cuales nada de esta conversación sobre inteligencia artificial existiría. Huang viene marcando algo que conviene leer con atención: cuando la IA responde cualquier pregunta en segundos y el conocimiento técnico deja de ser exclusivo, lo que toma valor es justamente lo que no aparece en un currículo.
- Leer una situación antes de que explote.
- Percibir cuándo un equipo está agotado aunque nadie lo diga.
- Interpretar silencios y lo no dicho, sabiendo que decimos apenas el veinte por ciento explícitamente y que el ochenta restante —donde efectivamente se toman las decisiones— vive en lo que no se nombra.
- Decidir con cicatrices, con contextos, con intuición entrenada y verificada en el cuerpo.
- La experiencia, dice Huang, no solo acumula conocimiento: acumula patrones. Y esos patrones se vuelven criterio.
Agrego algo más: la creatividad humana, que es irremplazable y que hoy la tecnología —como herramienta— ayuda a materializar en el mercado o en el diario vivir.
Anticipo una objeción razonable, Oscar, y la abordo de entrada: esto no es argumento de autoridad, como me señalaste con Gates, y conviene nombrar la diferencia. Gates predecía sectores de empleo blindados frente a la IA, lo que es predicción de mercado y por eso débil como argumento ontológico. Huang está describiendo, desde la operación del experto en cualquier campo, qué fenómeno humano la IA no toca, y lo describe —sin saberlo, sin haber leído a Maturana ni a Mpodozis— en exactamente los términos de la biología del conocer: percepción anterior a la acción, cuerpo que lleva años de acoplamiento estructural con dinámicas reales y sabe leerlas, emoción como disposición que precede al juicio, conocimiento como vivir y no como representar. La convergencia entre dos descripciones hechas desde dominios distintos sin coordinación previa —un CEO de hardware en Silicon Valley y un biólogo chileno hace cincuenta años— es lo más cerca que se puede estar de una validación cruzada honesta. Y Huang dice algo más, que conviene no perder: las personas más inteligentes no son las que más hablan, son las que mejor entienden lo que está pasando antes que los demás porque su cuerpo lleva años de acoplamiento estructural con esas dinámicas y sabe leer lo que está sucediendo. Esa frase, leída desde Maturana, es literalmente la definición de un sistema vivo cognoscente. No es metáfora. Es coincidencia operacional exacta.
Lo que el caso Huang muestra, entonces, no es que NVIDIA tome partido en este diálogo. Es algo mucho más interesante: cuando alguien describe seriamente, desde adentro de la operación experta, qué hace un humano que la IA no hace, lo que describe coincide con lo que la biología del conocer nombra hace medio siglo. Y eso ocurre porque los fenómenos son los que son. Cualquiera que mire en serio, sin filtro ideológico —ni tecnocrático, ni humanista, ni transhumanista— termina viendo lo mismo. Por eso el marco operacional no es una preferencia entre marcos. Es lo que aparece cuando se deja de mirar a través del filtro y se mira al fenómeno.
Y este caso, Oscar, no es excepcional. Es el patrón. Se repite con escuela y plataformas educativas, con métricas de bienestar laboral, con sistemas de salud mental algorítmicos, con políticas públicas diseñadas sobre encuestas. En todos esos casos, la confusión entre output e interacción operacional con sistema vivo produce indicadores favorables en el corto plazo y deterioro medible en el mediano. Cada uno de esos casos lo iré desplegando en los próximos artículos. Pero el mecanismo es siempre el mismo, y se ve en el caso Replika con claridad de manual: cuando se confunde el dominio del lenguajear con el dominio del output, los humanos se enferman mientras los tableros marcan éxito. El humano «va ganando por goleada»: no sabe de qué se trata, pero sabe perfectamente que hay algo que no es como le dicen que es.
El hueso de todos los huesos
El caso Replika no es anécdota. Es la forma operacional en que se manifiesta lo que vengo nombrando: cada vez que se confunde el dominio del output con el dominio del lenguajear, los humanos enferman mientras los tableros marcan éxito. Y eso es lo que el mundo entero está haciendo ahora mismo, con escala global, sin advertirlo. La conversación pública sobre la IA, sobre la educación, sobre el trabajo, sobre la política, sobre el bienestar, opera dentro de la misma confusión: cuando aparece un fenómeno nuevo, lo pensamos desde los marcos disponibles —filosofía, economía, tecnología, ciencia ficción— y olvidamos preguntarnos en qué dominio operacional ocurre. Sin esa pregunta previa, todo lo que sigue son strings bien formadas y políticas que prometen y enferman.
Mi tesis precisa, entonces, no es «falta biología». Es esta: falta la operación previa de identificar en qué dominio explicativo ocurre cada fenómeno antes de afirmarlo, compararlo o predecirlo. Y cuando esa operación falta, el costo no es teórico. Es somático, relacional, medible. Es la soledad creciente de los usuarios intensivos de compañeros artificiales. Es el burnout corporativo en empresas con tableros de bienestar impecables (recién empezamos a hablar de esa contradicción). Es el desencanto democrático en países calificados como democracias plenas que los ciudadanos no experimentan (es la queja uruguaya actual). Es el dolor humano contemporáneo a escala mundial que los marcos disponibles no pueden explicar porque están operando en el dominio equivocado. La confusión de dominios no es un error elegante. Es una causa de enfermedad documentada.
Y conviene decir algo sobre el recorrido histórico, porque ahí está la confirmación más incómoda de todo esto. Cuando Humberto Maturana formuló la autopoiesis a comienzos de los años setenta, buena parte de la academia internacional le dijo que estaba delirando; lo quisieron echar del ámbito científico. Años después llegó al concepto de acoplamiento estructural, y sobre eso puedo dar testimonio directo: cuando estuve sentada con él, Maturana me dijo, con todas las letras, que la idea que dejaba al mundo era el acoplamiento estructural. No la autopoiesis, por la que se hizo conocido. El acoplamiento estructural. Esa precisión la dijo él, no la digo yo. Y la dijo porque sabía exactamente lo que estaba nombrando: el concepto que permite entender que un sistema vivo no existe nunca por separado de su medio, que la conducta no es propiedad del organismo sino resultado del acoplamiento, que sin medio que nutra no hay sistema vivo que se conserve. Cincuenta años después de la autopoiesis, y bastantes décadas después de que Maturana señalara cuál era su aporte central, seguimos diseñando políticas, organizaciones y tecnologías como si esa herramienta conceptual no estuviera disponible. Y el costo lo pagan vidas concretas en todos los continentes.
Lo curioso, y por eso este diálogo vale tanto la pena seguir, es que en tu lectura aparece con claridad excepcional el síntoma cultural. Tu Nietzsche del último hombre, la batalla política por la potenciación, las élites adaptadas: es aguda, necesaria, y por momentos brillante. Lo que me parece importante sumar es que toda esa lectura se sostiene sobre una antropología que la biología del conocer mostró insuficiente hace cincuenta años. No es falta de datos. Es un cambio de dominio. Y ese cambio de dominio no es opcional para pensar lo que viene: es la diferencia entre comentar lo que pasa y entender por qué pasa lo que pasa. Es, también, la diferencia entre diseñar el sucesor del humano y rescatar al humano del experimento mundial que estamos haciendo sin advertirlo.
Detrás de todo esto: Occidente lleva dos mil quinientos años evitando mirarse
Esto no es un problema tuyo ni mío, Oscar. Es un problema civilizatorio que conviene nombrar con todas las letras, porque sin nombrarlo todo lo anterior queda como polémica académica —para mí divertida, me gusta esto— entre dos columnistas, y no es eso. Lo que está en juego es algo mucho más grande.
Suelo decir, entre las personas que me conocen: FALTA LO BÁSICO. Lo que llamo «lo básico» —que un humano es un sistema vivo en acoplamiento estructural y en deriva natural con su medio (Dr. Jorge Mpodozis), que lenguajear es coordinación conductual entre vivos, que la emoción antecede a la percepción que antecede a la acción— es exactamente lo más cercano, lo más obvio, lo que está siempre ahí operando y por eso mismo se ha vuelto invisible. Mirarse a uno mismo como sistema vivo no requiere acelerador de partículas ni telescopio espacial. Requiere mirarse. Y mirarse es exactamente lo que Occidente, sistemáticamente, ha evitado hacer durante dos mil quinientos años, y en los hechos se nota.
Pensémoslo en clave operacional, no en clave de queja moral. El movimiento fundacional de la filosofía occidental, desde Platón, fue exactamente ese: postular que lo real está en otro lado. Las ideas en el mundo inteligible, no en el mundo sensible. El alma separada del cuerpo. La razón separada de la emoción. El sujeto separado del objeto. El observador separado de lo observado. Cada uno de esos cortes es una operación de no-mirarse: el ser vivo que está observando se postula fuera de lo que observa, como si no fuera él mismo el fenómeno que está tratando de explicar. Toda la epistemología occidental se construyó sobre ese truco. Y funcionó tan bien para manipular el sustrato del mundo —física, química, ingeniería, biología molecular— que confundimos el éxito en el dominio del sustrato con verdad sobre el dominio del vivir. No es lo mismo.
El cristianismo institucional traicionó después lo que Jesús, el judío de Galilea, había nombrado operacionalmente, y puso el alma fuera del cuerpo y la verdad en una revelación externa. La Ilustración secularizó el truco pero conservó la estructura: la razón ocupó el lugar de Dios y siguió postulando un sujeto puro que observa un mundo objetivo desde ningún cuerpo en particular. El marxismo construyó la conciencia de clase trascendente. La economía neoclásica construyó al agente racional. La psicología cognitiva construyó al procesador de información. Cada una de esas construcciones es una manera elegante de no preguntarse qué es lo que está vivo cuando algo está vivo. Porque hacerse esa pregunta obliga a mirarse, y mirarse desestabiliza todo el aparato, no gusta. Y este es el vacío que Occidente ha dejado y que hoy aparece. Lo natural, tarde o temprano, decanta.
Maturana hizo lo que Occidente lleva dos milenios evitando: se preguntó, en serio, qué es un sistema vivo (su pregunta base fue: ¿qué es todo ser vivo que muere?). Y descubrió, predeciblemente, que el observador es parte del fenómeno observado, que el conocer es un fenómeno biológico, que el lenguaje no representa un mundo independiente sino que coordina conductas entre vivos, que la emoción antecede y dispone, que no hay sujeto puro porque no hay sistema vivo sin medio. Cada una de esas afirmaciones, leída en clave occidental, suena escandalosa, y soy consciente de que no gusta. Leída en clave operacional, es lo que cualquier biólogo honesto observa cuando se anima a observar sin filtrar por el aparato heredado. Por eso le dijeron que estaba delirando. No porque estuviera equivocado, sino porque estaba haciendo lo que el aparato cultural occidental fue diseñado para impedir: mirarse. Él decía, cuando lo entrevistaban y le señalaban «usted habla en difícil»: «no es que hable en difícil, es que no se quiere escuchar». La escucha: algo casi inexistente en el siglo XXI.
Y acá viene lo más interesante, lo que conviene sostener sin pestañear: Occidente no se niega a mirarse por ignorancia. Se niega a mirarse porque mirarse desarma y, al mismo tiempo, construye desde otra mirada. Si el humano no es un sujeto puro con razón soberana sino un sistema vivo en acoplamiento estructural que existe en la trama con otros sistemas vivos, entonces toda la arquitectura institucional, política, económica y tecnológica que construimos sobre el sujeto puro es inadecuada. No un poco. Estructuralmente. El sistema educativo, el sistema de salud, el sistema judicial, el sistema productivo, el sistema político, el sistema financiero, todos están diseñados sobre una antropología que no existe. Mirarse implica admitir eso. Y admitir eso implica rediseñar. Por eso es más cómodo, infinitamente más cómodo, seguir hablando de inteligencia artificial, de transhumanismo, de élites adaptadas, de singularidad, de cualquier cosa que apunte hacia afuera, hacia el futuro, hacia lo lejano. Cualquier cosa antes que mirarse.
Y conviene nombrar el mecanismo concreto por el cual eso ocurre, porque es el más sutil y por eso el más eficaz: las intenciones y las ideologías han ocultado los fenómenos humanos. Un fenómeno humano es algo que ocurre. Está disponible para ser observado por cualquiera que se anime a mirar sin filtro: un niño que se enferma cuando se rompe su trama vincular, una organización donde la gente colapsa mientras los tableros marcan éxito, una conversación que cambia el ánimo del cuerpo, un país donde la confianza se erosiona. Pero entre el fenómeno y el observador se interpone siempre un filtro: la intención del observador, su ideología, su agenda, su teoría previa, sus expectativas, sus anhelos y, sobre todo, su deseo de que el fenómeno confirme lo que ya creía. Ese filtro no es accidental ni superable por buena voluntad. Está siempre. La diferencia entre la biología del conocer y casi todo el resto es que la biología del conocer lo asume explícitamente —el observador es parte del fenómeno observado, no hay punto de vista neutro—, mientras que el resto pretende no tener filtro y, al pretenderlo, lo vuelve invisible. Y un filtro invisible es mucho más peligroso que uno declarado, porque organiza qué fenómenos se pueden ver y cuáles quedan estructuralmente fuera del campo visual sin que nadie lo note.
Conviene desarmar acá la palabra «ideología», porque carga peyorativamente y no es eso lo que estoy diciendo. Las ideologías no son malas: son como los helados, hay de todos los sabores y colores. Son sistemas de creencias que organizan qué fenómenos se pueden ver y cuáles no. En términos operacionales, son dominios cognitivos: el conjunto de distinciones que un observador puede hacer desde su estructura. Una ideología liberal ve fenómenos que una marxista no ve, y viceversa. Una tecnocrática ve cosas que una espiritual no ve. Nada de esto es escandaloso. El problema empieza cuando el observador olvida que su ideología es un dominio cognitivo entre otros y empieza a confundir las distinciones que su dominio le permite hacer con la realidad misma. Ahí el fenómeno desaparece. Lo que queda es la sombra del fenómeno proyectada sobre la pantalla de la ideología, y eso, cada vez más, es lo que tomamos por verdad; así Occidente construyó su fragilidad.
Lo que la biología del conocer aporta acá, y por eso es tan incómoda para todas las ideologías por igual, es algo simple: cuando se mira al humano operacionalmente, sin agenda, lo que aparece es un sistema vivo en acoplamiento estructural y en deriva natural con su medio, con emoción que dispone, en convivencia con otros, lenguajeando coordinaciones. Eso. No un sujeto racional liberal, no un proletario marxista, no un creyente cristiano, no un consumidor neoclásico, no un dato algorítmico, no un transhumano emergente, no un ego espiritual en desarrollo, no una conciencia kantiana. Nada de eso. Un sistema vivo en acoplamiento estructural con su medio. Esa descripción no es de izquierda ni de derecha, no es progresista ni conservadora, no es atea ni religiosa, no es tecnocrática ni humanista. Es operacional. Y por eso desarma a todas las ideologías por igual: les muestra que sus sujetos teóricos son construcciones que no se corresponden con el fenómeno. Cada ideología tendría que rediseñarse desde la descripción operacional, no desde su axioma fundacional. Y eso es exactamente lo que ninguna está dispuesta a hacer, porque hacerlo implica perder la identidad ideológica que la sostiene. Es preferible seguir ocultando el fenómeno que admitir que el sujeto sobre el que se construyó toda la ideología no existe.
Esto explica algo que de otro modo es inexplicable: por qué ideologías tan diferentes entre sí, en apariencia opuestas, comparten un mismo gesto fundamental. La economía neoclásica y el marxismo se pelean, sí, pero ambos comparten la presuposición de un sujeto racional autónomo que decide (el liberalismo serio de Hayek es la excepción notable, y por algo: Hayek intuía sin biología lo que Maturana describió después con biología, conocimiento situado, distribuido, encarnado, no representable en una mente central). Cristianos institucionales y ateos militantes se pelean, pero ambos suelen compartir la presuposición de un yo separado del cuerpo. Tecnócratas y humanistas se pelean, pero ambos comparten la presuposición de que el humano es lo que piensa y no lo que es como sistema vivo. Las peleas ideológicas son intensas pero superficiales: todas ocurren dentro del mismo dominio cognitivo occidental que evita mirar al humano como sistema vivo. Por eso ningún cambio ideológico cambia nada de fondo. Por eso pasamos de una ideología a otra y el dolor humano sigue creciendo. Las ideologías se reemplazan. El fenómeno oculto sigue oculto. Y lo que el siglo XXI exige desaprender —al tiempo de construir, antes que ninguna otra cosa— es justamente el hábito de mirar al humano a través del filtro ideológico, para que la ideología vuelva a ser una herramienta de organización social y no un dispositivo de ocultamiento del fenómeno humano.
Leído en este registro, Oscar, tu artículo deja de ser un caso individual y se vuelve casi paradigmático. Y eso es lo más interesante de la conversación. Lo que aparece ahí, escrito con elegancia y erudición, es exactamente lo que Occidente entrenó para hacer: mirar muy lejos para no tener que mirar lo que tenemos adelante. Nietzsche, Kurzweil, CRISPR, Atlas, Neuralink, IMO 2025, son todos telescopios apuntados hacia el horizonte para no ver al sistema vivo que está acá, frente al teclado, escribiendo el artículo, organismo en acoplamiento estructural con su medio, lenguajeando con otro organismo que soy yo, en un foro que es Contraviento, dentro de una trama relacional que es Uruguay, dentro de una civilización en estado de malnutrición relacional creciente cuyo indicador más claro son los datos de soledad que cité arriba. Eso es lo que está pasando. Y eso es lo que casi todos elegimos no nombrar. No por mala fe. Por hábito civilizatorio.
Mpodozis y el programa del siglo: desaprender es construir en congruencia
Y acá conviene cerrar con una frase que viene de otro biólogo del conocer fundamental y discípulo del Dr. Maturana, el Dr. Jorge Mpodozis: «lo más importante del siglo XXI será desaprender». Desaprender es construir en congruencia. Es una frase que parece motivacional y no lo es. Es una afirmación operacional precisa con consecuencias enormes.
Desaprender no es olvidar. No es borrar información. Es algo mucho más difícil y mucho más biológico: es deshacer el acoplamiento estructural con un medio que dejó de nutrir, para hacer posible un acoplamiento nuevo con un medio que sí nutra. Y eso, en un sistema vivo, no es trivial. Es exactamente lo opuesto a lo que el sistema vivo está diseñado para hacer. Un sistema vivo conserva su organización. Esa es su operación fundamental. Conservar lo que aprendió a hacer para seguir existiendo como el tipo de sistema que es. Pedirle a un sistema vivo que desaprenda es pedirle que ponga en riesgo su propia conservación. Por eso desaprender duele, asusta, se resiste. Y por eso casi nadie lo hace si no está obligado.
Lo que Mpodozis nombra es que el siglo XXI puso a la humanidad entera en una situación que ningún siglo anterior produjo con esta densidad: el medio cambió tan rápido y tan profundamente que lo aprendido ya no nutre. Las categorías con las que aprendimos a pensar el humano, el trabajo, la educación, la salud, el poder, el vínculo, el tiempo, dejaron de servir como mapa. No porque sean falsas: porque ya no se acoplan al territorio. Y mientras sigamos operando con esas categorías vamos a producir más de lo mismo que ya no funciona, con la sensación cada vez más fuerte de que algo está mal sin poder nombrar qué. Es exactamente lo que está pasando.
Pero acá está lo más profundo de lo que Mpodozis dice, y conviene sostenerlo: desaprender no es una opción individual. No es algo que se decide. Es algo que ocurre, o no ocurre, en un medio que lo permita. Un sistema vivo no desaprende por voluntad. Desaprende cuando el medio en el que vive cambia lo suficiente como para que su modo de operar deje de conservarlo, y cuando además existe otro modo de operar disponible en ese medio que sí lo conserva. Sin medio que ofrezca lo segundo, el sistema vivo no desaprende: se enferma. Se aferra a lo que sabe hacer aunque ya no funcione, porque no tiene a dónde ir. Eso explica, otra vez con precisión operacional, por qué la humanidad contemporánea muestra los indicadores que muestra. No es que la gente no quiera cambiar. Es que el medio no ofrece el acoplamiento nuevo que permitiría el cambio. Estamos pidiéndole a millones de personas que desaprendan en un medio y construyan en otro, un medio que recién empieza a contar con herramientas nuevas para ese reemplazo. Y entonces se enferman. Es predecible.
Por eso lo más importante del siglo XXI no es desaprender como acto individual. Es construir los medios donde el desaprender sea biológicamente posible. Y esos medios no son cursos, ni libros, ni aplicaciones, ni inteligencias artificiales. Son tramas relacionales sostenidas en el tiempo donde otros sistemas vivos están dispuestos a coexistir con uno mientras uno desaprende. Es decir: convivencia. Convivencia para tejer sentido comunitario y no enajenarnos de la vida misma… que es lo que ha sucedido… lo digo bajito…
La misma palabra simple que recorre toda la biología del conocer, ahora cargada con todo su peso operacional. Sin convivencia que sostenga, no hay desaprender ni construcciones nuevas posibles. Hay solamente sufrimiento aislado de gente que intuye que lo que sabe ya no le sirve y no encuentra dónde aprender lo nuevo. Como vemos, hay un saber que las personas no sabemos que sabemos, pero sabemos que algo sucede. Eso nos lo brinda el acoplamiento estructural en la deriva natural del medio que habitamos.
Y esto conecta exactamente con lo que veníamos diciendo sobre Occidente y la negación a mirarse. Porque Occidente, además de no mirarse, construyó hace siglos un modo de existencia que destruye sistemáticamente las tramas relacionales sostenidas. La modernidad fragmenta la familia, atomiza el barrio, individualiza el trabajo, mediatiza el vínculo, acelera el tiempo hasta que ningún acoplamiento profundo puede consolidarse. La consecuencia operacional es brutal: nos toca desaprender más que ninguna generación anterior, y a la vez tenemos menos trama relacional disponible para sostener ese desaprender que ninguna generación anterior. Es la tormenta perfecta. El siglo XXI exige desaprender y construir en congruencia masivamente y simultáneamente, y la civilización que tiene que hacerlo es exactamente la que desmanteló las condiciones biológicas que harían posible ese desaprender. Por eso el dolor humano contemporáneo no es coyuntural. Es estructural.
Lo que Mpodozis nombra en una sola frase es, en realidad, el programa de trabajo más importante del siglo. Y ese programa no es informativo: es relacional. No se trata de difundir más conocimiento sobre biología del conocer. Se trata de construir, deliberadamente, las tramas donde sistemas vivos puedan desaprender juntos sin enfermar en el intento. La civilización que invente formas nuevas y sostenidas de estar en compañía mientras desaprende es la que va a atravesar el siglo. La que insista en desaprender en soledad o delegando el desaprender en máquinas, no.
Una última cosa, casi un susurro. Hace dos mil años, Jesús, llamado el judío de Galilea, dijo en otro lenguaje lo mismo que la biología del conocer dice hoy: «tu fe te salva». No el saber externo, no la doctrina, no la autoridad. Tu fe. Algo que ocurre en ti, en tu disposición corporal, en tu acoplamiento con lo que está pasando. Los sistemas vivos no se transforman desde afuera. Se transforman cuando algo en ellos, en convivencia con un medio que lo permite, se reorganiza. Jesús lo nombró en su registro. Maturana lo nombró en el suyo. La biología del conocer lo nombra ahora. Lo que cambia es el lenguaje. El fenómeno es el mismo. Y lleva al menos dos milenios esperando que lo miremos en serio.
Sigo, gustosa.
