Hay algo profundamente revelador cuando una voz del propio oficialismo deja de repetir el libreto y, aunque sea por un instante, dice lo que todos ven y pocos se animan a admitir. Hace poco, una edil riverense del Frente Amplio saltó a una inesperada “fama” por cuestionar duramente a la mesa política de su partido durante una visita a Rivera.
Y no fue una crítica tibia, decorativa, de esas que se hacen para quedar bien sin incomodar a nadie. No. Fue una crítica incómoda porque apuntó directo al corazón del problema: la incapacidad, la soberbia y la desconexión de un gobierno que hace tiempo parece más preocupado por sostener relatos que por resolverle la vida a la gente.
El episodio recorrió medios locales y nacionales porque, claro, no es común que alguien desde adentro les corra la cortina y deje entrar un poco de luz. Muchos esperaban la clásica represalia contra esta mujer que tuvo el atrevimiento de desnudar las carencias que el aparato político intenta maquillar con discursos vacíos, estadísticas acomodadas y el recurso más oxidado de la política uruguaya: “la culpa es del gobierno anterior”. Ese comodín eterno que sirve para justificar cualquier fracaso, incluso después de meses o años de gestión propia.
Pero lo más demoledor no fue la crítica en sí. Fue cuando afirmó que, para resolver situaciones de gente en la calle, obtenían más respuestas dialogando con la anterior directora del MIDES en Rivera, perteneciente al Partido Nacional, que con los actuales funcionarios del organismo. Ahí dolió de verdad. Porque una cosa es que la oposición diga que antes se trabajaba mejor. Otra muy distinta es que lo diga alguien del propio oficialismo. Y peor todavía: que lo diga con ejemplos concretos.
Eso dejó al descubierto algo que intentan esconder desesperadamente. Que detrás de toda la épica discursiva, de toda la superioridad moral autoproclamada y de toda la propaganda sobre sensibilidad social, muchas veces hay menos gestión que antes y bastante más humo. La pregunta inevitable es si esta edil habló por convicción, por ingenuidad o porque ya empezó a tantear otro espacio político para el futuro. En Uruguay los cambios de camiseta no son precisamente una rareza. Pero también cabe otra posibilidad: que haya sido una rara muestra de honestidad dentro de un ambiente donde la obediencia partidaria suele valer más que la verdad.
Porque si algo queda claro es que la política hace tiempo dejó de girar alrededor de la gente común. A los políticos la ciudadanía les importa muchísimo… pero solamente cuando hay que cobrarle más impuestos, imponerle más cargas, pedirle más paciencia o exigirle más sacrificios “por el bien colectivo”. Siempre el mismo libreto: el ciudadano tiene que aguantar, colaborar, comprender, esperar. El jubilado, el trabajador, el profesional, el comerciante. Todos deben seguir poniendo plata mientras ellos administran resultados mediocres y venden promesas recicladas como si fueran grandes conquistas sociales.
Dicen que entran en política para ayudar a la gente. Lo que nunca aclaran es a qué gente. Porque la prioridad casi siempre termina siendo la propia estructura: los compañeros, los militantes, los amigos, los familiares, los operadores de turno. El ciudadano común queda reducido a una fuente de financiamiento cautiva, útil para sostener un sistema que vive hablando de justicia social mientras produce cada vez más dependencia, más frustración y más desencanto.
Y cuando alguien desde adentro rompe el pacto de silencio, el aparato reacciona exactamente como se esperaba: indignación selectiva, ataques personales y una catarata de militantes justificando lo injustificable. Porque el fanatismo político tiene esa particularidad grotesca: convierte cualquier fracaso en algo defendible y cualquier crítica en una traición.
¿Y la oposición? Bien, gracias, como casi siempre, dormida. Más allá de algún edil del Partido Nacional tratando de capitalizar los dichos de la edil, el resto dejó pasar una oportunidad política servida en bandeja. Porque el mensaje era demoledor: “los de antes, incluso fuera del gobierno, resuelven más que los que están ahora”. Era munición perfecta. Pero nadie la aprovechó.
Y ahí aparece una sospecha todavía más amarga: tal vez no fue incompetencia. Tal vez fue un pacto tácito de supervivencia política. Hoy yo no destruyo tu credibilidad para que mañana vos no destruyas la mía. Una especie de spiedo rotativo donde se alternan cargos, discursos y banderas, pero donde el objetivo real parece ser siempre el mismo: que ellos estén cada vez mejor mientras el resto se arregla como pueda, porque al final los únicos que estamos en el horno somos nosotros mientras que ellos son los asadores.
Porque esa es la sensación que termina quedando. No la de una democracia vibrante donde se enfrentan proyectos distintos para mejorarle la vida a la gente. Sino la de una maquinaria donde cambian los nombres, cambian los colores y cambian los eslóganes, pero los privilegios para unos pocos siempre encuentran la forma de sobrevivir.
