Antisionista sí, antisemita no: el cuento más repetido de estos tiempos

Cecilia Aguirrezabala

Hay una nueva forma de discriminar que tiene muy buena imagen. Quien la practica suele estar convencido de que está del lado correcto de la historia. Se llama antisionismo. Y con demasiada frecuencia funciona como antisemitismo con mejor packaging.

Primero, una aclaración. En los últimos años se instaló una confusión conveniente: equiparar antisionismo con oposición a las políticas del gobierno israelí. Son cosas distintas.

Criticar al gobierno israelí — sus decisiones militares, su deriva judicial, su coalición que combina sectores con partidos ultra religiosos con un peso político desproporcionado respecto a su cantidad de votantes, el conflicto territorial — es legítimo. Es libertad de expresión. Es exactamente lo que ocurre dentro de Israel, donde esa crítica se ejerce a viva voz, en la calle, en la prensa y en el parlamento.

El antisionismo, cuando niega el derecho de Israel a existir como Estado judío, ya no cuestiona solamente cómo gobierna Israel. Cuestiona que exista. Mezclar ambas cosas no siempre es un error inocente. Muchas veces es una maniobra.

Yo no tengo nada contra los judíos. Solo contra los sionistas.”

La frase suena tranquilizadora. Parece separar una identidad religiosa o cultural de una posición política. Pero la separación no es tan limpia.

La enorme mayoría de los judíos del mundo, incluso aquellos que critican duramente a Israel, reconocen algún vínculo histórico, afectivo o político con la existencia del Estado judío. Negar ese derecho no es una posición marginal dentro de la discusión judía: es una forma de excluir de entrada a buena parte del pueblo judío real, no al judío imaginario que algunos necesitan para sentirse moralmente cómodos.

Es como decir: “No tengo nada contra los uruguayos. Solo contra los que creen que Uruguay debería existir.” ¿Cuántos uruguayos pasarían ese filtro?

Hay judíos en Europa y América a quienes hoy les gritan en la calle o les niegan espacios por las políticas del gobierno israelí. Por decisiones de un gobierno que no eligieron, en un país donde no viven. Es como cerrarle la puerta a un uruguayo en el exterior porque no te gusta lo que aprobó el Parlamento en Montevideo. Él no votó esa ley. Pero paga igual.

Qué es el sionismo

Hoy la palabra “sionismo” se pronuncia casi como una acusación. Entonces digámoslo sin rodeos.

El sionismo es la convicción de que el pueblo judío tiene derecho a la autodeterminación nacional en Sión — es decir, en la tierra histórica de Israel. No en cualquier lugar del mundo: ahí. Un lugar donde nadie te persiga por ser judío. Donde no importe si sos religioso o ateo, de dónde venís, a quién amás. Un lugar donde el Estado, por principio, esté de tu lado.

Ser judío no es solamente una religión ni una opinión política. Es una identidad histórica, cultural y de pueblo. Y para el antisemita, siempre fue tratada como una marca de origen: algo que no se borra cambiando de país, de idioma o de grado de religiosidad. Durante siglos esa diferencia generó desconfianza, fantasía conspirativa y miedo. Y ese miedo se transformó, una y otra vez, en persecución. No por lo que los judíos hacían. Por lo que eran.

Un pueblo que durante dos mil años fue expulsado de todos los países donde intentó encontrar refugio. Que volvió a su tierra y construyó un Estado en su tierra originaria. Y al que ahora se le dice que ese Estado tampoco debería existir… Que sigan probando suerte.

Por eso existe el sionismo.

Israel hoy: democracia, conflicto y doble estándar

Israel tiene elecciones competitivas, prensa libre, oposición política y tribunales activos. Es una democracia — algo que no puede decirse de la mayoría de sus vecinos. También tiene tensiones profundas: el conflicto territorial, la desigualdad entre ciudadanos judíos y árabes, el peso creciente de sectores religiosos y nacionalistas, y una derecha que muchos israelíes combaten desde adentro con una intensidad que pocas veces se reconoce desde afuera.

Tiene hoy un primer ministro que genera controversia dentro y fuera del país, con procesos judiciales abiertos y una gestión que divide profundamente a su propia sociedad. Pero seamos honestos: ¿cuántos países pueden decir que sus líderes son sus mejores embajadores? Italia tuvo a Berlusconi. Estados Unidos tuvo a Trump, y volvió a elegirlo. Brasil tuvo a Bolsonaro.

A ninguno de esos países se le niega el derecho a existir por eso.

A Israel sí. Ahí aparece el doble estándar: una prueba permanente de legitimidad nacional aplicada a un solo país — el único Estado judío del mundo.

¿Y entonces qué proponen?

Hasta acá, el antisionista explicó lo que rechaza. Cuando se le pregunta qué propone si Israel dejara de existir, las respuestas se vuelven incómodas.

Una versión sostiene que los judíos deberían “volver” a sus países de origen. Es decir, a los mismos países que los expulsaron, discriminaron y masacraron durante siglos. La solución humanitaria consiste, según esta lógica, en mandar a un pueblo de vuelta al lugar del crimen. Es como decirle a una víctima de violencia que huye, con lo puesto, a la casa de sus padres, que tiene que volver a su casa porque ese es su hogar ahora.

La versión técnica habla de fronteras, resoluciones y autodeterminación palestina. La autodeterminación palestina es una causa legítima. El pueblo palestino tiene derecho a un Estado y a una vida sin humillación ni conflicto territorial sin fin. Reconocer ese derecho no exige negar el derecho equivalente del pueblo judío. Hubo propuestas concretas sobre la mesa en 2000 y en 2008. Fueron rechazadas o consideradas insuficientes por los palestinos. En esos fracasos hubo responsabilidades de ambos lados, aunque no idénticas ni simétricas.

Hay una tercera versión, más aceptable en apariencia: un solo Estado democrático para todos, del río al mar. El problema es que, en la práctica, eso implica disolver el único Estado judío existente y pedirle al pueblo judío que vuelva a confiar su seguridad a una mayoría política incierta, en una región donde esa convivencia todavía no ha demostrado ser viable. Puede sonar universalista en el papel. En la historia judía, suena bastante menos tranquilizador.

Cuando la convivencia pacífica se rechaza como principio y la existencia del otro se vuelve intolerable, el problema deja de ser el mapa. Pasa a ser la existencia del otro en el mapa.

Mismo odio, diferente packaging

Cuando la preocupación por los palestinos deriva en negar el derecho del pueblo judío a tener un Estado, cuando se exige a Israel una prueba de legitimidad que no se exige a ningún otro país, cuando cualquier judío del mundo se convierte en representante automático del gobierno israelí, el debate dejó de ser solamente geopolítico.

Cuando esa discriminación termina señalando a judíos en Montevideo, París o Buenos Aires por decisiones de un gobierno que no eligieron, el antisionismo deja de ser una posición abstracta sobre Medio Oriente, empieza a parecerse demasiado a lo de siempre.

 

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