…y menos «patas cortas»
Patas tienen las sillas, que no serán muy largas, pero son lo suficientemente adecuadas para aguantar todo tipo de asentaderas, incluyendo las de quienes gobiernan sentados sobre ellas desde hace décadas sin que nadie los mueva.
Patas también tienen las vacas, y mirá adónde las terminan llevando: al matadero. Los pobres bichos ni se enteran de que sus propias extremidades las están traicionando, conduciéndolas con tranquila resignación hacia el lugar donde sufrirán por última vez. Y no solo ellas sufrirán, porque tras su sacrificio, su debida faena y su exposición en las góndolas de los supermercados, nosotros, que comemos su carne para que su inmolación no haya sido en vano, sufriremos también al ver los precios estratosféricos que nos cobran por un kilo de osobuco.
Pero volvamos a las patas que inspiraron esta nota: la gloriosa, escandalosa e irrefutable inexistencia de patas de la mentira.
La mejor prueba de que la mentira no tiene patas es la propia contradicción interna del dicho popular. Cuando se dice que «la mentira tiene patas cortas» se quiere simbolizar que más pronto que tarde se la descubre, porque es lenta en la huida debido a lo minúsculo de sus extremidades. Hermosa metáfora. Poética, incluso, pero completamente equivocada.
Porque la mentira, una vez instalada, no huye. No corre. No se esconde. Ni lo intenta. Se queda ahí, tranquila, loca de contenta, mirando cómo todos debaten su estado con la misma energía con la que se discute si el mate es mejor dulce o amargo. La mentira no necesita patas porque no tiene la menor intención de marcharse. ¿Para qué huir si la están aplaudiendo?
Veamos un ejemplo clásico del género, tan repetido que ya casi conmueve por su inocencia: «Somos el mejor gobierno de la historia», afirma un político muy entusiasmado, creyéndose sus propios inventos con esa convicción apasionada que solo se consigue tras años de práctica intensiva en materia de caradurismo. Lo dice con la seguridad de quien acaba de descubrir la penicilina, o la rueda, o al menos un atajo al aeropuerto.
El resto, los que aún somos capaces de ver la realidad sin el filtro reconfortante del lavado cerebral ideológico, sabemos que está mintiendo. Los de la oposición saben que está mintiendo. Y él, aunque parezca un cien por ciento convencido, también sabe que está mintiendo. Pero, ojo al gol: mucho le creen.
No solo le creen: se envalentonan. Se meten en largas, profundas e inconducentes discusiones en redes sociales, tratando de demostrar con estadísticas seleccionadas con el mismo rigor científico con el que se elige la fruta en la feria, de que realmente son el mejor gobierno. Y esa mentira pasa a ser un punto de militancia furibunda. Un credo. Una identidad. Una razón de ser que, si se les quitara, los dejaría sin conversación en las reuniones familiares y sin propósito existencial en twitter.
Y aquí está el verdadero prodigio de la mentira política: no necesita patas porque tiene escuderos. No necesita correr porque hay ejércitos de ciudadanos voluntarios dispuestos a cargarla en andas, a defenderla con uñas y dientes, a explicar con paciencia que lo que parece una mentira evidente en realidad es «una verdad compleja que el pueblo no está preparado para entender». La mentira, en este sentido, ha logrado algo que ningún filósofo, ningún científico y ningún influencer ha conseguido: hacer que la gente trabaje gratis y con entusiasmo para perpetuarla.
Es, si se mira con cierta distancia y sin llorar, un modelo de negocio extraordinario.
Porque el político miente, llega al poder, gobierna para sus intereses, y cuando todo sale mal, sus defensores más acérrimos salen a explicar que el problema fue la implementación, o los medios hegemónicos, o la conspiración internacional, o cualquier otra cosa menos la mentira original que ellos mismos ayudaron a instalar.
Y así, la mentira no solo sobrevive: evoluciona. Se reproduce. Muta. Se convierte en una nueva mentira que necesitará nuevos defensores, que serán los mismos de antes porque, seamos honestos, la fidelidad ideológica es el único tipo de fidelidad que ya no se cuestiona en este siglo.
Y nosotros, mientras tanto, seguimos ahí. Discutiendo. Argumentando. Aportando datos. Construyendo razonamientos sólidos como catedrales que nadie va a visitar, porque la gente ya tiene su capilla particular y no sale de ahí ni con decreto municipal.
La mentira se pasea entre nosotros como una modelo en la pasarela: con gracia, con descaro, con total indiferencia hacia las críticas. Sabe que es mentira. Sabe que todos saben que es mentira. Y sigue ahí, riéndose de nuestra obstinada fe en que la realidad, tarde o temprano, se impone.
Porque ella no vino a convencer a los que piensan. Vino a confirmar a los que ya dejaron de hacerlo. La mentira no tiene patas. Tiene algo mejor: un electorado. Y ese electorado, fiel como ninguno, la lleva en brazos hasta las urnas, la deposita con cuidado, y vuelve a casa convencido de haber hecho algo bueno por el país.
Que sus patas, como las de las vacas, los lleven a donde merecen.
