Capítulo IV: Los olvidados de la Tierra –
Los yazidíes: un pueblo de paz entre bárbaros cultores de la muerte
Epígrafe
«Quiero ser la última chica del mundo con una historia como la mía.»
— Nadia Murad, “The Last Girl” Kocho, agosto de 2014.
El sol del mediodía caía como plomo sobre los campos de trigo. Los yazidíes de Sinjar vivían como lo habían hecho durante siglos: agricultores tranquilos, devotos del Tawûsî Melek, el Ángel Pavo Real, una figura de luz que gobernaba este mundo con belleza y equilibrio.
No buscaban conquistar tierras ajenas, ni convertir a nadie. Solo querían lo que siempre habían pedido: un pedazo de montaña y valle donde poder cantar sus qewls, honrar a sus muertos y preservar una fe que ya existía antes del islam y del cristianismo. Un pueblo pacífico, rodeado de lobos.
El 3 de agosto de 2014, los lobos llegaron con banderas negras.

El horror desde dentro
Nadia Murad tenía veintiún años. Era una más entre los 1.800 habitantes de Kocho. Cuando los combatientes del Estado Islámico rodearon el pueblo, la comunidad confió en que los peshmerga (las fuerzas militares) kurdos los defenderían. No lo hicieron. Se retiraron. Los yazidíes quedaron solos.
Durante once días mantuvieron el asedio. El 15 de agosto, los yihadistas entraron. Separaron a los hombres de las mujeres y los niños. A los hombres —entre ellos seis hermanos de Nadia— los llevaron al borde del pueblo y los fusilaron. Cientos de cuerpos cayeron en fosas comunes.
Kocho se convirtió en un cementerio a cielo abierto. Solo en esa aldea se descubrieron al menos 13 fosas comunes. En todo Sinjar, el ISIS dejó más de 80 fosas llenas de yazidíes ejecutados: hombres con las manos atadas a la espalda, ancianas demasiado viejas para ser esclavas sexuales, adolescentes que se negaron a convertirse. Algunos fueron fusilados en fila. Otros degollados. Los cuerpos fueron arrojados a pozos, barrancos, zanjas cavadas a toda prisa o simplemente abandonados en los campos bajo el sol de agosto.

La muerte siempre huele mal
El olor a muerte se quedó impregnado en el aire durante meses. Sobrevivientes que lograron regresar años después contaban que aún se veían huesos asomando entre la tierra removida.
En Solagh, Hardan, Qney y decenas de aldeas más, las fosas se multiplicaron. Algunas contenían decenas de cuerpos; otras, centenares. En total, entre 3.000 y 5.000 yazidíes —principalmente hombres y mujeres mayores— fueron masacrados en esas dos semanas infernales.
Las fosas no eran solo un método de eliminación. Eran una declaración teológica: los “adoradores del diablo” no merecían sepultura digna.
Sus cuerpos debían pudrirse juntos, anónimos, borrados de la faz de la tierra que Tawûsî Melek había confiado a los yazidíes.
Escapar o morir: Nadia vio cómo ejecutaban a su madre junto a otras ancianas.
Vio cómo separaban a los niños para adoctrinarlos. Y a ella, junto a miles de mujeres y niñas, la subieron a camiones. “Nos trataron como ganado”, contaría después. Las violaban sistemáticamente, a veces varias veces al día. Las golpeaban, las humillaban, las obligaban a convertirse. “En algún momento solo había violaciones y nada más”. Su cuerpo dejó de ser suyo.
Aun así, escapó. En noviembre, aprovechando un descuido en Mosul, corrió. Una familia suní iraquí la escondió y la ayudó a cruzar hacia el Kurdistán.
Lo que Nadia -y miles de Nadias- sufrió en su cuerpo no fue un accidente aislado, sino la consecuencia directa de un territorio convertido en tablero de guerra. La tragedia íntima se inscribe en un conflicto mayor, donde la geografía y la fe se volvieron armas contra los inocentes.
El origen del último fermán (*): un conflicto geopolítico
El genocidio de 2014 no surgió en el vacío. Sinjar, el corazón ancestral yazidí, es un territorio estratégico situado en el noroeste de Irak (gobernación de Nínive), a solo 50 km de la frontera con Siria y unos 80 km de Turquía. Controla rutas clave que conectan Mosul con el este de Siria, y fue vital para el ISIS en su intento de unir sus territorios de Mosul y Raqqa.
Mapa: El pueblo yazidí en su contexto geopolítico

Los yazidíes se concentran principalmente en el distrito de Sinjar (montañas y valle) y en menor medida en Shekhan (al noreste de Mosul). Pequeñas comunidades históricas persisten en el Kurdistán iraquí, norte de Siria y restos en Turquía. Su territorio se encuentra atrapado entre:
- Irak (Bagdad) y el Kurdistán Regional (Erbil), que disputan su control administrativo.
- Turquía, que realiza operaciones militares contra posiciones kurdas en la zona.
- Irán, que influye a través de milicias chiitas (Hashd al-Shabi).
- La frontera con Siria, donde también hay pequeñas comunidades yazidíes.
En este tablero de ajedrez regional —donde compiten potencias, milicias y gobiernos— los yazidíes, sin un ejército propio poderoso ni patrocinadores fuertes, volvieron a ser las víctimas ideales. Su pacifismo ancestral y su deseo de simplemente existir en paz los convirtió en presa fácil para el proyecto de Califato del ISIS y para los cálculos de poder de los actores regionales.

El Ángel contra el Diablo inventado ¿por qué tanto odio?
Porque los yazidíes encarnan lo que el fanatismo islamista radical no puede tolerar.La fe yazidí es monoteísta y milenaria. Creen en un Dios supremo -Xwedê- tan trascendente que delegó el gobierno del mundo en siete seres divinos, encabezados por Tawûsî Melek, el Ángel Pavo Real.
Según su tradición, Dios ordenó a los ángeles inclinarse ante Adán. Todos obedecieron menos Tawûsî Melek: «Yo solo me inclino ante Ti». Dios lo premió por su lealtad absoluta.
No hay diablo eterno en el yazidismo; el mal es elección humana. Tawûsî Melek representa luz, belleza, equilibrio y redención.
Los islamistas, sin embargo, lo identificaron con Iblis/Shaitán. “Adoradores del diablo”. Esa acusación de siglos justificó las 73 fermans (término kurdo para designar las órdenes de matanzas genocidas anteriores, desde la dominación otomana, por lo menos).
El 74º fue el genocidio de 2014: más de 5.000 asesinados, entre 6.000 y 7.000 mujeres y niños esclavizados, destrucción sistemática de templos y santuarios.
Un pueblo que no aspira al poder, que no busca expandir su fe, que solo quiere sobrevivir en paz, fue designado víctima preferencial precisamente por su diferencia.
El fanatismo necesita borrar lo que no puede someter.

La segunda muerte: el olvido burocrático
Doce años después, los yazidíes descubrieron que la comunidad internacional también los había abandonado. (Vaya sorpresa)
Mientras Nadia Murad y otras sobrevivientes recorrían foros, parlamentos y tribunales exigiendo justicia, la maquinaria de la ONU y sus agencias —UNHCR, OCHA, UNITAD y demás— producía informes, visitaba campos y emitía comunicados.
Pero sobre el terreno, más de una década después la realidad era otra: casi 200.000 yazidíes siguen desplazados internos en 2025-2026, la gran mayoría en campos en la Región del Kurdistán (principalmente Dohuk).
Viven en tiendas de plástico blanco agujereadas, insuficientes para el calor abrasador del verano ni para los inviernos helados.
La electricidad llega pocas horas al día. La comida, los kits de higiene y el combustible son irregulares. Las escuelas carecen de personal. La atención médica es precaria.
La desesperanza, el estrés postraumático y la violencia doméstica crecen en silencio. Los “refugiados” (en realidad desplazados internos) llevan más de una década en un limbo que la burocracia llama “asistencia humanitaria”.
La ONU y donantes han gastado cientos de millones, pero el grueso se ha ido en mantenimiento de campos temporales en lugar de seguridad, desminado, reconstrucción de Sinjar y condiciones para un retorno digno.
Las disputas entre Bagdad y Erbil -la Capital del Kurdistán iraquí-, la presencia de milicias y la inseguridad crónica convierten el regreso en una ruleta rusa. Mientras tanto, las fosas comunes se exhuman a paso de tortuga y miles de desaparecidos siguen sin respuesta.
Frente al silencio de los informes y la indiferencia de las agencias, las sobrevivientes levantaron su voz. Allí donde la burocracia se detiene, la memoria se abre paso con nombres y rostros que rehúsan desaparecer.”
Voces que no se callan
Han pasado casi doce años. Nadia Murad recibió el Nobel de la Paz en 2018, escribió su libro, fundó “Nadia’s Initiative” y sigue hablando en 2025 y 2026 en universidades, parlamentos y foros internacionales.
Sigue exigiendo justicia y el regreso de los miles de mujeres y niños aún desaparecidos.
Pero Nadia Murad no está sola en esta lucha. Junto a ella brilla con fuerza propia Lamiya Aji Bashar, también originaria de Kocho, sobreviviente de esclavitud sexual y ganadora conjunta del Premio Sájarov del Parlamento Europeo en 2016.
Lamiya escapó en 2016 tras 19 meses de cautiverio; durante uno de sus intentos de fuga, una mina explotó y le causó graves heridas en el rostro y el cuerpo. A pesar del trauma físico y psicológico, se convirtió en una de las voces más conmovedoras de la comunidad yazidí, denunciando la esclavitud sistemática, exigiendo la liberación de los miles de mujeres y niños aún desaparecidos y trabajando incansablemente por la justicia y la reconstrucción.
Fruto de su larga e inclaudicable lucha, Nadia ha podido enterrar a dos de sus hermanos identificados tras más de una década. Y eso es todo.
Juntas, Nadia y Lamiya -como muchas otras sobrevivientes anónimas- representan la resistencia digna de un pueblo que, a pesar de 74 fermans de persecución, se niega a desaparecer.
CIERRE: El otro genocidio, el de la indiferencia.
«No hay peor muerte que el olvido.»
El mismo sistema que no los protegió en 2014 tampoco los ha sacado del infierno de las tiendas doce años después. Promesas, resoluciones, fotos oficiales… y la vida sigue siendo un mar de lona blanca bajo el sol de Dohuk. Otro capítulo en la larga vergüenza de una “comunidad internacional” que declara genocidio, pero no mueve las piezas para que las víctimas puedan volver a casa.
Entretanto, el tiempo sigue su curso, los niños crecen o mueren condenados a reproducir miseria y marginación, mientras la burocracia internacional debate hambre y abandono en torno a los fastos de los banquetes.
Sinjar sigue en ruinas. Las fosas esperan. La impunidad es casi total. Cuando las tiendas de lona blanca se convierten en horizonte perpetuo, la indiferencia torna en otro genocidio. Y, sin embargo, en cada denuncia de Nadia, en cada cicatriz de Lamiya, el Ángel Pavo Real sigue recordando que la dignidad no se rinde.
FIN
Notas: (*) Fermán: expresión yazidí que designa las órdenes de persecución, esclavización y muerte dictadas por sus enemigos contra su pueblo. Equivale al término pogromo contra el pueblo judío.
Fuentes principales:
- Murad, Nadia. The Last Girl: My Story of Captivity, and My Fight Against the Islamic State (2017). Testimonio central del capítulo y principal fuente de los relatos personales de Kocho, la masacre y la esclavitud sexual. Nadia’s Initiative (nadiasinitiative.org) y testimonios directos de Nadia Murad en foros internacionales (2025-2026).
- Lamiya Aji Bashar, sobreviviente y co-ganadora del Premio Sájarov del Parlamento Europeo 2016 junto a Nadia Murad.
- United Nations: I) Informe “They Came to Destroy: ISIS Crimes Against the Yazidis” (OHCHR/UNAMI, 2016). II) Reportes de UNITAD (Investigative Team for Da’esh/ISIL) sobre crímenes internacionales, genocidio y fosas comunes (actualizaciones 2024-2025). III)Comisión Internacional de Investigación sobre Siria (2024).
- Yazda y organizaciones yazidíes locales: documentación sobre fosas comunes, desaparecidos y situación en los campos de desplazados.
- Estudios y reportes adicionales: I) Encuesta PLOS Medicine (2017) sobre mortalidad y secuestros en Sinjar. II) Reportes de la International Displacement Monitoring Centre (IDMC) y UNHCR sobre los ~190.000-200.000 desplazados internos yazidíes en 2025-2026.
- Fuentes periodísticas y de verificación cruzada: BBC, The New York Times, Reuters y documentos oficiales iraquíes sobre exhumaciones en Sinjar (2025).
Vídeos
https://www.youtube.com/watch?v=3KVte7jzxPA
(Esta columna ha sido escrita por el autor, en colaboración con IA de xIA (Grok) en recopilación, selección y ordenamiento de textos; la generación y redacción final es responsabilidad personal. Jorge Martinez Jorge)
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